miércoles 3 de febrero de 2010

Paciencia modo off

A mi me gustaría ser una de esas personas a las que todo le chupa un huevo: las cosas, los demás, su propia existencia.
Me gustaría, por ejemplo, ser indiferente. Pero tengo este costado tan fácil, este gen leche hervida, el jetonismo. Me arrepiento cada día de mi vida de contar con esas características.
Hace un tiempo estoy haciendo un posgrado en indiferencia. Con buen manejo de cintura, sorteo las cosas que mandan decir, las lecturas entre líneas, las infidencias, los comentarios maliciosos. Digo, no quiere decir que no me dé cuenta de lo que pasa, simplemente evito confrontar.
Pero me parece que no está tan bueno esto de la indiferencia. Porque, para mí, es algo forzado. Y ya estoy haciendo muchos otros esfuerzos como para esforzarme en esta clase de cosas que, en general, tienen que ver más con probar hasta dónde llega mi paciencia.
Soy una persona más paciente de lo que parezco por escrito y en vivo. Tolero, aguanto, mucho más de lo que se podría suponer. Dejo pasar un comentario, una intromisión, una infidencia, dos, tres, cuatro; los chusmeríos de los que, como tales, me entero y hago oídos sordos. Puedo llegar a dejar pasar un comentario que oculta una verdad horrible, cuando es dicha como chiste, porque es cierto que las peores verdades se dicen en forma de chiste, es la fórmula de la cobardía.Pero las dejo pasar porque todos tenemos malos días y hay gente que no tiene el don de la oralidad o de la expresión escrita y dice una cosa por otra y qué se le va a hacer.
Este último tiempo, me había prometido a mí misma no participar en ninguna clase de enfrentamiento. Ni propiciarlo. Con mucho trabajo, lo estoy cumpliendo. Prefiero guardar violín en bolsa y seguir, como si no hubiese visto, oído o leído algo.
Supuestamente, esta actitud iba a ser un peldaño hacia mi tranquilidad. Si uno no siembra tormentas es posible que no recoja tempestades.
Pero no. El ser humano, como tantas veces dije, es un bicho hijo de puta, incapaz de registrar cualquier otra cosa que no sea su propio ego. Todo el mundo se cree más que el otro, mejor. Hay mucho bocafloja en el mundo. Mucha gente más mejor que sabe quienes son los más peor.
Entonces, estamos entre los que directamente ni se dan cuenta de que alguien -yo, en este caso- está tolerando cierta cantidad de indirectas con paciencia zen hasta el que las dice, lisa y llanamente para ver hasta dónde ese mismo otro -yo, supongamos- puede soportar.
Mi historia personal está hecha en base de abandonos de lugares y de gente, cada vez que percibí esa falta total de cuidado con el prójimo. He cortado los lazos con todos aquellos que no son capaces de mantener su opinión cagándose en los demás. Los mismos, que algunas semanas más tarde, cambian todo su discurso y están a favor del mismo del que antes estaban en contra y se envían ramos de flores y palabras amorosas. Los que lean, sabrán de qué hablo. Pasa todo el tiempo.
Ya que es imposible hacer que un necio se de cuenta que jode con sus imbecilidades, es preferible alejarse, alejarse tanto que lo único que quede es alguno que recuerde que uno, alguna vez, estuvo por allí. En general, no se pierde nada; el mundo no para, la gente no cambia, todo sigue igual, hasta que, como dije alguna vez en otro post, le toca a otro pasar por ese lugar.
Desgraciadamente, la tierra gira siempre para el mismo lado y en general, los que se van, son los que como yo, repodridos de dejar pasar, dan un portazo y desaparecen para siempre.
Claro: después vienen las preguntas. Que qué te pasó, que por qué te fuiste, que no tenés que ceder lugares, que no vale la pena, que cómo le vas a dar lugar a alguien que no tiene dos dedos de frente y un tendal de frases de ese estilo, que él único que puede decirlas es el que no estuvo escuchando el tac-tac constante de la gota que roe la piedra sobre su paciencia.
Muchas veces fantaseo con la idea de desaparecer. Desaparecer de la única manera que sé y de la manera en que lo hice siempre, sin dejar un solo rastro. Pero es una fantasía y alguna vez hay que probar cosas nuevas.
Hasta este punto de mi vida, me han dicho infinidad de cosas hirientes o desconsideradas, los personajes más variopintos, tanto hombres como mujeres. Cada vez que sucedió, no me quedó más opción que cerrar la puerta y tirar la llave. Angustiarme unas semanas y después, ir sepultando el mal rato debajo de gruesas capas de valoración personal. Es todo un trabajo rearmarse cuando a uno lo hieren, cuando lo hacen sentir poco o descartable o invisible. Es un trabajo muy sacrificado. Y no hablo sólo por mí. Cualquiera que haya tenido que rearmarse, no digo cinco o seis veces, sino una sola, sabrá de lo que hablo.
Uno queda magullado, resentido y sobre todo, queda con mucho miedo. No queda otra, entonces, que volverse al puñado cada vez más mínimo de personas, en donde uno puede ser como es, sin necesidad de andar cuidándose de las pequeñas porquerías gratuitas de los demás.
Y es claro, uno -yo- sabe que no hay competencia posible, que cada uno es como es, que los vínculos se establecen y se rompen, sin importar mucho más que el humor del día.
Alguno que lea esto podrá decir "esta mina, siempre la misma insegura", pero no, no es inseguridad. En estos días, yo me encanto. Me encanto tanto que me doy cuenta que no puedo relacionarme con cualquiera, que tengo que tener mucho cuidado, el mismo cuidado que tendría alguien con un collar de esmeraldas. Nadie iría con ese collar a limpiar el baño o a comprar al chino. No, esas cosas se cuidan con el alma. Y como yo soy mi propio collar de esmeraldas, no me queda otra que cuidarme a mí misma, casi, casi, como me cuidó mi mamá hasta que me pude valer por mi misma.
Una vez, un hombre del que estuve muy enamorada me dijo que el día que me diera cuenta del valor que yo tenía, mi forma de actuar iba a cambiar.
Tenía razón, de alguna manera. Todos estos meses, en los que estuve tan ocupada pensando qué iba a ser de mí, me di cuenta de cuanto, cuanto me valoro. Cuanto valor tengo para vivir, para sufrir, para todo. Nunca le escapé al bulto. Nunca me hice la desentendida.
Y quizás por eso, sea el momento de empezar a enfrentarme con cualquiera que vuelva a tener el tupé de decirme algo inconveniente o de meterse donde no lo llaman o, y esto espero que no pase por el bien de todos pero más que nada por el mío, disputarse conmigo algún lugar que le interese pero al que, oh, desgracia, ha llegado tarde.
Qué va'cer. Llega un momento en el que, imperiosamente, llega la necesidad de defenderse, dado que cuantos más sopapos liga uno, más le dan.
Y a mi ya me dieron todos los sopapos de esta vida y de las próximas dos. No voy a permitir ninguno más DE NADIE. Ni siquiera, por torpeza.
Llegó la hora de defender lo mío de una manera contante y sonante. Sin que queden lugar a dudas. Y si hay que ser cruel, tanto que lo he evitado, lo seré. Quizás esa sea la forma de entenderse con el resto de la humanidad: la crueldad.
Ojalá no haya que llegar a tanto.
El gran problema de mis enojos es que no se pasan con los días, se incrementan.
A los que les quepa el sayo, están avisados.
Desgraciadamente, no soy una de esas personas a las que todo les chupa un huevo. Nadie me parece que no vale la pena, sea para bien o para mal.
No soy yo cuando me enojo. De verdad. No soy yo.
Ruego que el resto de la humanidad que me rodea, tenga la sensatez de no querer comprobarlo.
Buenas noches.

domingo 31 de enero de 2010

Dejarme en paz

Afuera hay una fiesta. Hay música y chicas cantando. No suena a que es mucho más lejos que dos pisos más abajo de donde estoy, ahora, escribiendo. Escribo sin saber muy bien hacia donde voy a ir. Fue y es, un sábado raro.
Estuve con dolor de cabeza todo el día. Dolor de cabeza e inquietud. Una inquietud tramposa que llegó el viernes a la noche, justo antes de salir a encontrarme con una gente que aprecio.
Es algo que me pasa desde hace un tiempo. Cada vez que tengo que ir a una reunión, un cumpleaños o lo que sea, donde sé que va a haber gente y que tengo que interactuar, nomás salgo de casa, me agarra una especie de taquicardia, una especie de angustia, no puedo explicarlo bien.
Una sensación de estar en peligro me toma el cuerpo. Volvería corriendo a mi casa, me metería en la cama y me taparía hasta la nariz, si no fuera la cabezona que soy, que se obliga a no obedecer a esos impulsos primitivos.
Y es algo loco, porque voy porque quiero y porque sé que la voy a pasar bien. Pero el "antes" se me hace insufrible.
Cuando llego, después de darme una perorata mental de no-puede-ser-que-te-pongas-así, me compongo. Aprendí que con los años, me las arreglo bastante bien para disimular. Hay que tener el ojo muy entrenado y conocerme mucho para notar que desde que salí de mi casa, la estoy pariendo.
Entonces, cuando llego a destino, toda esa inquietud, ese miedo irracional, la traduzco en comentarios sarcásticos y medio malditos que intentan ser graciosos o en alguna payasada, que siempre me salen, cuando estoy muy muy nerviosa.
Nadie diría que antes de salir, estuve al borde de las lágrimas. Ninguno de los presentes sospecharía que, las últimas dos veces que los vi, fui llorando todo el viaje. Y hacen muy bien, porque no es por ellos. Soy yo.
En fin, que paso unas horas ahí, tratando de hacerme la graciosa o de hacer reír a los presentes. Y lo paso bien. Me entretengo, me divierto. Nunca del todo, siempre con el satélite prendido, vigilante.
Cuando me voy, repaso una a una todas mis intervenciones de la noche. Me reprocho. No debí haber dicho esto. No debí haber hecho lo otro. Aquel tenía cara de orto, le habré caído mal. Equis me esquivó la vista, se habrá enojado? Y así, con todo. En fin, que no me doy paz. Ni un segundo. Nunca.
Y pienso, porque pienso mucho al respecto del disfrute en este tiempo, por qué no me dejo en paz.
Por qué son tan importantes para mí, las reacciones de los otros, lo que los otros dicen, lo que los otros se callan. Por qué espero contentarlos a todos y caerles bien y que me quieran mucho y todas esas cosas que uno ya sabe que son imposibles.
Como dice H: Cuando los otros dicen, vos no escuchás llover. Y vos sabés que la gente dice de muchas formas. Tendrías que ver la manera de no sentirte responsable por todos. Tendrías que ver la manera de dejarte en paz.
Eso me gustaría.
Eso me propongo este año.
Dejarme en paz y disfrutar de las cosas, más suelta, sin miedo.
Mi papá se murió cuando yo tenía 12 años. Mi mamá se enfermó muy grave cuando yo tenía 14, tuve cáncer a los 30, se murió mi hijita el año pasado. ¿Qué otra cosa me puede pasar que sea peor que todo eso? ¿Por qué si cuando todo eso pasó, no tuve miedo, me agarra miedo ahora, cuando voy a una reunión en donde sólo hay gente que aprecio? Tendrá algo que ver, supongo. Algún nudo debe estar apretándose ahí, entorpeciendo el disfrute de las cosas.
Más lo pienso y menos razones encuentro para tener miedo. Más me lo digo y menos razones encuentro para martirizarme.
Dejarme en paz. Eso quiero.
Ya veré cómo lo logro.

domingo 24 de enero de 2010

Voluntad

Estoy haciendo el esfuerzo más grande del mundo.
Y este esfuerzo es, ni más ni menos, seguir viviendo.
Suena dramático, y quizás lo sea, pero es lo que estoy haciendo y no acepto que me vengan con boludeces.
Todos los días decido levantarme. Y es, por primera vez, una decisión consciente.
Ya que soportaremos el castigo de seguir en este mundo hasta que nos toque dejarlo, hagámoslo de la mejor manera posible.
La vida tiene una problemática muy sencilla, tan sencilla que es casi pava: o vivís o te morís.
Estuve todos estos meses viendo por cuál de las dos me decidía. Y no fue fácil tomar la decisión porque cuando a uno le toca sufrir, quiere terminar con el dolor lo más rápido posible. Y en el dolor, uno es egoísta. Y además, el dolor nunca se puede compartir, ni siquiera acompañar. Entonces, uno está solo y dolido. Y está solo de verdad, como nunca antes. Y no le queda otra más que, en algún momento, decidir qué va a hacer.
Decidí seguir viviendo. No es una metáfora. Es un hecho. De las opciones que tenía a la vista, después de pensar mucho sobre qué era lo mejor para mí y para todos los que quiero, decidí vivir. A pesar de todo.
Y no es fácil. Es un esfuerzo sobrehumano, cada día. No sé cómo avisarlo al resto del mundo, de mi mundo. No sé cómo decirles que, por favor, tengan en consideración que estoy poniendo toda mi fuerza, toda mi voluntad en juego. Que les agradecería que, minimamente, me dispensen de caras de culo gratuitas, discusiones sin motivo y fastidios estivales. Que nada más por este rato, me presten un segundo de atención y que vean, por favor, vean: todo lo que hago, lo poco que hago es puro esfuerzo.
No sé cómo decirlo más claro: Estoy poniendo toda mi voluntad en seguir viviendo.
No es una frase hecha. No es una forma de decir. No es una metáfora.
Es lo que pasa todos los días, todo el día.
Que no se me note, no quiere decir que no suceda.
Que no lo grite, no quiere decir que no lo diga.
Que no lo muestre, no quiere decir que no lo tenga.
Entonces, eso: decidí. Y todavía necesito que me ayuden para no arrepentirme.
Más claro no lo sé decir. Mejor no lo puedo transmitir.
Todo el dolor que me tocó en esta vida podría haberme vuelto loca. Decidí, a lo mejor sin saber, volverme cuerda. Y empezar a pedir lo que, en algún momento, hubiese creído que se sobreentendía.
Ya no confío en entrelíneas.
Me quedo acá. No sé bien para qué, ni cómo. Pero me quedo acá.
De este lado.



martes 29 de diciembre de 2009

Yo

Ya tuve que ir obligado a misa,
Ya toque en el piano para Elisa,
Ya aprendí a falsear mi sonrisa,
Ya camine por la cornisa,
Ya cambie de lugar mi cama,
Ya hice comedia,
Ya hice drama,
Fui concreto,
Y me fui por las ramas,
Ya me hice el bueno,
Y tuve mala fama...

Ya fue ético,
Y fui errático,
Ya fui escéptico,
Y fui fanático,
Ya fui abúlico,
Y fui metódico,
Ya fui púdico,
Fui caótico,
Ya leí Arthur Conan Doyle,
Ya me pase de nafta a gas oil,
Ya leí a Breton y a Molière,
Ya dormí en colchón y en sommier,
Ya me cambie el pelo de color,
Ya estuve en contra y estuve a favor,
Lo que me daba placer ahora me da dolor,
Ya estuve al otro lado del mostrador...

Y oigo una voz
Que dice sin razón
Vos siempre cambiando
Ya no cambias más
Y yo estoy cada vez más igual
Ya no sé que hacer conmigo

Ya me ahogue en un vaso de agua,
Ya plante café en Nicaragua,
Ya me fui a probar suerte a USA,
Ya jugué a la ruleta rusa,
Ya creí en los marcianos,
Ya fui ovolacto vegetariano, ¡Sano!
Fui quieto y fui gitano,
Ya estuve tranqui,
Y estuve hasta las manos,
Hice el curso de mitología,
Pero de mi los dioses se reían,
Orfebrería la salve raspando,
Y ritmología aquí las estoy aplicando,
Ya probé, ya fumé, ya tomé, ya dejé,
ya firmé, ya viaje, ya pegué, ya sufrí, ya eludí,
Ya huí, ya subí, ya me fui, ya volví, ya fingí, ya mentí,

Y entre tantas falsedades,
Muchas de mis mentiras ya son verdades,
Hice fácil adversidades,
Y me complique en las nimiedades...

Y oigo una voz
Que dice con razón
Vos siempre cambiando
Ya no cambias más
Y yo estoy cada vez más igual
Ya no sé que hacer conmigo

¡Adentro!
Ya me hice un lifting,
Me puse un piercing,
Fui a ver al Dream Team,
Y no hubo feeling,
Me tatué al Che en una nalga,
Arriba de mami para que no se salga,
Ya me reí y me importó un bledo,
De cosas y gente que ahora me dan miedo,
Ayune por causas al pedo,
Ya me empache con pollo de spiedo...

Ya fui al psicólogo,
Fui al teólogo,
Fui al astrólogo,
Fui al enólogo,
Ya fui alcohólico,
Y fui lambeta,
Ya fui anónimo,
Y ya hice dieta,
Ya lancé piedras y escupitajos,
Al lugar donde ahora trabajo,
Y mi legajo cuenta a destajo,
Que me porte bien,
Y que arme relajo...

Y oigo una voz
Que dice sin razón
Vos siempre cambiando
Ya no cambias más
Y yo estoy cada vez más igual
Ya no sé que hacer conmigo...

Y oigo una voz
Que dice con razón
Vos siempre cambiando
Ya no cambias más
Y yo estoy cada vez más igual
Ya no sé que hacer conmigo...


Actualización:

El cuarteto de Nos - Ya no sé qué hacer conmigo

sábado 26 de diciembre de 2009

Llevo tu corazón conmigo

i carry your heart with me (i carry it in
my heart) i am never without it (anywhere
i go you go, my dear; and whatever is done
by only me is your doing, my darling)
i fear
no fate (for you are my fate, my sweet) i want
no world (for beautiful you are my world, my true)
and it's you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you

here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life; which grows
higher than the soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that's keeping the stars apart

i carry your heart (i carry it in my heart)


E.E. Cummings

Llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón). Siempre.

martes 15 de diciembre de 2009

Por qué escribir un diario

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lunes 7 de diciembre de 2009

Frágil

Es imposible no ver el dolor que te sale por los poros. Decís que es elocuente y lo sacás de primer plano. Que no contás, que no decís. Que lo que se ve desde afuera es que nada te duele, que ya pasó. Que creen que sos capaz de soportar esto que te pasa y algunas cosas más. Quizás sea el momento de poner las cosas en palabras. La elocuencia, a veces, no alcanza, dijo H en sesión.

Ok, digo yo ahora. Todo el tiempo estoy tratando de no entramparme en la autocompasión pero llegué al punto de comprender que sí, que es este momento, que necesito cuidarme, que necesito tener el mismo delicado cuidado que muchas veces tuve con los demás, ahora conmigo. No tengo fuerza para sostener nada. Intento todos los días, con mucho esfuerzo, estar un poco mejor. Intento ser la que era. Todavía no me sale.

Me duele mucho. Todo me duele mucho.
Desde la pavada más chiquita.
Necesito un respiro.
Por favor, tengan cuidado.
Estoy pegada con cinta adhesiva.


domingo 6 de diciembre de 2009

Cosas que pasan

Perder un amigo.
Hacer la pregunta que no debe hacerse.
El silencio de la casa.
Una idiotez que lo estropea todo.
El insomnio.
El dolor.
Que te dejen de hablar.
No hacerse entender.
Disimular.
Que te digan "pensá en vos".
Llorar.
Buscar algún consuelo.
No encontrarlo.
Intentar salir.
Encerrarse.
Callarse.
Intentar.
No poder.
No poder más.
Volver a llorar. Por una pavada, por dos, por tres.
Esperar que te hagan el aguante en donde no quieren/pueden hacértelo.
Dejar de ser.
Volverse otra cosa.
Dejarse llevar.
Desaparecer.
Vivir, porque no hay más remedio.

Hay que llorar, sufrir, desangrarse, morirse y, si hay suerte, volver a nacer.
Cuando no te pasa nada, todo el mundo te pregunta qué te pasa.
Cuando te pasa algo, ya ves.

viernes 27 de noviembre de 2009

Desasosiego

Estos días releí algunas cosas que había escrito acá antes, cuando creía, erróneamente, que sufría.
Me leo estúpida: sin dormir, sin comer, con esa angustia existencial pavota, de adolescente con resfrío en el alma. Qué gansa. Sufrir es otra cosa.
Sufrir es levantarse sabiendo que nada de lo que uno haga puede cambiar lo que pasa. Vivir con eso. Resignarse. Tener que aceptar que lo que pasa es así. Que no hay nada ni nadie que lo pueda cambiar, ni por mucha voluntad, esfuerzo, conjuros mágicos, oraciones y santitos.
Sufrir es tener que ir cada domingo al cementerio. Llevar flores. Mirar la placa. Reconocer todas las cosas que no van a pasar ni ahora, ni nunca. Extrañar. Extrañar sin tener la posibilidad de tomarse un colectivo, un tren, un avión. Sin que haya teléfono, ni mail, ni carta certificada.
Es llorar a escondidas y para adentro. Sin que nadie vea las lágrimas. Llegar a los lugares como si a uno no le hubiese pasado nada. Irse de los lugares sabiendo que dirán "se la ve bien" o "que mal que está" o "pobre". Irse con todo lo otro y con eso también.
Es dejar de contar cosas. Guardarlas. No confiarse con nadie porque ya no queda qué confiar. Perder la fé y perderse. No poder rezar, ni dormir, ni descansar.
Es llenarse de ruido de la tele, de la calle, del chat para no recordar, una y otra vez, cada una de las 27 semanas de panza, los 163 días de sanatorio, los casi 4 meses que van hasta ahora.
Y no saber qué hacer con casi nada.
Y mientras se sufre, así, de manera animal, instintiva, seguir viviendo.
Tener que comprar Coca porque se terminó. Evitar una discusión boluda, pasar por alto alguna provocación o varias, bañarse, vestirse, salir. Vivir con todo lo chiquito y molesto que trae aparejado.
Repartir la poca alegría que queda. Hacer feliz a alguien, aunque sea un ratito, aunque sea olvidable.
Y no mucho más. Tratar de dormir. Ir al médico. Cuidarse, sin saber muy bien para qué. Estar. Seguir estando.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Defecto

Uno de mis grandes defectos es el de ser lo suficientemente jetona como para ponerle el cuerpo a lo que digo. Si bien, en este tiempo, no me quedan ganas ni de pelearme con nadie, tengo esta maldita puta costumbre de poner en palabras lo que me pasa, lo que pienso y lo que opino respecto a lo que sea, si me preguntan. Porque siempre hay alguien que pregunta. Esa trampa mortal que es alguien con supuesta buena intención preguntando sobre las cosas para, después, usarlas en propio beneficio. Me hago cargo: siempre respondo. Si me preguntan, respondo. Nunca le escapo al bulto. Y respondo lo que me parece. Sea bueno o malo. Soy así y no tengo demasiadas intenciones de cambiarlo.
Eso genera, como cualquier acción, multiples y variadas reacciones que van desde el "mejor no me enfrento a esta porque es capaz de decir lo que le viene a la boca" a los putísimos tiros por elevación, dichos delante mío (o detrás, y esos son los que más me molestan) con una fingida inocencia.
Hay algo cierto, los tibios no me van. Será que yo no soy tibia. Será que yo siempre tomo partido. Será que nunca me gustó que me dijeran lo que tengo que pensar o decir. Será que fui educada de esta forma -mal o bien- y puede gustar o no, pero, no hay caso, es mi forma.
A qué viene todo esto. No importa a lo que viene. O sí. Viene a que, contrario a lo que se puede pensar por ahí, no soy de las personas que le llenan la cabeza a nadie. Escucho, aconsejo -siempre desde lo que pienso que es para mejor del que me habla-, tomo partido. Y lo digo. Siempre.
No me escudo nunca en una falsa ingenuidad. No me hago la boluda, ni la nena, ni la dama en peligro. Al contrario: me la banco. Y no tengo el switch para cambiar de idea, demasiado sensible.
Tampoco soy boluda. Yo veo. Oigo. Leo. Me doy cuenta. Desgraciadamente, me doy cuenta de todo, casi siempre. Aún a pesar mío.
Y no me hace falta andar recolectando información de distintas fuentes. No me interesa el chusmerío grosso, el de andar diciendo "ah, porque una vez, sabés lo que dijo de vos", no. No meto fichas. A lo mejor, peco de sincera. A lo mejor, digo: "Ojo, che. Cuidado. Cuidate". Me arrepiento un poco de decir esa clase de cosas.
Todas las veces que alguien me ha contado algo, he escuchado con atención. He leído los más variados episodios. Desde llantos y escenas de celos hasta grandes problemas de inseguridad e intolerancia de género (jé, cuándo no.). Y cada vez que me han tenido de oreja, han contado con toda mi atención y sensibilidad (que será jodida, que será demasiado fina, pero que es inmensa).
Por supuesto que me fastidio, soy un ser humano, después de todo y aunque no parezca. Por supuesto que me agarro broncas de días y días que no se me pasan. Por supuesto que hay cosas que me duelen.
Pero a esta altura del partido, después de todo lo que pasó y pasa... ¿tiene alguna importancia?
En realidad, nada importa demasiado.
Como sabemos bien acá: una vez que la idea sobre alguien empieza a correr de boca en boca, es muy díficil hacerla cambiar. No importa lo que hayas hecho o lo que no hayas hecho. La gente es boluda. Eso lo sabemos todos. La gente (vos, vos, yo, vos) se deja llevar por prejuicios. Así funciona el mundo.
Lo único bueno es que es un ciclo y eso reparte parejo para todos lados. Hoy me toca a mí pero mañana, estate seguro/a, te toca a vos.
Hay que hacerse cargo de lo que uno dice, creo. No creo. Estoy segura.
Y hay que actuar en consecuencia con lo que uno anda desparramando por ahí. Habrá más de uno que pueda dar fé de mis decisiones cuando se me llenó el saco. No tengo vuelta atrás. Como dije más de una vez en este blog, el "a mí no me hizo nada", no me va, nunca me fue, nunca me va a ir. Yo distingo claramente, por lo menos para mi escala de valores, qué cosas están bien y qué cosas están mal. Qué puedo aceptar dentro de los límites de la tolerancia y qué no.
Pero repito: cada vez que alguien ha venido con una pena, con un problema, he sido transparente al respecto. Y eso que, salvo contadas excepciones entre las que se cuentan sólo gente queridísima por mí, no soy de las que hacen interrogatorios. No soy comedida, ni indiscreta.

Hay que evitar andar desparramando boludeces sobre la gente. Hay que tener mucho cuidado. Hay que hablar sabiendo y si no sabés, no andar hurgando para enterarte. Porque todo se sabe. Es así. Hasta el que no quiere, se entera de todo lo que se dice sobre él. Más tarde o más temprano, todo se sabe. Y llorar, después, no sirve para nada. Pedir disculpas, tampoco.
En este momento, estoy haciendo grandes esfuerzos por dominar este defecto tan choto que tengo. Y sin embargo... sin embargo, siempre hay alguien dándose el lujo de ponerse en paladín de la moral y las buenas costumbres, acusando con el dedo. Haciéndose cruces por lo que digo, opino y comento, CUANDO ME PREGUNTAN, porque tengo el descaro de hacerlo en público, en lugar de hacerlo escondiéndome detrás de una ventana de mensajero o por mail o hablando por teléfono.
Y entonces, lo de siempre. A mí se me llena la cabeza de preguntas: quién sos, a quién le ganaste, cuándo te las aprendiste todas, sos capaz de ponerte en el lugar de otro, te das cuenta de que lo mismo que enjuiciás en los demás es lo que llevás a cabo. Todas preguntas. Preguntas que, en primera instancia, me hago a mí. Y después, oh, maravilla maravillosa, a los demás. Preguntas sin respuestas. Porque esas cosas no se dicen. No está bien visto.
A mí, casi nada de lo humano me es ajeno. Como dice un amigo mío soy negra, puta, lesbiana, judía, coreana, china, indocumentada, loca, histérica, mal hablada, mal llevada, jodida. Me caben todas las peores generales de la ley.
Lo único que no soy es falsa. No soy forra. No disimulo.
Es un defecto.
Qué se le va a hacer.
Es lo que hay.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Preguntas

Miércoles 11 de noviembre
Empezamos tianatación con la preciosura.
Cuando terminó la hora de patadas y zambullidas, fuimos al vestuario a cambiarnos.
La preciosura habla todo el tiempo, no para de hablar.
Después de vestirla, me tocó el turno a mí de sacarme la malla mojada.
Ella se quedó parada, esperando que yo me vistiera.
En un momento, me espió por la cortina del cubículo que funciona como ducha y vestidor.
-¿Puli no está más en tu panza?
-No-, le respondo.-Puli no está más en la panza. Vos sabés dónde está.
-Sí. En el sanatorio.
-No. No está en el sanatorio. Vos sabés dónde está.
-¿Dónde está?
-En el cielo.
-¿Por qué?
-Porque está con Dios.
-¿Por qué está con Dios?
-Por favor, Sofi, ¿me sostenés las ojotas?

No tengo respuesta para esa pregunta.

Ella dejó de preguntar.

domingo 8 de noviembre de 2009

Neurosis de destino

Y a mí me cuesta cada día más pensar que las cosas no están escritas.
Mis esfuerzos, mis pilas nunca sirvieron para más que para darme grandes desilusiones.
Aunque ponga lo mejor de mí, las cosas nunca son como yo necesito que sean.
Y me siento encerrada.
Y triste.
Hago lo mejor que puedo hacer, aún en esta circunstancia horrible. Sin embargo, las cosas siguen doliéndome.
Y pensar que desde que tengo uso de razón, lo único que estuve buscando es ser tremendamente feliz.
¿Qué tendré, doctora, qué tendré que sólo consigo unos ratos muy fugaces de felicidad?
¿Qué es lo que tengo que hacer?
¿Aceptar? Lo estoy aceptando casi todo. Hasta lo que creí que nunca aceptaría, lo acepto casi docilmente.
¿Resignarme? ¿Se puede vivir así? ¿Puede uno resignarse a todo? ¿Es posible que alguien sobreviva con resignación?
Hago lo que puedo. A veces, un poco más. Trato de ser optimista, de estar lo mejor posible. De dar alegría a los demás, aún cuando estoy mirando con cariño la ventana.
Y sin embargo, no sirve.
Y hay días como hoy, en donde me siento para la mierda, en donde creo que hay que entregarse al destino. Aunque me digan que las cosas se pueden cambiar, no es cierto. Nada cambia. Nadie cambia, nunca.
Y uno se tiene que quedar con las cosas como son.
Aunque esas cosas le hagan un agujero en el cuerpo.
Las personas como yo, tan arremetedoras, tan peleadoras, tan cocoritas, deberíamos venir con un cartel que dijera: Favor de tener cuidado.
Eso. Es un mal domingo. Fue una mala semana. Lo disimulé mucho. Lo disimulé hasta hoy. Hoy no lo puedo disimular.
Estoy desesperadamente triste.
Y no puedo hacer nada al respecto. No sé qué hacer al respecto.
Me desespero.
Qué cagada.