viernes 27 de noviembre de 2009

Desasosiego

Estos días releí algunas cosas que había escrito acá antes, cuando creía, erróneamente, que sufría.
Me leo estúpida: sin dormir, sin comer, con esa angustia existencial pavota, de adolescente con resfrío en el alma. Qué gansa. Sufrir es otra cosa.
Sufrir es levantarse sabiendo que nada de lo que uno haga puede cambiar lo que pasa. Vivir con eso. Resignarse. Tener que aceptar que lo que pasa es así. Que no hay nada ni nadie que lo pueda cambiar, ni por mucha voluntad, esfuerzo, conjuros mágicos, oraciones y santitos.
Sufrir es tener que ir cada domingo al cementerio. Llevar flores. Mirar la placa. Reconocer todas las cosas que no van a pasar ni ahora, ni nunca. Extrañar. Extrañar sin tener la posibilidad de tomarse un colectivo, un tren, un avión. Sin que haya teléfono, ni mail, ni carta certificada.
Es llorar a escondidas y para adentro. Sin que nadie vea las lágrimas. Llegar a los lugares como si a uno no le hubiese pasado nada. Irse de los lugares sabiendo que dirán "se la ve bien" o "que mal que está" o "pobre". Irse con todo lo otro y con eso también.
Es dejar de contar cosas. Guardarlas. No confiarse con nadie porque ya no queda qué confiar. Perder la fé y perderse. No poder rezar, ni dormir, ni descansar.
Es llenarse de ruido de la tele, de la calle, del chat para no recordar, una y otra vez, cada una de las 27 semanas de panza, los 163 días de sanatorio, los casi 4 meses que van hasta ahora.
Y no saber qué hacer con casi nada.
Y mientras se sufre, así, de manera animal, instintiva, seguir viviendo.
Tener que comprar Coca porque se terminó. Evitar una discusión boluda, pasar por alto alguna provocación o varias, bañarse, vestirse, salir. Vivir con todo lo chiquito y molesto que trae aparejado.
Repartir la poca alegría que queda. Hacer feliz a alguien, aunque sea un ratito, aunque sea olvidable.
Y no mucho más. Tratar de dormir. Ir al médico. Cuidarse, sin saber muy bien para qué. Estar. Seguir estando.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Defecto

Uno de mis grandes defectos es el de ser lo suficientemente jetona como para ponerle el cuerpo a lo que digo. Si bien, en este tiempo, no me quedan ganas ni de pelearme con nadie, tengo esta maldita puta costumbre de poner en palabras lo que me pasa, lo que pienso y lo que opino respecto a lo que sea, si me preguntan. Porque siempre hay alguien que pregunta. Esa trampa mortal que es alguien con supuesta buena intención preguntando sobre las cosas para, después, usarlas en propio beneficio. Me hago cargo: siempre respondo. Si me preguntan, respondo. Nunca le escapo al bulto. Y respondo lo que me parece. Sea bueno o malo. Soy así y no tengo demasiadas intenciones de cambiarlo.
Eso genera, como cualquier acción, multiples y variadas reacciones que van desde el "mejor no me enfrento a esta porque es capaz de decir lo que le viene a la boca" a los putísimos tiros por elevación, dichos delante mío (o detrás, y esos son los que más me molestan) con una fingida inocencia.
Hay algo cierto, los tibios no me van. Será que yo no soy tibia. Será que yo siempre tomo partido. Será que nunca me gustó que me dijeran lo que tengo que pensar o decir. Será que fui educada de esta forma -mal o bien- y puede gustar o no, pero, no hay caso, es mi forma.
A qué viene todo esto. No importa a lo que viene. O sí. Viene a que, contrario a lo que se puede pensar por ahí, no soy de las personas que le llenan la cabeza a nadie. Escucho, aconsejo -siempre desde lo que pienso que es para mejor del que me habla-, tomo partido. Y lo digo. Siempre.
No me escudo nunca en una falsa ingenuidad. No me hago la boluda, ni la nena, ni la dama en peligro. Al contrario: me la banco. Y no tengo el switch para cambiar de idea, demasiado sensible.
Tampoco soy boluda. Yo veo. Oigo. Leo. Me doy cuenta. Desgraciadamente, me doy cuenta de todo, casi siempre. Aún a pesar mío.
Y no me hace falta andar recolectando información de distintas fuentes. No me interesa el chusmerío grosso, el de andar diciendo "ah, porque una vez, sabés lo que dijo de vos", no. No meto fichas. A lo mejor, peco de sincera. A lo mejor, digo: "Ojo, che. Cuidado. Cuidate". Me arrepiento un poco de decir esa clase de cosas.
Todas las veces que alguien me ha contado algo, he escuchado con atención. He leído los más variados episodios. Desde llantos y escenas de celos hasta grandes problemas de inseguridad e intolerancia de género (jé, cuándo no.). Y cada vez que me han tenido de oreja, han contado con toda mi atención y sensibilidad (que será jodida, que será demasiado fina, pero que es inmensa).
Por supuesto que me fastidio, soy un ser humano, después de todo y aunque no parezca. Por supuesto que me agarro broncas de días y días que no se me pasan. Por supuesto que hay cosas que me duelen.
Pero a esta altura del partido, después de todo lo que pasó y pasa... ¿tiene alguna importancia?
En realidad, nada importa demasiado.
Como sabemos bien acá: una vez que la idea sobre alguien empieza a correr de boca en boca, es muy díficil hacerla cambiar. No importa lo que hayas hecho o lo que no hayas hecho. La gente es boluda. Eso lo sabemos todos. La gente (vos, vos, yo, vos) se deja llevar por prejuicios. Así funciona el mundo.
Lo único bueno es que es un ciclo y eso reparte parejo para todos lados. Hoy me toca a mí pero mañana, estate seguro/a, te toca a vos.
Hay que hacerse cargo de lo que uno dice, creo. No creo. Estoy segura.
Y hay que actuar en consecuencia con lo que uno anda desparramando por ahí. Habrá más de uno que pueda dar fé de mis decisiones cuando se me llenó el saco. No tengo vuelta atrás. Como dije más de una vez en este blog, el "a mí no me hizo nada", no me va, nunca me fue, nunca me va a ir. Yo distingo claramente, por lo menos para mi escala de valores, qué cosas están bien y qué cosas están mal. Qué puedo aceptar dentro de los límites de la tolerancia y qué no.
Pero repito: cada vez que alguien ha venido con una pena, con un problema, he sido transparente al respecto. Y eso que, salvo contadas excepciones entre las que se cuentan sólo gente queridísima por mí, no soy de las que hacen interrogatorios. No soy comedida, ni indiscreta.

Hay que evitar andar desparramando boludeces sobre la gente. Hay que tener mucho cuidado. Hay que hablar sabiendo y si no sabés, no andar hurgando para enterarte. Porque todo se sabe. Es así. Hasta el que no quiere, se entera de todo lo que se dice sobre él. Más tarde o más temprano, todo se sabe. Y llorar, después, no sirve para nada. Pedir disculpas, tampoco.
En este momento, estoy haciendo grandes esfuerzos por dominar este defecto tan choto que tengo. Y sin embargo... sin embargo, siempre hay alguien dándose el lujo de ponerse en paladín de la moral y las buenas costumbres, acusando con el dedo. Haciéndose cruces por lo que digo, opino y comento, CUANDO ME PREGUNTAN, porque tengo el descaro de hacerlo en público, en lugar de hacerlo escondiéndome detrás de una ventana de mensajero o por mail o hablando por teléfono.
Y entonces, lo de siempre. A mí se me llena la cabeza de preguntas: quién sos, a quién le ganaste, cuándo te las aprendiste todas, sos capaz de ponerte en el lugar de otro, te das cuenta de que lo mismo que enjuiciás en los demás es lo que llevás a cabo. Todas preguntas. Preguntas que, en primera instancia, me hago a mí. Y después, oh, maravilla maravillosa, a los demás. Preguntas sin respuestas. Porque esas cosas no se dicen. No está bien visto.
A mí, casi nada de lo humano me es ajeno. Como dice un amigo mío soy negra, puta, lesbiana, judía, coreana, china, indocumentada, loca, histérica, mal hablada, mal llevada, jodida. Me caben todas las peores generales de la ley.
Lo único que no soy es falsa. No soy forra. No disimulo.
Es un defecto.
Qué se le va a hacer.
Es lo que hay.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Preguntas

Miércoles 11 de noviembre
Empezamos tianatación con la preciosura.
Cuando terminó la hora de patadas y zambullidas, fuimos al vestuario a cambiarnos.
La preciosura habla todo el tiempo, no para de hablar.
Después de vestirla, me tocó el turno a mí de sacarme la malla mojada.
Ella se quedó parada, esperando que yo me vistiera.
En un momento, me espió por la cortina del cubículo que funciona como ducha y vestidor.
-¿Puli no está más en tu panza?
-No-, le respondo.-Puli no está más en la panza. Vos sabés dónde está.
-Sí. En el sanatorio.
-No. No está en el sanatorio. Vos sabés dónde está.
-¿Dónde está?
-En el cielo.
-¿Por qué?
-Porque está con Dios.
-¿Por qué está con Dios?
-Por favor, Sofi, ¿me sostenés las ojotas?

No tengo respuesta para esa pregunta.

Ella dejó de preguntar.

domingo 8 de noviembre de 2009

Neurosis de destino

Y a mí me cuesta cada día más pensar que las cosas no están escritas.
Mis esfuerzos, mis pilas nunca sirvieron para más que para darme grandes desilusiones.
Aunque ponga lo mejor de mí, las cosas nunca son como yo necesito que sean.
Y me siento encerrada.
Y triste.
Hago lo mejor que puedo hacer, aún en esta circunstancia horrible. Sin embargo, las cosas siguen doliéndome.
Y pensar que desde que tengo uso de razón, lo único que estuve buscando es ser tremendamente feliz.
¿Qué tendré, doctora, qué tendré que sólo consigo unos ratos muy fugaces de felicidad?
¿Qué es lo que tengo que hacer?
¿Aceptar? Lo estoy aceptando casi todo. Hasta lo que creí que nunca aceptaría, lo acepto casi docilmente.
¿Resignarme? ¿Se puede vivir así? ¿Puede uno resignarse a todo? ¿Es posible que alguien sobreviva con resignación?
Hago lo que puedo. A veces, un poco más. Trato de ser optimista, de estar lo mejor posible. De dar alegría a los demás, aún cuando estoy mirando con cariño la ventana.
Y sin embargo, no sirve.
Y hay días como hoy, en donde me siento para la mierda, en donde creo que hay que entregarse al destino. Aunque me digan que las cosas se pueden cambiar, no es cierto. Nada cambia. Nadie cambia, nunca.
Y uno se tiene que quedar con las cosas como son.
Aunque esas cosas le hagan un agujero en el cuerpo.
Las personas como yo, tan arremetedoras, tan peleadoras, tan cocoritas, deberíamos venir con un cartel que dijera: Favor de tener cuidado.
Eso. Es un mal domingo. Fue una mala semana. Lo disimulé mucho. Lo disimulé hasta hoy. Hoy no lo puedo disimular.
Estoy desesperadamente triste.
Y no puedo hacer nada al respecto. No sé qué hacer al respecto.
Me desespero.
Qué cagada.

domingo 11 de octubre de 2009

Encontrando

Revolviendo en la net, me reencontré con el primer diariosdaneses

También encontré, en un cuaderno, el principio de un cuento, quizás, o todo el cuento que se me ocurrió hace más o menos un año y medio atrás.

La educación sentimental de Elena

Se iban a encontrar en una esquina cualquiera de Buenos Aires, por primera vez. Se habían visto antes, en una fiesta.
Ella iba nerviosa al encuentro. Había tomado un taxi y antes de bajar, había respirado profundo unas cuantas veces, como para tomar coraje.
El estaba en la esquina, la esperaba. Cuando la vio cruzar, se le encendió la sonrisa. Cuando ella terminó de cruzar la calle, él la recibió con un abrazo raro: un abrazo dado con todo el cuerpo pero también con el corazón. Y así empezó todo. Dos desconocidos abrazados como si hiciese mucho tiempo que no se abrazaban.
Caminaron hasta el hotel. Naturalmente, se dieron la mano al caminar y así fueron, parando en un lugar u otro para darse un beso. No les hizo falta café, ni charla, ni ponerse de acuerdo. Todo se les dió tan naturalmente que parecía que se habían conocido desde siempre.
Por fin, dentro de la habitación del hotel, se sentaron un rato en el sillón, como para conversar. No pudieron. Fueron besos y más besos. Y esos besos también parecían conocidos, no había que acomodar la lengua ni hacer piruetas con la cabeza, eran besos que habían estado siempre, besos cómodos. Ella lo supo enseguida. Ella supo que lo que pasaba no era normal. Entonces, se sentó enfrentada sobre él y le dijo: "Qué tal, soy Elena, la tímida, como estás"y siguió besándolo . El se rió y ella descubrió su risa y le gustó hacerlo reir. Empezaron a desvestirse y lo hicieron cariñosamente, despacio y con amabilidad. Cuando fueron a la cama, el se encargó de hacerla sentir adorada. Elena no conocía esa sensación. Cada caricia, cada roce, la conmocionaba. Pensaba: "Esto lo hice muchas veces y nunca fue así" y se dejaba seguir acariciando.
De repente, él le preguntó: "¿estás lista para que te haga el amor con el corazón en la mano?" y a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, porque ya no tenía recuerdo de cuándo había sido la última vez que se había acostado en una cama llena de sentimientos. Era tanta la sorpresa que la frase "hacer el amor" no le había sonado cursi. Le pareció que un hombre como él, no podía decir otra cosa.
Y en la cama, sucedió lo mismo que con los besos. Parecía que todo había pasado alguna otra vez, no había grandes directivas, los cuerpos se unían perfectamente, como las bocas. Y Elena pensaba: Esto es raro. Muy raro. Está buenísimo.
Cuando les tocó descansar, Elena hizo las preguntas de rigor: ¿pensabas que iba a ser así? ¿Creías que ibamos a tener tanta onda, tan pronto? Y él contestaba despacio, que sí, que no. Y sonreía. Y Elena pensaba que, a lo mejor, lo había hecho feliz. Por lo menos, un poco. Él parecía un tipo feliz, aquella noche.
Antes de irse, se bañaron separados.
Elena se quedó en la cama y lo miró bañarse. Le gustó verlo. Observó cómo se enjabonaba las piernas, los brazos, el pecho. Lo escuchó cantar bajo la ducha. Y después, con detenimiento, lo miró secarse y vestirse. Y le pareció el hombre más hermoso del mundo. Y el más adorable. Y supo, ahí nomás, cuando todavía no había pasado casi nada, que iba a enamorarse pero trató de minimizarlo. "Serán dos o tres veces más y chau"
Salieron del hotel, de la mano. Ella prefirió tomar un taxi que la llevara hasta su casa. Prefirió irse sola. Se sentía la chica más hermosa del mundo, por primera vez en su vida. Y se sintió adorada como nunca antes. Ella le preguntó "hablamos?" El le contestó: Por supuesto.
Después de ese primer encuentro, hubo muchos otros. Elena aprendió con ese hombre a querer con todo el cuerpo. Y con el corazón. Y con el alma.
Porque Elena, ante ese hombre, no tenía que ser nada más que ella.
Por eso, cada vez que él entraba a la ducha, después de haberle entregado el corazón y el cuerpo, Elena se lo quedaba mirando, y mirarlo le daba toda la paz del mundo.
Porque en algún momento en el que no pensaba, el corazón se le había incendiado. Y era amor. Un amor de los buenos, de los cálidos, de los suaves.
Un amor como el que Elena había buscado muchísimo tiempo, en otros cuerpos, en otras camas.
Al final, lo encontró. Ella, todavía hoy, le dice "mi hermoso", lo taladra a llamados teléfonicos y cuando se ven, a él se le enciende la sonrisa y a ella se le incendia el corazón.
Pero, algunas noches, cuando Elena está sola, se pregunta qué hubiese pasado con ella, si no hubiese ido a la esquina aquella, para encontrarse con él.
"Me hubiese perdido lo mejor que me pasó en la vida", se contesta.
Y se duerme pensando en la sonrisa que le incendia el corazón.

viernes 2 de octubre de 2009

La gente y yo

Parece que hay gente que espera que yo me tire en la cama a llorar hasta morirme. Digo, parece que creen que es la forma adecuada de demostrar mi dolor, mi tristeza infinita.
En otro tiempo, por cuestiones mucho menores a la que me toca vivir hoy, lo hice. Dejé de dormir, dejé de comer, me la pasé en la cama. Ahora no me sale.
Me levanto, me visto, salgo a la calle, me muevo, veo a mi familia, veo a mis amigos, hago el esfuerzo de ir a una reunión. Intento hacerlo todo con la mejor cara que puedo poner. Y es un esfuerzo, que nadie me pide, claro, pero que hago un poco por mí y otro poco por los demás.
Detesto que me tengan lástima. Asi que, cuando estoy entre gente (entiendase por gente a un grupo de personas más o menos conocidas y que no todas me caen bien) de dibujarla un poco, de que pase desapercibido que estoy sufriendo -porque no se puede hacer otra cosa, en este momento- 24x7.
A lo mejor por eso, la gente cree que ya superé lo peor que me pasó en la vida. O que no me importa. O que ya no me acuerdo.
Pero no, yo me acuerdo de todo: de los médicos desviando la mirada, de la frase "no sé qué decirles" "está muy grave", la forma en que la sostuve en mis brazos cuando ya no había nada que hacer.
Recuerdo día a día, la ropa que lavé, las mamaderas que esterilicé, las fotos que saqué, las oraciones que recé. Recuerdo, desgraciadamente, para mi, hasta el detalle más chiquito e insignificante. Y lo recuerdo todo el día, todos los días.
Pero claro, el mundo sigue. La vida sigue. La gente sigue.
Hay gente que supone que a mí no me pasa nada. Que tendré otro hijo, que se me pasará. Que podré borrar a Paulina de mi vida, así como así.
Como nadie sabe lo que es pasar por esto, lo minimizan. Hay hasta quién se ofende por alguna pelotudez que se inventó solo.
Y entonces, está el amigo querido con el que cuesta un huevo hablar. El boludeo virtual para dejar de pensar que se vuelve un ring por alguna idiotez de celos. Los llamados que se prometen pero que no se hacen. Porque, total, se me ve bien. Camino, hablo, a veces hasta me río.
Lo que nadie sabe es que hace dos meses, me quiero morir todo el día, todos los días. Que intento ponerle onda más por los demás que por mí. Que esto es tener un tiro en el pecho. Y que al final, la que tiene que entender a los demás, soy yo.
Pero resulta que estoy un poco cansada y que no soy, como erradamente piensa todo el mundo, una mina fuerte. Al contrario, soy una mina golpeada. Demasiado, a lo mejor, pero que no hace alarde de eso.
Lo que digo es: yo me valgo por mi misma para casi todas las cosas, inclusive sufrir. No pido que me consuelen, ni que me acaricien la cabeza.
Lo único que pido es que no me hagan las cosas más difíciles. Me cuesta mucho estar alrededor de la gente, saltando como bambi para que se enteren que, por no estar tirada en la cama, estoy por ahí.
Y entonces pienso, siempre lo pienso, que el que no tenga ganas de estar cerca, se aleje. Estoy haciendo lo que puedo y me cuesta un triunfo hacerlo. Sería bueno que alguien lo valore.
Es esto. Estoy cansada y a punto de tirar la toalla. No es una amenaza. Es un aviso. El que lo sepa comprender, si le importa, que haga algo. Y si le resulta indiferente es el momento de rajar por la derecha.
Y para todos aquellos que todavía crean que hay alguna lucha por ganarme, ni se esfuercen. Ya ganaron. No tengo nada por lo que pelear.
Por eso, el que se quiera ir, la puerta está abierta. No esperen que sea yo la que los convenza de por qué se tienen que quedar cerca. Nunca hice esas cosas, se me comprenderá que no lo haga ahora.
Esto es lo único que puedo ofrecer ahora.
No me lo hagan más difícil.
Pero, por favor, por favor, cuando pase algún tiempo, no me pregunten a mí porque dejamos de hablarnos o de vernos o de conversar virtualmente. Por lo menos, haganme ese favor.

Gracias.

sábado 26 de septiembre de 2009

Nada

Quisiera escribir un montón de cosas. Quisiera escribir todo lo que pienso, lo que siento, lo que quiero decir y no digo. Quisiera dormir hasta la próxima vida o algo así.
Quisiera poder conversar, hacer chistes, ser ingeniosa, encantadora, atrapante, divertida. Por lo menos, entretenida. Aunque sea un rato.
Pero soy nada. Y todo lo que tengo para escribir es tan mío y tan de ella que no puedo compartirlo. Con nadie.
Así que esto: Nada.
La nada misma.
Todo es nada.
Y esta sensación de "nopuedeser" que no se pasa.
Y los diálogos que ya no puedo empezar.
Y las preguntas que tendría que hacer.
Y los días que no pasan y que nunca van a pasar.
Y toda la vida que había por delante que ya nunca va a existir.
Y hacer de cuenta que me levanto, que nunca voy a hacer escándalos, que no me va a agarrar una crisis de llanto, que no voy a gritar, que no me desespero, que sigo, que tengo fuerza, entereza o lo que putas fuera.
Y que ya no lloro todos los días aunque llore todos los días sin que nadie lo sepa.
Y perder la fé. Y no poder creer.
Y vacío.
Eso. Nada.

martes 15 de septiembre de 2009

Todos los días

Cuando me despierto.
Cuando me levanto.
Cuando me visto.
Cuando salgo.
Cuando hablo.
Cuando pienso.
Cuando canto.
Cuando bailo.
Cada minuto.
Cada hora.
Cada día.
Cada vez que te extraño (siempre)
Cada vez que te recuerdo (siempre)
Cada vez que voy a visitarte.
Te lloro.
Como nunca lloré a nadie.
Y es un llanto mudo, a veces.
Y otras veces, es desesperado.
Y a veces, quiero gritar hasta quedarme sin voz.
Y otras veces, es todo el amor que te tengo.
Y la mayoría del tiempo es pensar y sentir cómo voy a hacer para vivir lo que me queda, sin verte crecer.
Por eso te lloro.
Todo el tiempo.
Cuando nadie me ve y cuando no puedo esconderme.
Te lloro y te extraño como nunca extrañé a nadie.

Y voy a tener que aprender a vivir con esto, maldita sea.

miércoles 1 de julio de 2009

Caro Michele/40

A mí me gustaría, a veces, venir acá a contarte que la vida es un cago de risa. De verdad. De corazón. A mí me gustaría venir a decirte que todo brilla y que estoy rodeada de globos con forma de corazón inflados con helio y que canto y me río, día y noche.
A mí me gustaría decirte, por ejemplo, que hace frío pero no importa porque hay sol, que tengo mucha paciencia, que me olvidé de la angustia, que duermo como un angelito todas las noches.
También me gustaría que supieras que nunca siento un cimbronazo en el estómago, que me duele la cara de tener los músculos tan relajados.
Me gustaría contarte otras cosas, cosas que no son las de siempre. Me gustaría decirte que te voy a dejar de escribir, que voy a dejar todo, que voy a desaparecer de todos lados, porque soy tan tan feliz que no tengo tiempo para dedicarle a esto, Miguel. Así como suena de egoísta. Supongo que creo que la felicidad es difícil de compartir. Supongo que pienso que en lo único en lo que todos nos parecemos, ahí donde nos podemos hacer compañía, es en el dolor. Supongo que el sufrimiento se entiende mucho mejor. Te diste cuenta que un chiste, por ejemplo, no le causa gracia a todo el mundo?
No te puedo contar cosas distintas de las que te cuento siempre y, por eso, esta vez, sólo por esta vez, no te voy a contar nada.
Te voy a contar que Paulina tiene una sonrisa preciosa y unos ojos que no te cuento. Y que tiene mucha fuerza. Que le gustan los besos en la frente, en la cabeza y en el cuello. Que cuando la tengo a upa parece que me hablara con los ojos y me contara todo lo que le pasó mientras no estuve.
Que, a veces, yo le hago un "ah!" de sorpresa, levantando las cejas y ella, quién sabe, pareciera que lo copia.
Que se queda dormida cuando le canto y que no le cuesta mucho tranquilizarse cuando está a upa.
Te cuento que hay días mejores y peores. Hay mediodías más hermosos o menos. Que los días pasan muy lentos y muy rápidos y que nada es como era antes, con todo lo que eso puede implicar. Rezamos mucho. Casi tanto como podemos rezar. Y ponemos buena cara delante de la incubadora porque lo nuestro no es nada, en comparación con lo que pasa Paulina, día a día.
Que todos los días aprendo a esperar. En este momento, estoy haciendo un master en esperas. Y que desespero más a menudo que antes, pero en silencio. Nadie se entera. No dejo que nadie vea mi desesperación, hasta ahora, que vengo acá y te traigo todo, porque ya no sé dónde ponerlo y me dan ganas de gritar, de llorar a los gritos, de salir corriendo, de despertarme, de esconderme. De esconderme tan bien, como esa vez que me escondí abajo de la campera de mi papá y me quedé dormida y sólo me encontraron cuando mi papá se fue a poner la campera para irse a trabajar.
Pero no me escondo. Nunca me escondo. Salgo, camino, hablo, miro, lloro a escondidas o para adentro, intento hacerme la graciosa, paso por alto cosas, no discuto, no peleo, no pongo en evidencia a quien me quiere tomar el pelo, no desconfío.
Vivo, sobrevivo. Supervivo. Porque vivir también es todo esto. Y porque me queda la esperanza de que todo va a pasar. Todo va a ser mejor. Todo se va a arreglar. Todo va a salir bien.
Y cuando todo eso pase, voy a venir acá y te voy a contar que la vida es muy luminosa y que estoy rodeada por globos en forma de corazón inflados con helio, mientras canto canciones felices y bailo.

miércoles 20 de mayo de 2009

Lo que se dice

cuando uno está todo el día en el servicio de Neonatología

  • "Puta, llego tarde."
  • "Que esté todo bien, que esté todo bien, que esté todo bien. Dios mío, que esté todo bien."
  • "Hola, mi amor. Hola, hermosa. Hola, hija"
  • "¿Hizo caca? ¿Cuánto pesa? ¿Por qué tiene esa vía? ¿Está todo bien? ¿La puedo tener a upa?
  • "Estaba la reina batata, sentada en su plato de plata.", etc.
  • "No, no. No te arranques el respirador."
  • "Linda, te quiero mucho." "Mirenme, soy feliz entre las hojas que cantan", etc.
  • Monólogo interior: "Setenta y seis días. Setenta y seis noches. Estoy cansada" Voz alta: "Qué linda que sos. Te quiero, Paulina."
  • "Me estás mirando! Y te reís!"
  • "En un ratito, llega papá. Viene papá, viva!"
  • "Llegó Papá! Bieeeeeeeeen!"
  • "Querés tenerla un ratito?"
  • Monólogo interior: "tengo hambre." Voz alta: "de qué te reís, preciosura?"
  • "Te acompaño hasta el trabajo"
  • Monólogo interior: "Camino por Corrientes, miro lo que hay en Once. Doblo por Larrea hasta Córdoba; camino una cuadra por Córdoba y me vuelvo al sanatorio"
  • Monólogo interior: "Estoy cansada. No me tendría que haber ido. Me tengo que sacar leche. Que esté todo bien, que esté todo bien, que esté todo bien. Dios mío, que esté todo bien"
  • "Y tu bebé, cómo está?" "Me alegro" "A qué hora nos dejan pasar?"
  • "El sacaleche me tiene podrida. ¿Cuándo se va a terminar esto?"
  • "Hola, Pauli, cómo te portaste?"
  • "¿Hizo caca? ¿Está todo bien? ¿La puedo tener a upa?
  • Popurrí de canciones.
  • Monólogo interior: "tengo sueño, tengo sueño. Mucho sueño. Me tiraría al piso a dormir. Tengo mucho sueño. No me puedo dormir. Y si se me cae la nena? Concha de la puta lora."
  • "Me voy a tomar un café y vuelvo."
  • "Un café en jarrito, sin cortar"
  • "Volví. ¿La sacamos?"
  • "Te duele la panza? No llores, Paulina. ¿Estás incómoda? Cuando estemos en casa vamos a (lista desplegable de probables actividades); no llores. Ya está, mi amor. Ya pasó.
  • Monólogo interior: "Se acabó el rollo de cocina, el papel higienico, la coca, el detergente. Hay que ir al supermercado. O pasar por el chino. ¿Qué vamos a comer, hoy?"
  • Tarareo en m de The Scientist.
  • "Había una vez un bru, un brujito que en Gulubú", etc.
  • "Había una vez una vaca, en la Quebrada de Humahuaca", etc.
  • "Te hiciste caca?"
  • Monólogo interior: "Casi un día menos. Casi otro día vencido. Fuerza, hijita. Vamos que falta menos."
  • "En un ratito viene papá. Sí, en un ratito, viene papá de trabajar"
  • "Te dormiste".
  • Silencio. Monologo interior: "Quiero dormir un año completo. No sé cómo voy a hacer mañana para hacer esto otra vez. Tengo que llamar a mis amigas. Tengo que llamar a mi mamá. Tengo que llamar al trabajo. Tengo que presentar la carta pidiendo la licencia. Tengo que, tengo que, tengo que."
  • "Qué te pasa? Te duele la panza? Tenés frío? Tenés calor? Tenés sueño? Por qué llorás? Cuándo vas a llorar a los gritos, así puedo saber qué te pasa? Por qué los bebés no nacen sabiendo hablar?
  • "El ciempiés es un bicho muy raro", etc.
  • "Ya viene Papá. Dale, Pauli. Ya viene."
  • "Llegó Papá! Bieeeeeeeeeen! Viva!"
  • "Marina, le pasamos la nena al papá?"
  • Monólogo interior: "Cuándo vamos a estar en casa? Cuánto más falta? Cuántos días, cuántas noches, cuántas horas? Por qué siempre hay que esperar tanto para todo? Por qué tuvimos que pasar por esto? Por qué tenemos que pasar por esto? Por qué siempre todo cuesta tanto sacrificio? Cuándo empieza la vida real? Cuándo me voy a olvidar del sanatorio? Cuando me voy a dejar de sentir asustada, llorosa, cansada, triste, preocupada? Cuándo?"
  • Monólogo interior escondido detrás de una sonrisa: "Estoy muy cansada pero no me puedo quejar. Si yo estoy cansada, Paulina está más cansada que yo. Buena cara. No llorar. No llorar nunca delante de la incubadora, ni de la nena. Tengo que lavar la ropa. Hay jabón? Hay que planchar la ropa. Tengo que sacarme leche. La concha del sacaleche."
  • "Todo bien, vos?"
  • "Sí, se portó re bien, hoy." Monólogo interior: "No tengo fuerza ni para hablar."
  • "Sí, vamos." Monólogo interior: Pasará bien la noche? Me extrañará? Le harán upa, si llora? Tendrá miedo cuando se queda sola? Se olvidará para siempre de esto? Y si nos quedamos a dormir acá, en un rincón? No me quiero ir pero no me puedo quedar. Siempre lo mismo: Querer vs. poder. Qué mierda."
  • "Hasta mañana, mi amor. Te quiero mucho." Monólogo interior: "Te extraño mucho. Portate bien. No llores. Mamá te adora más que a su vida. No deja nunca de pensar en vos. Se va pero siempre está con vos. No te sientas sola. Te quiero, hija. Te quiero mucho, mucho, mucho."
  • Monólogo interior: "A seguir la vida en casa. Hoy tampoco voy a poder dormir."



Setenta y seis días. Setenta y seis noches. Todavía falta un poco más.

miércoles 13 de mayo de 2009

Postal urbana

Un edificio encajonado frente a una ventana o al revés: una ventana frente a un edificio gris, encajonado y lleno de ventanas que, como ojos, me miran.
Son ventanas viejas, sucias, rotas. Son ojos cansados.
Desde el óxido, esperan una respuesta, una reflexión, una decisión. Esperan algo.
Cortinas de enrollar torcidas; palomas anidando en los huecos en donde supieron estar los equipos de aire acondicionado; cables que cruzan la pared manchada de mugre de ciudad, en líneas raras, como si fueran venas, como si a todos esos ojos, alguna vez, se les hubiese dado por llorar.
El cielo está gris. Se prepara desde hace rato para una tormenta que no llega.
Y las ventanas mirándome, todas ellas, preguntándome una y otra vez:
¿Qué vas a hacer cuando llegue la tormenta?
¿Qué vas a hacer?
Y yo no sé qué responder.

jueves 7 de mayo de 2009

Caro Michele/39

La vida interrumpida, Miguel querido. La vida en pausa. A veces, me parece que estoy soñando y que me voy a despertar y que todo va a estar como antes. Y aunque, sería muy tranquilizador estar soñando, extrañaría mucho a Paulina.
La vida es Paulina. La vida interrumpida es Paulina en el sanatorio. Es incomprensible. Es como alguien tuyo que no es tuyo. Alguien por quién tenés que pedir permiso para tocar, para cambiarle los pañales, para hacerle upa. Es tan difícil que a veces creo que no me da el cuero. Pero saco fuerzas, no sé de donde, y el cuero me da, un día más, porque esto es día a día.
De las 24 horas, 19 son Paulina. Cuando la veo y cuando no la veo. Cuando la extraño. Cuando la extraño mucho. Cuando pienso en si dormirá o estará despierta. Si le pondrán el chupete cuando llora. Si me extrañará tanto como la extraño yo a ella. Cuando pienso en hasta cuando vamos a vivir así.
Pero no desespero. Espero y espero. En esta vida, siempre me toca esperar.
Cuando la vida no es Paulina, es silencio. Y es cierto que, durante mucho tiempo, yo fui de esas que pensaban que cuando no hay nada que decir, lo mejor es decir nada. Pero en estos meses no me estoy llevando bien con el silencio. Necesito palabras. De aliento, de consuelo, de cariño, que den fuerza, que den ganas, que me ayuden.
Y si bien están todos los de siempre haciendo el aguante, no alcanza. Y no alcanza rezar. Y no alcanza nada. No me llevo bien con la insatisfacción. No me llevo bien con esta dependencia al ruido, a las palabras.
Pero necesito ver vida. En todas partes. Mucha vida para que me ayude a esperar a mi hijita que la pelea todos los días, mucho más y mejor que yo. Qué orgullosa estoy de mi niña, Miguel, no te das una idea.
Y sí, a veces, todo me parece un sueño. Y todo el tiempo, me parece que esta no es la vida real. Que yo no soy la yo de siempre. Y también necesito recuperar eso que era. Lo que era yo, antes de esto. Antes de que Paulina naciera. Recuperarme para ella. Para que cuando ella esté conmigo sepa que no soy esa persona asustada por todo, todo el tiempo.
Que sepa que soy también, esa persona que se repone rápidamente de las cosas, menos cuando no la quieren. Que resiste los embates, menos cuando nota que a nadie le importa su esfuerzo. Que la rema con ganas, sólo cuando alrededor también hay ganas.
Necesito que sepa, que además de ser su mamá, estoy yo. Y que todo eso junto, está para que ella sea muy feliz.
Porque de lo único que puedo darme cuenta, Miguel, es que no hay otra preocupación mas que conseguir la felicidad. Que no importa lo que haya que hacer. Hay que buscar ser feliz como se pueda. Por un rato, por todo un día, por un mes, un año, por toda la vida, si es que el concepto "toda la vida" existe.
Hay que ser feliz como se pueda, pero hay que ser feliz. Más que cualquier otra cosa en el mundo.
Lo único que me voy a llevar de acá, cuando me vaya a verte, es la felicidad.
Y la felicidad no es silenciosa, viste.
Estoy harta del silencio.
Harta de verdad.
Muchos días me siento sola.
Hoy me siento así.
Ya se me va a pasar.
No sabés cómo te extraño. No te das una idea.
No sabés cómo te necesito.
De entre toda mi gente perdida, sos el que más necesito, Miguel.
Quedate cerca.
No puedo con todo sola.
Necesito que me hagas el aguante, esta vez, otra vez.
Seguí cuidando a Paulina cuando no la veo. Abrazala. Y hacele saber cuánto la quiero.
Nos vemos.
En un tiempo.