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domingo, 11 de octubre de 2009

Encontrando

Revolviendo en la net, me reencontré con el primer diariosdaneses

También encontré, en un cuaderno, el principio de un cuento, quizás, o todo el cuento que se me ocurrió hace más o menos un año y medio atrás.

La educación sentimental de Elena

Se iban a encontrar en una esquina cualquiera de Buenos Aires, por primera vez. Se habían visto antes, en una fiesta.
Ella iba nerviosa al encuentro. Había tomado un taxi y antes de bajar, había respirado profundo unas cuantas veces, como para tomar coraje.
El estaba en la esquina, la esperaba. Cuando la vio cruzar, se le encendió la sonrisa. Cuando ella terminó de cruzar la calle, él la recibió con un abrazo raro: un abrazo dado con todo el cuerpo pero también con el corazón. Y así empezó todo. Dos desconocidos abrazados como si hiciese mucho tiempo que no se abrazaban.
Caminaron hasta el hotel. Naturalmente, se dieron la mano al caminar y así fueron, parando en un lugar u otro para darse un beso. No les hizo falta café, ni charla, ni ponerse de acuerdo. Todo se les dió tan naturalmente que parecía que se habían conocido desde siempre.
Por fin, dentro de la habitación del hotel, se sentaron un rato en el sillón, como para conversar. No pudieron. Fueron besos y más besos. Y esos besos también parecían conocidos, no había que acomodar la lengua ni hacer piruetas con la cabeza, eran besos que habían estado siempre, besos cómodos. Ella lo supo enseguida. Ella supo que lo que pasaba no era normal. Entonces, se sentó enfrentada sobre él y le dijo: "Qué tal, soy Elena, la tímida, como estás"y siguió besándolo . El se rió y ella descubrió su risa y le gustó hacerlo reir. Empezaron a desvestirse y lo hicieron cariñosamente, despacio y con amabilidad. Cuando fueron a la cama, el se encargó de hacerla sentir adorada. Elena no conocía esa sensación. Cada caricia, cada roce, la conmocionaba. Pensaba: "Esto lo hice muchas veces y nunca fue así" y se dejaba seguir acariciando.
De repente, él le preguntó: "¿estás lista para que te haga el amor con el corazón en la mano?" y a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, porque ya no tenía recuerdo de cuándo había sido la última vez que se había acostado en una cama llena de sentimientos. Era tanta la sorpresa que la frase "hacer el amor" no le había sonado cursi. Le pareció que un hombre como él, no podía decir otra cosa.
Y en la cama, sucedió lo mismo que con los besos. Parecía que todo había pasado alguna otra vez, no había grandes directivas, los cuerpos se unían perfectamente, como las bocas. Y Elena pensaba: Esto es raro. Muy raro. Está buenísimo.
Cuando les tocó descansar, Elena hizo las preguntas de rigor: ¿pensabas que iba a ser así? ¿Creías que ibamos a tener tanta onda, tan pronto? Y él contestaba despacio, que sí, que no. Y sonreía. Y Elena pensaba que, a lo mejor, lo había hecho feliz. Por lo menos, un poco. Él parecía un tipo feliz, aquella noche.
Antes de irse, se bañaron separados.
Elena se quedó en la cama y lo miró bañarse. Le gustó verlo. Observó cómo se enjabonaba las piernas, los brazos, el pecho. Lo escuchó cantar bajo la ducha. Y después, con detenimiento, lo miró secarse y vestirse. Y le pareció el hombre más hermoso del mundo. Y el más adorable. Y supo, ahí nomás, cuando todavía no había pasado casi nada, que iba a enamorarse pero trató de minimizarlo. "Serán dos o tres veces más y chau"
Salieron del hotel, de la mano. Ella prefirió tomar un taxi que la llevara hasta su casa. Prefirió irse sola. Se sentía la chica más hermosa del mundo, por primera vez en su vida. Y se sintió adorada como nunca antes. Ella le preguntó "hablamos?" El le contestó: Por supuesto.
Después de ese primer encuentro, hubo muchos otros. Elena aprendió con ese hombre a querer con todo el cuerpo. Y con el corazón. Y con el alma.
Porque Elena, ante ese hombre, no tenía que ser nada más que ella.
Por eso, cada vez que él entraba a la ducha, después de haberle entregado el corazón y el cuerpo, Elena se lo quedaba mirando, y mirarlo le daba toda la paz del mundo.
Porque en algún momento en el que no pensaba, el corazón se le había incendiado. Y era amor. Un amor de los buenos, de los cálidos, de los suaves.
Un amor como el que Elena había buscado muchísimo tiempo, en otros cuerpos, en otras camas.
Al final, lo encontró. Ella, todavía hoy, le dice "mi hermoso", lo taladra a llamados teléfonicos y cuando se ven, a él se le enciende la sonrisa y a ella se le incendia el corazón.
Pero, algunas noches, cuando Elena está sola, se pregunta qué hubiese pasado con ella, si no hubiese ido a la esquina aquella, para encontrarse con él.
"Me hubiese perdido lo mejor que me pasó en la vida", se contesta.
Y se duerme pensando en la sonrisa que le incendia el corazón.

martes, 28 de abril de 2009

Postal after office

El hombre está sentado frente a mí. Yo lo miro a la distancia, no tengo mucho que hacer. Espero un café con leche. Espero que pase la hora. Espero.
Con el hombre, está sentada una mujer. Tiene el pelo lacio, cortado en capas. Es menuda y tiene el torso volcado hacia adelante, como si quisiera traspasar la mesa con su cuerpo.
El la mira embobado. Desde donde estoy, le puedo ver los ojos. La come con los ojos pero le presta atención. Escucha atentamente todo lo que, supongo, ella dice.
De repente, ella le pasa la mano por la cara. El se deja acariciar. Ella le toca la cara, el pelo, las orejas. A una mesa de distancia, se adivina -o ellos dejan adivinar- que se desean mucho.
Casualmente, acá a la vuelta hay un telo, pienso y me decido a mirar una revista porque me da vergüenza fisgonear esa imagen tan intima de dos que no conozco y no conoceré nunca, pero me llaman la atención.
Son la única pareja del bar. El tiene una camisa celeste impecable. Se lo ve prolijo. No lo veo pero intuyo que tiene el pantalón perfectamente planchado. Ella se puso una remera negra que le marca la cintura. Mueve el pelo, se lo acaricia.
Ahora, él le tiene agarrada la mano. Se la pasa por la boca y el gesto no es obsceno. Es un gesto de amor. Habla con la mano de ella en la boca, acariciándole la palma con los labios.
No es un tipo "lindo", pienso. No es un tipo que una, yo, cualquiera, se daría vuelta a mirar y, sin embargo, ella no le saca la vista de encima. No mira los autos, no mira la gente que camina por la vereda, no se asusta con el colectivo que dobla. Sólo lo ve a él y él la ve a ella. Ninguno de los dos me ve a mí, viéndolos.
Y ni por un momento se me ocurre pensar que están casados. Hay algo que denuncia. Hay algo que hace sospechar.
Quizás sea la hora.
Quizás sea el lugar.
Quizás sea que hablan mucho y se prestan atención.
Quizás sea que no están aburridos de verse y que aún no se dijeron todo lo que se tenían que decir.
Quizás sea que se tienen muchas ganas. De lo que sea. Ganas que se notan.
Pago. Tengo que irme. Me espera el sanatorio y la nena y las enfermeras.
Pago y empiezo a pensar en volver a mi destino de los últimos días.
Y entonces, un detalle. Me doy cuenta que los anillos que veo en sus manos no son iguales.

Y me da un poco de pena.

sábado, 12 de julio de 2008

Corbata

Todo se le ocurrió cuando lo vio sacarse la corbata.
El disco sonaba desde hacía rato y se sabía el tema de memoria.
Se puso la corbata que había quedado sobre la cama.
Encima de la camiseta blanca que usaba para dormir, ella se puso la corbata y lo esperó.
El, que había llegado destruido de trabajar, se daba una ducha para sacarse el olor del día.
Salió envuelto en el toallón, como siempre, goteando y mojando el piso, dejando las huellas de sus pies, marcadas en el espinapez del parquet.
La vio. Sonrió. Ella estaba de espaldas, jugando con el control remoto del equipo de audio. Lo escuchó sentarse sobre la cama y disparó play.
La música ocupó toda la habitación.
La música y ella que cantaba, casi como proposición, que si él quería un amante, ella haría cualquier cosa que él pidiese; que si buscaba otra clase de amor, usaría una máscara, en la fonética más horrible que alguien pudiese escuchar y él largó la carcajada.
La vio moverse mientras se secaba el pelo.
La vio sentarse en una silla, con el pantalón que le quedaba grande, la camiseta y la corbata.
Ella encendió un cigarrillo.
El recordó cuando la conoció.
La mujer más tremendamente mala e inofensiva que había visto. Todo lo decía con los ojos. Estaba cansada o triste o se sentía inmensamente sola y eso, todo eso junto, se le escapaba por la miraba. Y coincidía con algo que el venía apretando debajo de la camisa.
No pudo dejar de recordar cuando la conoció, entre un gentío impensado de desconocidos apenas unos meses antes de esa noche.
Ella pitaba y repetía lo que decía la canción. Cerraba los ojos y abría la boca para dejar salir la fónetica de otro idioma y decirle que si un día quería pegarle con rabia, ella estaba ahí.
El la miraba pero no la veía. O mejor, la veía y veía todas las otras ellas, que la ella que ahora cantaba, llevaba a cuestas: la maldita, la divertida, la chica Dickens, el carlitos de la barra de la esquina, la madre, la amiga, la infecciosamente encantadora mujer de la que, no se explicaba bien cómo, cuándo y por qué, empezaba a sentirse enamorado, enamorado como en las películas. Esa clase de cosa que nunca pasa en la vida real.
Pero ella seguía cantando y si él quería que ella fuese un médico, revisaría cada pulgada de su cuerpo, y si quería que fuese la madre de su hijo, ella estaba ahí. Era ella.
Y él entendió, después de recordar la primera noche que durmieron juntos -cuando ella confesó que nunca había necesitado a nadie, que se arreglaba sola para todo, como siempre, como muchas otras-, que el mensaje era tan claro que ni siquiera hacía falta decirlo en el idioma habitual o con la pronunciación correcta.
Porque hasta le prometía volverse invisible si él quería caminar solo por la calle o si necesitaba un boxeador, ella subiría al ring.
Sí sólo la quería para dar una vuelta,bueno... era ella. Ella.
I'm your man, dijo. Y lo dijo tan fuerte que lo sacó del recuerdo.
Si querés, terminó de ofrecerle y aplastó con fuerza la colilla sobre el vidrio del cenicero.
La música desapareció y la habitación se llenó de unos minutos de silencio.
Y él pensó que no era capaz de decir que ella era la mujer que más había querido o que la quisiera mejor que a otras que quiso, pero supo que nunca la olvidaría.
Y sólo respondió un sintético, concreto y lacónico sí que desgarró el silencio de la habitación.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
El suspiró. Después de todo, era un hombre enamorado.
Esa noche estuvieron bien.
Ahora, no importa como fueron las noches siguientes.
Esa noche estuvieron bien.
Porque a veces, toda la vida se concentra en una sola noche.
Porque a veces, algunas noches tienen final feliz.
Porque todos se merecen un final feliz aunque sólo sea por una noche o una vez en la vida.

domingo, 22 de junio de 2008

Dos plazas

Se despertó con la misma incertidumbre con la que se había acostado. En unas horas, debía recibir el llamado telefónico que había esperado la noche anterior hasta que la venció el sueño. El llamado que prometía una noche de amor, un poco robada, un poco escondida, después de una separación que nunca pudo entender bien y que la cambió de posición: de novia a amante, sólo en cuestión de meses.
Sobre la mesa de luz, el cenicero amontonaba las colillas del atado, que no hacían más que confirmar las horas que pasó esperando, con el inalámbrico apoyado sobre las piernas para no perder ni un segundo en atender.
A la izquierda del cenicero, la cáscara de una mandarina aguantaba el peso de las semillas y recordó, que alguna vez, cuando no necesitaba ocupar la plaza que, ahora sobraba en la cama, con las almohadas, una detrás de otra, tenía prohibido comer mandarinas en el dormitorio, por el olor. Y fumar. No podía fumar cuando la otra plaza estaba ocupada, dentro del dormitorio.
Todavía estaba en posición fetal, cuando se llevó la mano a los ojos y los notó hinchados. Se dio vuelta y se abrazó a una de las almohadas, anidándose en sábanas y frazadas.
Asomó un brazo por encima de la ropa de cama para tantear el teléfono. Miró el display. Nada indicó que durante el sueño, aquel llamado se hubiese producido.
Había pasado el mediodía. Suspiró.

Se levantó con el cuerpo dolorido, como si durante la noche hubiese hecho un esfuerzo muy grande. Arrastró los pies hasta el baño. Prendió la luz y odió que ese baño fuera tan oscuro, tan cerrado. Se miró al espejo. Tenía los ojos hinchados, sí. Había llorado. Y llorando se había quedado dormida. Recordó que el teléfono había quedado sobre la cama y desanduvo sus pasos hasta la habitación para llevárselo con ella al baño.
Se sacó el pijama. Se miró al espejo. Descubrió dos canas más. Frunció la cara y examinó, con detenimiento, las arrugas que le rodeaban los ojos. Se miró el cuerpo. Estrías, celulitis, alguna cicatriz. Con las manos, se palmeó el culo. Lo notó flojo. Abrió la ducha.
Si fuera más joven, si fuera más linda, si fuera más flaca, si fuera más alta, pensó. Si fuera otra, a lo mejor, no se hubiese ido.

El agua le tocó los ojos, se le deslizó por el cuerpo. El jabón le acarició la piel y sintió asperezas en codos, rodillas y talones. Se reconcentró usando la esponja vegetal y la piedra pómez, con saña. Mojó el pelo y lo notó reseco, estropeado. Hizo espuma con el champú mientras friccionaba el cuero cabelludo con violencia. Enjuagó el pelo bajo el agua y se preguntó, en el momento en que pudo distraerse, dónde iría a parar el agua que hacía un vórtice en la rejilla. Se imaginó la trayectoria del agua, hasta la planta potabilizadora y de ahí, su purificación hasta el camino de vuelta hacia la canilla y se vio tomándose su propia mugre, sus células desprendidas. Le dio asco el agua y también, le dio asco la sensación de tragarse su propia descomposición. Una arcada la hizo volver a cerrar los ojos y dejar que el agua caliente se le deslizara por el cuerpo, como la caricia que solía recibir antes de que la cama le quedara tan grande y que, los últimos dos días, extrañaba.

El espejo del baño estaba empañado. Se sentó sobre la tapa del inodoro y comenzó a secarse. Se frotó las piernas brutalmente. Cuando pasó la mano para asegurarse de que se había secado bien, se dio cuenta que la mañana anterior, la habían depilado bien. Tanto preparativo para nada, se escuchó decir.
La piel estaba suave y no había un solo pelo cortado que pinchara. Siguió secándose el cuerpo con crueldad, dejándose la piel enrojecida.
Se miró las manos. Tenía las uñas comidas y los dedos lastimados de tanto roerlos. Intentó quitarse una piel sobrante que se levantaba cerca de la uña del pulgar, con los dientes. Le dolió.
Con los nueve dedos que no le dolían, se puso un baño de crema en el pelo y lo envolvió en una toalla. Buscó la crema para la celulitis y la pasó por la cadera y los muslos, con movimientos rápidos y circulares. Luego, abrió un pote petiso, y se desparramó la crema anti edad, con golpeteos alrededor de los ojos y la boca.
Se lavó las manos con agua fría y se sentó, de nuevo, en la tapa del inodoro, contando los azulejos para que se cumpliera el tiempo del baño de crema.
Cuarenta azulejos horizontales. Diecisiete azulejos verticales. Se preguntó qué habría debajo de los azules, si un día, se le ocurriera levantarlos.
Sonó el teléfono. Se le aceleró el corazón.

Atendió con los ojos cerrados. Dijo hola. Se quedó escuchando. Mañana, sí, contestó. Como siempre, sí, dijo, después de un segundo silencio. Un beso, mamá, terminó de decir antes de apretar con el pulgar dolorido la tecla off.
Se sacó la toalla. Se enjuagó el pelo y lo envolvió en una toalla seca. Dejó deslizar la bolilla del desodorante por las axilas. Se puso el pijama. Salió del baño con el teléfono en la mano.
Arrastró los pies hasta la cocina y eligió dos mandarinas de la frutera. Miró cómo relucía la bacha de la cocina y el piso. Miró, al pasar, el orden del living. Volvió a arrastrar los pies hasta el dormitorio. Se metió en la cama y acarició las sábanas nuevas. Apoyada contra el respaldar de la cama, le sacó la cáscara a la primera mandarina y sintió arder el pulgar. Desgajó la fruta y quitándole los hilitos blancos a cada uno para metérselos en la boca y separar la pulpa de la semilla para después, depositarlas en la cáscara nueva.
Después de comer, se olió los dedos. El olor a jabón y mandarina se confundía.
Encendió un cigarrillo y lo fumó mirando alrededor. Las cortinas recién puestas, los libros ordenados, las fotos sobre el estate, la ropa en su lugar, las puertas del placard bien cerradas. Cuando la brasa se le hizo sentir en la mano, lo aplastó contra el vidrio del cenicero.

Acomodó las almohadas. Una detrás de otra, como si fuera un cuerpo, como si el cuerpo faltante pudiera reproducirse con ellas. Miró el teléfono, revisó el tono. Se acostó. Se anidó en la ropa de la cama, se abrazó a la almohada. Volvió a llorar. Así, se quedó dormida, otra vez.

El teléfono no sonó en todo el día.

jueves, 5 de junio de 2008

Nosotros, los dos

“A mí, que no tengo padre,
que vengo de una familia mujeres fuertes,
me han definido los hombres
que me quisieron aunque sea un rato.”

Texto participante en el T.E.Lit.A

Yo lo quería. Y lo quería en serio. Lo quería toda la vida, con toda mi vida, para tener hijos y comer ravioles los domingos y comprar un perro y una pileta de lona para poner en el patio.
Lo quería tanto que podía cerrar los ojos y aún así, verlo. Despertarme y con los ojos cerrados, verlo, también. Me convertía en ciega para el mundo si lo sentía al lado mío.
Entonces era temprano para nuestra vida que recién estaba empezando, y para el día.
Una hora antes, las piernas enredadas, la ropa por el suelo, las medias en el cementerio de medias en el que se convertía el fondo del colchón, los ojos cerrados, sin voces, sin tele ni música, sólo él y yo. Yo y él. Nosotros. Los dos. Éramos el mundo.
Fuimos el mundo durante algunos meses. Porque nada importaba y porque nos habíamos jurado que mientras estuviésemos los dos, el rato ese que pasábamos juntos, éramos todo y todos.
Y nos prometimos, casi ante escribano, que si un día no nos importaba, si un día la mañana se nos llenaba de otros, nos íbamos a dejar, sin ruido, sin lágrimas, sin gritos, sin peleas por los discos, ni los libros, ni las películas.
Yo me voy con lo puesto. Como vine, dije la primera vez que lo hablamos.
¿Por qué hacen esas cosas las chicas?, me preguntó. Vos te vas con lo puesto y yo me quedo con todas las cosas llenas de recuerdos. Además, esto es de los dos. ¿Qué voy a hacer con esto yo solo?
Yo me voy como vine, con lo puesto, repetí y no le aclaré que si alguna vez me iba, me lo llevaba en el cuerpo, en la voz, en los pensamientos y hasta en la nariz.
Pero esa promesa, en aquel momento, no nos importaba mucho porque, ya digo, éramos el mundo entero. Nosotros, los dos.
Pasaba un rato de esos, quieto.
Siempre me desperté de mal humor y hasta eso parecía gustarle de mí. Mis gruñidos de recién despierta. Mi mutismo, mi fastidio, la acidez con que me recibía el mundo real, el afuera. Esos otros que no nos importaban: los compañeros de trabajo, la gente del subte o del colectivo, las familias de cada uno y su propia familia, porque casi siempre, cuando me despertaba, pensaba en su familia. En las nenas durmiendo con la madre, en la cama grande, porque el padre tenía un “congreso”.
No soy de hablar mucho. Hago ruidos, contesto monosílabos, pero cada tanto, alguna frase larga se me escapa.
“Congreso”, ¿no había un nombre más horrible para ponerme? supe preguntarle.

Yo no abría los ojos o me los tapaba con las manos. Y sin embargo, cuando me resignaba, cuando no me quedaba otra más que separar los párpados y dejar que la luz me invadiera las pupilas, ahí estaba él con su sonrisa y sus ojos de cachorro.
Era un buen tipo. Eran malas las circunstancias, pero quién elige de quién, por qué y cuándo se enamora. Uno se enamora y ya. Y si puede, convierte ese rato, el rato que dura el enamoramiento en lo único importante porque no sabe, tiene miedo, desconfía de que se repita.
Era la última en levantarme. Mejor, esperaba a que me viniera a buscar y me dijera “vamos” y me pasara la mano por los brazos y los dedos y me destapara los ojos, despacio, con suavidad. Que me abrazara y me incorporara mientras yo dejaba los ojos apoyados en el ángulo que se formaba entre su cuello y su clavícula y decía con un hilo de voz, después de respirarlo más de una vez, de guardarme su olor para todo el día, “mate”.
Me paraba con los ojos cerrados y desnuda. Me dejaba llevar al baño que ya tenía la ducha abierta para mí.
En diez, te vengo a buscar, me avisaba y yo sabía que eran diez. Ni nueve ni once. En diez, estaba atrás de la cortina, con el toallón preparado para recibirme y envolverme. Y dejarme, otra vez y mil veces, cerrar los ojos y respirarlo. Así, cada vez. Así hasta que nos vestíamos de jefe y empleada. Así hasta que uno salía antes que el otro. Así, hasta que en el pasillo gris, nos saludábamos como si no nos hubiésemos visto desde el fin de nuestra jornada laboral anterior.
Así, veinte meses, a nuestros veinticinco. Porque no teníamos la culpa de todo lo que nos había pasado antes.
Nuestro problema fue el desencuentro. Seis años antes, esta mierda no pasaba, decía él.
Y yo pensaba en esos seis años anteriores, en todo lo que había pensado que era un noviazgo y las ochenta grandes diferencias que había entre esa definición y el noviazgo que yo tenía en la realidad.
También imaginaba sus ojos y la mueca desesperada que pudo haber puesto cuando le dijeron “te casás, m’hijito. Te casás. Si fuiste vivo para acostarte, ahora, vas a ser vivo para criar a la criatura”. Pero con las horas de trabajo, con el noviazgo laboral, me olvidaba de esas cosas.
En veinte meses, fui congreso, cada sesenta días; reunión, una vez por semana; almuerzo o cena o despedida de soltero o un evento al que no podía faltar, si el asunto en el mundo real se ponía espeso, si la esposa y madre protestaba.
Mientras tanto, la sede de todas las actividades, la sede que buscamos entre los dos y conseguimos con descuento y sin garantías, cada día, cada semana, se convertía en la casa que hubiésemos podido tener. Una casa blanca y luminosa en donde nos encerrábamos, porque hay una clase de amor que no crece si no se oculta y ahora, a la luz de los años, es fácil darse cuenta que ese amor era así, un amor de invernadero.
Teníamos nuestras tazas y nuestras sábanas, nuestros juegos de toallas, unas pocas ollas, un equipo humilde de audio, un televisor que casi no prendíamos porque cada minuto, cada segundo no se podía desaprovechar y un teléfono, con número que sólo tenían dos personas, en caso de emergencia. Dos personas confiables que se acomodaban en el papel de cómplices sin preguntar demasiado y sin decir mucho más, salvo alguna que otra frase como “tené cuidado” o “fijate lo que hacés”; esas cosas que dice la gente.

Una vez, tuvimos mar. Y la felicidad parecía completa porque lejos, no había de quién esconderse y podíamos ir al supermercado de la mano y darnos un beso en la góndola de las galletitas sin mirar para los costados como si estuviéramos robando. Robábamos sí, pero el daño ya estaba hecho. No hubo mar más azul, ni frío más hermoso, ese invierno. Pero hubo, por primera vez, cuando nos despedimos en la estación de micros, una sensación de ahogo, una especie de desgarro, una tristeza profunda. Una señal única e inequívoca de que el rato estaba terminando. Y que había sido un rato bueno, pero un rato nunca le alcanza a nadie, menos si uno está enamorado hasta las neuronas, metido hasta las cejas.
Y lo supimos los dos sin decir una palabra. Yo lo supe en sus ojos; él lo supo en mi beso, el beso más amargo que le di.
Después todo fue como tenía que ser. No podía ser de otra manera. Salíamos corriendo a la sede, nos sacábamos la ropa desesperados, nos metíamos en la cama, nos abrazábamos. No hacíamos nada. Nos invadía una pena inmensa porque las cosas no se iban a modificar. Yo no le pedía nada, él no me prometía nada.
Cada quién asume las consecuencias de sus elecciones como puede. Eso pienso ahora. En esos veinte meses no pensaba así pero tampoco tan distinto.
Vos sabés que yo nunca más voy a querer a nadie así, me decía. Nunca más. Nunca más en toda mi vida. Te lo juro.
Me hacía apoyar la mano en su corazón y yo oía, con las yemas de los dedos, sus latidos pero no le respondía nada, no le daba nada a cambio de esas palabras, sólo cerraba los ojos; le decía, después de unos minutos, con la garganta cerrada, con un hilo casi imperceptible de voz “mate, por favor. Mate”, y lo miraba.
Lo veía levantarse y pasarse la mano por los ojos y la nariz, sonar para arriba y yo no podía más que cerrar los ojos, otra vez y esperarlo a que volviera, con el termo, el mate cargado, el tarro del azúcar. Y que después me contara que Maca cada día escribía más palabras y que Cande le pasaba la mano por la cara, como se la pasaba yo y que a veces –todas las veces-, tenía que esforzarse para encontrarle algún parecido con su mamá, porque Cande parecía una hija mía, nuestra. De los dos.
Entonces llorábamos. Llorábamos casi dos termos de mate. Y hubiésemos seguido llorando otros veinte meses. Pero nosotros nos habíamos prometido no llorar, ni hacer ruido, ni gritar, ni pelear.
En una cena que no fue, por la varicela de una de las nenas, tomé mi decisión. Entré a la sede de tantos congresos, almuerzos, cenas, despedidas de soltero y eventos a los que no podía faltar.
Recorrí la casa, como el que recorre un museo. Impresionada por la felicidad con que esas paredes se habían mantenido blancas, conmovida por el olor a hogar que había en ese único ambiente, transportada por la temperatura que adquiría aquella cocina, con nuestras tazas, nuestras pocas ollas y platos y cubiertos.
Lo único que me llevé fue el mate. Y deje una nota, avisándole.
El resto de la historia no tiene la menor importancia. Es una historia más entre los millones de historias como ésta que suceden en el mundo, a cualquier hora; quizás, ahora mismo.

Hace unos días, lo vi desde el colectivo. Maca está casi tan alta como yo y al lado de él, parece más su novia que su hija. El semáforo detuvo al colectivo y de tanto mirarlo, Cande se dio vuelta.
Me impresionó que se pareciera tanto a mí cuando tenía su edad. La vi tirar de su brazo, la vi decirle algo.
Lo vi levantar la cabeza cuando el colectivo arrancó. Desvié la mirada.
Cuando llegué a mi casa, a la casa en la que vivo, a la casa que es toda mía, puse agua a calentar en la pava eléctrica, busqué ese mate y esa fue mi cena.
El mate nunca me salió como le salía a él. Pero fue una mateada feliz porque a pesar de los años que pasaron entre esos veinte meses y estos días, comprobé mi teoría: lo llevaba en el cuerpo, en la voz, en los pensamientos y hasta en la nariz. Y lo abrazaba entre mis dedos, como si ese mate representara mis ojos apoyados en el ángulo que se formaba entre su cuello y su clavícula mientras lo respiraba, para guardármelo adentro. Para llevármelo. Porque éramos el mundo hasta que dejamos de serlo, para nosotros, los dos.

miércoles, 4 de junio de 2008

Cabezón, cebate un mate

“Todos tenemos tendencia a creer que la felicidad está en el pasado.
Yo también he sentido que algunos minutos de ese tiempo fueron la felicidad,
pero no podría vivir si pensara que todo lo que se me ha concedido ya sucedió.”

(Muchacha de otra parte – Abelardo Castillo)

Texto participante en el T.E.Lit.A

A veces, cuando lo veo en las fotos, me parece que va a venir. Que va a llegar, en cualquier momento, con los cordones desatados y el flequillo tapándole los ojos; que me va a dar un beso y que va a ir directamente a la cocina y va a llenar la pava con agua.
Después, va a prender la hornalla y con el fuego de la hornalla va a encender dos cigarrillos: uno para él y otro para mí. Antes de tirarse conmigo en la cama, va a dejar la pava sobre la hornalla. Y yo voy a decir la frase mágica y el tiempo se va a detener para siempre.
Mike, Mick, Migue, Miguelito, Miguel, Mig, Miguito, mi mejor amigo. El que sabía todo de mí. Él, que todavía todo lo sabe, era el único capaz de soportarme en pleno ataque de euforia o de llanto, de comprar un paquete de Siempre Libre Nocturna sin que le temblara la voz, en la farmacia y de hacerse cargo del mate.
Nunca fui buena cebando.
Me das los mates como trompada de loco, nena, me decía.
Y yo me quejaba, porque quejarme siempre me salió bien.
Bueno, qué querés, me aburre cebar. Al segundo mate ya me pudrí. Encima con vos, cabezón, voy y vengo ochenta veces: que cambiá la yerba, que cortito como patada de chancho, que lavate y cagate. El matismo no es lo mío.
Así le contestaba yo y él se reía y cuando Migue se reía, a mí, se me iluminaba la vida porque no hubo nadie, ni antes ni después, que supiera con tanta exactitud como era, como soy.

No voy a decir toda la verdad. Voy a decir sólo una parte: Miguel fue el segundo hombre más importante de mi vida. Fue mi padre y mi hermano, mi compañero inseparable, mi novio de mentira, mi guardaespaldas, mi confidente, el que me hacía escuchar música nueva y sabía exactamente qué música me iba a gustar.
Era el que me adivinaba, cuando yo, que siempre fui como fui siempre, le hacía un chiste de humor negro, de esos que dan asco y que cualquiera responde con un “qué bestia, no digas esas cosas, animal”.
Él sabía y lo sabía sin que yo se lo hubiese dicho, que esa era la única forma que tenía de defenderme de la adultez que me habían cargado en la espalda mucho antes de que mi espalda fuese lo suficientemente fuerte, porque me entendía bien; mejor que cualquiera.
Entonces, me abrazaba.
Cuando yo decía una barbaridad, Miguel me abrazaba y me decía que me quería y que era linda y que no sabía que iba a hacer, si un día, por un novio o una novia, nos separábamos para siempre. Y yo, que nací boca sucia, me ofendía y le decía bajito, cerca del oído, que no había tajo ni pija capaz de una cosa así.
Y lo hacía reír, porque si Miguel se reía, mi vida era mejor. Mucho mejor.

Nadie se explicaba bien qué era Miguel para mí. Nadie creía que sólo fuese un amigo. Miguel se tiraba a dormir la siesta conmigo y éramos un enredo de piernas y brazos. Nadie sabía qué era yo para Miguel: la novia, la transa, la minita. Algunos decían que éramos raros; otros, que en cualquier momento, nos íbamos a enamorar. Pero se equivocaban y cómo.
Nadie, salvo mi familia, sabía que Miguel estaba solo en todo el puto inmenso mundo y que lo único que tuvo –además de mí, que podía arrancarle los ojos a cualquiera que se animase a hablar mal de él, a puro filo de lengua- fue una abuela que sólo hablaba en italiano, y que lo dejó cuando apenas tenía catorce años en una casa demasiado grande y vacía, dos años después de que mi vida cambiara radicalmente. Ya éramos amigos.
Amigos desesperados, pisando la adolescencia, criando y criándose solos, como los chicos de Dickens.
Y entre todo eso, éramos felices o algo así. Yo hacía su tarea de Lengua y Literatura. Él, todos mis ejercicios de matemática, física y química.
Miguel, mi Miguel, era parte de mi familia. Era mi hermano mayor y el hermano de mis hermanas. El que ayudaba a mí mamá con las bolsas, cuando la esperaba en la esquina a que bajara del colectivo, después de trabajar todo el día, y le decía: soltá, soltá que yo te las llevo.
Bailó el vals de los quince conmigo y con mis hermanas cuando les tocó y si nunca terminó de mudarse con nosotras fue porque siempre prefirió dormir en la cama grande, abrazado al echarpe que todavía conservaba el olor de su abuela.
Si vos no te dedicas a escribir, sos una tarada. No pierdas el tiempo, me dijo cuando terminamos el secundario.

Quizás, los años hayan pasado demasiado rápido. Quizás, hayamos sido adultos desde muy temprano. Quizás, la vida tuvo que ser así.
A los veintiuno, liberado de la custodia de un tío que sólo se limitó a firmar la tutela siete años antes pero nada más, Miguel vendió la casa de la abuela y pasó su última semana en Buenos Aires, viviendo conmigo, con nosotras.
Dije la frase mágica toda esa última semana por última vez en mi vida. Y cada vez que me tocaba el mate, le pedía que sacara fotos, que llamara, que escribiera, que no se olvidara de escribir, que yo iba a esperar una carta todos los meses, un llamado, cada tanto. Y que se cuidara de las minas, que eligiera bien, que yo no iba a estar ahí, con mi espíritu de bruja para decirle “con ésta, no”.
Es un rato, nada más. Un rato y vuelvo. Vas a ver que ni me vas a extrañar, me dijo en Ezeiza mientras revisábamos, por décima vez, el pasaporte y el pasaje.
Cuando llegó la hora, nos abrazamos. Lloré. Lloró. No sé si volví a abrazar a alguien de esa manera, alguna otra vez.
Volvé, le pedí y fue la primera vez que tuve que pedirle algo.
Vuelvo, vuelvo. Siempre voy a estar con vos, me dijo.
Cuando subió la escalera, me miró y sonrió y el aeropuerto se iluminó o me gusta recordarlo así.
Esa fue la última vez que lo ví.
Llamó y escribió durante un año. Y los primeros meses del año siguiente. Y después, fue un silencio largo. Me enojé tanto con él que no volví a tomar mate.
En septiembre, alguien llamó para avisarme, para avisarnos.

Miguel no conoció a ninguno de mis novios. No me vio saltar de carrera en carrera.
No se enteró de la cantidad de veces que lo busqué en otros amigos y en amigos nuevos, de todos los intentos que hice por encontrarlo en otros cuerpos, en otras caras, en otras voces ni de las veces, en que todavía, cuando paso por donde vivíamos, tengo la esperanza de que salga de su casa y me diga “viste, tonta, qué te dije, era un rato nada más”.
A lo mejor por eso, en noches como esta, cuando lo veo en las fotos, pienso que va a entrar, después de todo este tiempo y me va a contar por donde estuvo, qué cosas vivió y cómo es el lugar donde está ahora.
Después, yo voy a decir la frase mágica.
Él va a pegar un salto de la silla y va a prender la hornalla y con el fuego de la hornalla va a encender dos cigarrillos: uno para mí y otro para él. Vamos a bailar nuestra música apenas un rato, antes de que el agua se hierva.
No va a hacer falta que le cuente nada porque cuando se me anude la garganta, como ahora, me va a abrazar y me va a decir que me quiere y que soy linda. Y yo, yo le voy a decir cuánto lo extraño.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Caer

Llegamos al cerro en remise, al día siguiente de llegar a Salta, más por su insistencia que por mis ganas de acompañarla.
Ella quiere ir a ver a María Livia, la mujer que recibe mensajes de la Virgen. Yo la acompaño porque nadie más lo hará y porque todavía tengo fé. A pesar de todo.
Llegamos al cerro y vemos el cartel que indica por dónde hay que subir. Ella pregunta si la subida es difícil.
Le pido que vaya en alguno de los autos que ponen a disposición de los peregrinos, que yo subo el cerro por ella. Intento convencerla.
El servidor que está parado en la entrada del camino, un hombre de mi edad que lleva al cuello un pañuelo celeste, le dice: Es un sacrificio. Entrégueselo a la Madre.
Entonces, ella empieza a caminar delante mío. Ya no camina bien, ya no es más alta que yo, ni tiene los brazos más fuertes que los míos.
Ahora, yo puedo sostenerla si se cae. Puedo darle seguridad, tomándola de la mano, cuando sus pies tiemblan y chocan con cada piedra, con cada bache en el camino. Se siente insegura de sus piernas. Hace unos meses, se fracturó la rodilla derecha, en una caída estúpida que la dejó inmovilizada noventa días. Cuando volvió a caminar, empezó con lo de Salta. Yo no tenía ganas de viajar pero aquí estoy. A pesar de todo.

No llegamos al primer puesto de servidores. Antes, comienza a sentirse mal. Pienso en el calor, en su diabetes clase B, en la medicación oncológica que toma desde hace tres años, en la hipertensión, en que nunca me hace caso, en por qué no hizo el camino en auto.
Pasa un grupo de chicos, seguro de la Acción Católica, porque van rezando el rosario. Uno se acerca a preguntarnos si necesitamos ayuda. Ella dice que no. Que quiere descansar un momento.
De a ratos, la veo llorar. Me conmueve pero no lloro. No puedo llorar.
Avanzamos un tramo, subiendo y la subida cada vez cuesta más. Me cuesta a mí, que tengo treinta años menos, que no tomo medicación, que zafé del cáncer por milagro después de la operación que removió uno de mis riñones, de la insuficiencia renal post quirúrgica cuando la morfina durmió mi riñón sano, después, también, por intervención divina o al menos, eso fue lo que los médicos dijeron tras decir diálisis y transplante y cuando, sorpresivamente, el riñón sano se despertó, mientras yo seguía dormida en terapia intensiva.
El urólogo que me operó, lo dijo: A veces, todo está en manos de Dios. Y ella empezó a rezar, cada día, al lado de mi cama. Yo escuchaba su shusheo de avemarías y padrenuestros al lado de mi cabeza. No podía abrir los ojos, estaba hinchada como un globo, pero la escuchaba. La escuchaba rezar y rezar y seguir rezando sin soltarme la mano que parecía la escultura de Botero.
Ahora, otra vez reza por mí. Por razones distintas, pero por mí; porque yo no le encuentro sentido a mi vida y porque la vida se me pasó volando. Porque me quiero morir pero no voy a morirme, al menos, no naturalmente. Por eso quiere subir el cerro. Por eso quiere ver a María Livia. Por eso, hace el sacrificio, a pesar de todo.

Nos alcanza un hombre que debe ser más viejo que ella, cuando volvemos a caminar. La ve avanzar temblorosa, agarrada de mi mano. Se le acerca.
Agarrese de mi brazo, le dice, y vamos con pasos cortitos, sin apurar. Pídale fuerza a la Madre. Pídale.
Los sigo desde atrás. Pienso en mi papá. Pienso si ahora, estaría canoso o sería completamente pelado, si la hubiese acompañado, si yo estaría con ellos, de todas maneras; si me sentiría como me siento.
El hombre nos deja en el puesto de servidores en el que dan agua. Dos caballetes, un tablón, unos bidones de agua, vasos de plástico. Pido que me llenen la botella que llevo. Me dicen que en esa parada no pueden hacerlo, que más arriba sí; me dan dos vasos y me piden que no los tire. Que más arriba vuelva a tomar en los mismos.
Le acerco el vaso de agua y se lo toma. Le doy el mío. La veo secarse el sudor con un pañuelo de papel. El mismo pañuelo con el que se secó las lágrimas y yo pienso que no quiero que siga llorando; que al final, mi vida no está tan mal, que Dios me dio otra oportunidad, como me dijo un amigo; que hay cosas peores. A pesar de todo.

Volvemos a caminar. Ahora, yo voy adelante. Le indico dónde tiene que pisar. Ella se agarra de algunos troncos del camino y me obedece. Pisa dónde le digo, me sigue. Reza. Llora. Transpira.
Paramos en un lugar donde se ve toda la ciudad. Puntitos blancos y cerros más allá. La veo mirar hacia delante. Le digo que falta poco. Le miento pero la convenzo y seguimos avanzando.
El camino se pone más llano. Caminamos despacio. La llevo del brazo como si aquel hombre hubiese aparecido para enseñarme a llevarla.
Vemos gente. Una fila que parece no tener principio. Nos paramos detrás de los últimos. Una familia. Los padres, los cuatro chicos, la novia de uno de los chicos.
A la altura de mi pantorrilla construyeron un cantero. Las plantas están aplastadas contra las piedras. Las nenas de la familia que está delante nuestro, en la fila, levantan las plantas y las acomodan hacia atrás. Uno de los hermanos de esas nenas, cuando encuentra que las chicas se distraen, pisa las plantas. Mueve el pie como si bailara el twist sobre las plantas caídas.
Qué malo, me dice ella, hacerle eso a las plantas. Yo no le contesto. Estoy mirando. Hay chicos por todos lados, hay familias con chicos esperando; algunos están sentados en la tierra; otros, sobre las plantas. Con razón están tan aplastadas.
Es el sábado dedicado a los chicos especiales. Hay chicos con Síndrome de Down, con Esclerosis Múltiple, que no pueden hablar, que no escuchan, que tienen desordenes de conducta. Donde hay un adulto, hay un chico. Menos donde estamos ella y yo.
Un coro canta. Cuando terminan de cantar, se reza el rosario. Hay un lugar especial para confesarse. Cuando empieza el rosario, un hombre, que espera su turno para la confesión, se arrodilla sobre la tierra. Lo miro y vuelvo la cabeza hacia ella. Sé que se arrodillaría, si pudiera. Rezo fuerte. Mi voz se oye hasta unos metros más adelante. Rezo mientras la fila avanza, mientras el sol sale y se nubla, mientras se pasa el mediodía y llega la tarde.
Entonces, ella me pregunta si no siento el perfume a rosas. No lo siento. Ella me vuelve a preguntar. Le digo que no. Pero ella dice que sí y se le caen las lágrimas.
Si hay olor a rosas, la Madre anda dando vueltas entre la gente, le dice un servidor que la escucha preguntarme. Pídale a la Madre, doña, le dice, si usté huele las rosas, pídale que Ella le va a dar lo que necesita.
Ella cierra los ojos. Y yo, que no siento olor a rosas, también le pido.
Tardamos todo la mañana y toda la tarde en distinguir a María Livia entre la gente. Cuando la encontramos, está rodeada de servidores. Dos se paran a su lado, nueve se colocan detrás de la gente que esperó todo el día para verla.
María Livia apoya sus palmas sobre los hombros de la gente. Uno a uno, los que fueron tocados, se caen al piso, redondos, como si se desmayaran. Los servidores los atajan y los acuestan en el piso. Mucha gente llora.
Llega nuestro turno. Quedamos separadas. Soy la primera de la segunda fila; ella, la última de la primera.
María Livia avanza de atrás hacia delante.
Yo sé que cuando sea su turno, ella se va a caer. Cuando María Livia la toque. Lo sé desde que empezamos a subir el cerro. Lo sé porque ella quiso venir a Salta, quiso subir el cerro, quiso ver a María Livia para esto, para caerse, para dejarse caer en los brazos de la Madre. Quiere volver a caerse.

María Livia se para delante de mí. No me voy a caer, me digo y la miro a los ojos. Es apenas durante unos minutos. No me voy a caer, me vuelvo a decir mientras clavo los ojos en los de María Livia y sin decírselo, le pido que no me deje caer, que no me quiero caer. A pesar de todo.
No me caigo. El servidor que está detrás de mí espera un momento, por las dudas. Sigo sin caerme. Se caen todos los que están en la fila en la que estoy. Uno a uno, como en esos juegos de dominó en dónde se empuja la primera ficha y empiezan a caer las restantes. El servidor se asegura de que no voy a caerme y corre hacia su lugar, detrás de la próxima tanda de gente.
María Livia llega hasta dónde está ella. La toca. Se cae. La veo caer desde mi lugar porque aún no me moví. La veo caer mientras una servidora jovencita me pregunta si estoy bien, si necesito quedarme ahí un poco más y yo digo que sí con la cabeza porque la voz no me sale, porque ya no puedo hablar, porque la veo cayendo mientras contesto.
Empiezo a caminar mientras acomodan a la nueva tanda de gente, cuando María Livia se mueve con su ejército chiquito hacia otro lugar lleno de gente que espera.
Ella sigue en el piso. No llora, ni transpira. No se levanta. No me acerco. La espero. Espero que se levante. Levantate, pienso, levantate, por favor. La veo abrir los ojos.
Se sienta sobre la tierra. Me acerco, una servidora me detiene. Ella me hace un gesto. Me pide que espere. La servidora la ayuda a levantarse. Ella le sonríe, le agradece.
Se acerca a mí y me abraza. Por primera vez, lloro. Lloro por todo. A pesar de todo.

jueves, 29 de noviembre de 2007

No volví (I)

No volví.
Me fui a la playa unos días a llenarme la cabeza de arena y de viento y de lluvia y de mar.
Dormí estirada en el micro sin que ninguna rodilla me golpeara para pedirme espacio o cariño o atención durante el viaje.
Me llevé toda la música triste que conozco y me paseé frente al mar, pidiéndole cosas.
Me dejé el pelo enrulado, tomé sol y cerveza. Hacía años que no lo hacía.
Le sonreí a algunos desconocidos.
Me quejé de todo lo que pude sin que me importara resultar molesta.
Compré un libro. Pensé.
Repasé todas las malas elecciones del año. 2007, un año para recordar: Top 1 en el ránking de pésimas elecciones.
Levanté un par de caracoles. Dejé varios. Traje algunos.
Me prometí algunas cosas que intentaré cumplir: arriesgar más; buscar más; mirar más; esperar menos; soportar menos.
Los días se pasaron demasiado rápido.
Me gusté frente al mar, recordé cómo me gustaba ser o más o menos; recordé cómo quería ser y me dí cuenta de que no me había quedado tan lejos de lo que quería de mí.
Abusé de mi estilo adolescente.
Miré con descaro a algunos hombres por la calle.
Bailé.
Fui amable y, en algún momento, hasta fui simpática, con lo mal que me sale.
Canté.
Me dejé acariciar por los que me quieren.
Los hice reír con algunas pequeñas maldades y por un rato, la vida parecía eso que siempre quiero que sea: una vacación permanente; un rato placentero; un momento de feliz tranquilidad.
No lo extrañé.
No lo extraño.
Creo que no lo voy a extrañar.
Y sospecho que en cualquier momento, salvo una aparición repentina de su parte y un momento de debilidad de la mía -vamos, todos somos débiles; el que diga que no, miente-, pasa a la lista de adoquines abandonados en la banquina de la ruta.
Subí al micro demasiado rápido.
Volví a viajar estirada, leyendo revistas.
Le sonreí a una chica que lloraba.
Dormí.
Me desperté en Retiro.
La chica que lloraba bajó detrás mío. Se acercó a hablarme.
La miré. "Sos muy linda" me dijo y me puse colorada. Agradecí.
Llegué a mi casa.
No lo extrañé.
No lo extraño.
No lo voy a extrañar.
Por momentos, me siento muy linda. Después se me pasa.
Todo se va acomodando. Despacio, de a poco.
Lo que pensé que había desaparecido, todavía está ahí. Estoy un poco perdida pero ya me perdí otras veces y me encontré.
Nadie se llevó nada, afortunadamente.
Mi cáscara, todavía, resiste.
Pegue que no duele y si duele, no se va a enterar.
Esta vez es cierto: no voy a volver.



lunes, 19 de noviembre de 2007

Por qué

Me aburre. No sé por qué no se lo digo y ya. Así: Me aburrís. Me aburre tu conversación, me molesta que me toques cuando hablas. Que me toques no te hace más divertido, sabés.
Eso debería decirle pero no se lo digo. Le digo el "mjm" de siempre cuando habla, lo miro sin verlo o lo veo sin mirar. Me aburrís, pienso, mientras me toca el antebrazo. Me aburrís hasta la furia.
Entonces viene el momento del cómo estoy y yo le digo que bien, que si no me ve, que si me ve mal y me responde que a las mujeres les gusta dar vuelta las cosas; a mí, especialmente. Que todos sus comentarios los transformo en un argumento asquerosamente ofensivo y qué no entiende por qué me tomé esa costumbre con él. Lo dice así. Con esa cantidad de palabras. En lugar de decirme que soy una forra, que no me lo banco, que no sé para qué le digo que sí, me da una clase sobre como soy.
Y yo pienso: la gran puta, por qué no sos el hombre de mi vida, eh. Por qué. Por qué si sos bueno y decente y trabajador. Por qué me aburrís tanto, por qué pienso que con el de la mesa de al lado me divertiría más o con el que pasa por la calle. Por qué.
Entonces dice "vamos" y paga, porque siempre paga él y yo siento que pagó y que algo hay que devolver por ese pago. Estiro un billete que sé que no va a tocar y que me va a obligar a caminar, de la mano, alrededor de diez cuadras.
Y las camino, mirando el suelo, diciendo: "todo bien", "sí", "no", "no sé" y "por qué". Y lo dejo que hable mientras pienso en que debería irme, dejarlo en la esquina, decirle. Decírselo. Decirle que me aburre, que no sé por qué, que está bien, que es lindo, que lo quiero pero que me aburre hasta ponerme frenética de aburrimiento.
Se le ocurre darme un beso. Siempre se le ocurre en el mismo lugar, una esquina con un "Ana te quiero" sobre el que termino apoyada todas las veces y que envidio.
Respondo al beso con los ojos abiertos y porque un beso es un beso y hasta me causa gracia la imagen patética de los dos en la esquina. Me pregunto por qué me hago esto. Por qué se lo hago a él. Sé por qué no es. Lo sé. Me embola su presencia aburriéndolo todo, hasta lo divertido, hasta mi parte más divertida. Qué te falta, por Dios. Qué es lo que te falta. Qué es lo que me falta a mí.

Seguimos caminando y otra vez, me pregunta si estoy bien. Creo que nunca me preguntaron tantas veces cómo estaba. "Muy bien y vos", respondo e intento reírme pero siento que me va a salir un "me tenés podrida, seca, no te aguanto, me aburrís tanto que preferiría poner la cabeza en la avenida y esperar a que venga el colectivo" pero lo refreno. Lo dejo atorado en la garganta. Respiro hondo. Qué necesidad hay de herirlo. Si es bueno, pobre. Pobre.
Sigue lo de siempre. Abre la puerta, entramos, llama al ascensor, me deja subir a mí, primero. En el ascensor se pone contra mí, me acaricia, me vuelve a besar. Yo dejo que haga. Cierro los ojos. Pienso en que alguien me pone una venda. El ascensor para.
Bajo primero. El abre la puerta de su departamento. Me pregunta si quiero algo.
Irme, pienso, eso quiero. Irme a la mierda ahora, porque esto no da para más. ¿No te das cuenta? pero digo "Coca" y recorro su título colgando de la pared, los discos de jazz, los libros ordenados por autor, las carpetas y la computadora, el piso reluciente. Huelo y no hay olor. No hay olor a pucho, a pata, a comida. El departamento no huele, como si estuviera muerto.
Me reprocho. Me reprocho por buscarle la quinta pata al gato, por buscar olores en ese departamento. Me reprocho toda mi vida, mi falta de sentido común. Pienso en lo que diría mi mamá si lo viera, en la cara de satisfacción de mi papá: yerno universitario, qué menos para mí. Y yo no encajo. No encajo por más que quiera.
Me abraza después de apoyar el vaso sobre la mesa. Vamos al sillón. Tomo un trago de Coca. Apoyo el vaso en el vidrio de la mesa ratona. El lo corre. Lo apoya sobre un papel.
Voy a prender la tele. Me va a sacar el control remoto y va a apagar el televisor y va a poner música, después de preguntarme qué quiero escuchar. Pasa todo así. Así, como pienso que va a suceder. Vamos a coger una vez en el sillón. Y sí, el primero es en el sillón pero a mí no se me mueve un músculo. Hago dos o tres pavadas -un grito, un jadeo, dos palabras entrecortadas- y él se convence. Me cree. Me quiere creer.


Tiemblo. Me acaricia. Sonríe. No lo quiero mirar. Cierro los ojos. Me tapa y me pide que no tome frio. "No tomes frío" me dice. Siento que me late el cuello, tengo los puños cerrados.
"Callate", digo. Y lo digo mal. Le digo callate y suena a la puta que te parió.
Me dice "bueno". Me dice "bueno" y yo digo "me voy" pero no me muevo de mi lugar y no sé si no me muevo para que diga algo más que me de razones para ponerme a gritar.
Y él dice que no. Que me quede. Que dónde voy. Que la hora, que la calle, que la inseguridad, que me lleva, en un rato y yo sé que ese rato es eterno y que se transforma en mañana y digo "ahora" y él dice, después, que no empiece con la perorata de todas las veces desde hace dos meses.
Me doy cuenta. Sabe que me aburre. Me doy cuenta. No le importa. Y eso me hace sentir mejor. Menos imperfecta, menos transpirada, menos animal. Y menos turra.
Elige otro disco y se pasea desnudo por el departamento. Lo espío mientras camina, tapada hasta la nariz, yendo y viniendo. Empieza a leer en voz alta. Por qué, me pregunto. Por qué tenés que leer en voz alta. Por que no te tirás un pedo o te rascás las bolas o hacés algo como lo que hacen los demás. Por qué siempre sos un profesor universitario aún cuando estás desnudo. Camina leyendo. Se sienta sobre el borde del sillón. Marca con un dedo, el párrafo que quiere que lea. Abro los ojos. Interpongo mi mano entre el libro, el dedo y sus ojos. Dejo caer el libro al piso. Me destapa.
Me paro. Lo llevo, lo arrastro, lo muevo hasta el dormitorio. Me niego a ir abajo, otra vez. Lo empujo, me lo saco de encima hasta que me siento sobre él y ahí, me entrego.
Cierro los ojos. Le pongo la cara de otro, las manos de otro, de uno que me gustó de verlo, de alguien que ví en el subte, de cualquiera. Me avisa. "Estoy llegando" dice y yo siento ganas de darle un sopapo. No tenés sangre, pienso. Eso te falta. Sangre.
"Esperá" le digo. Y espera y habla y habla y habla. No lo escucho. Me digo cosas. Me las digo yo a mí. Me las digo con la voz de un compañero de trabajo, del cantante de una banda, del último escritor que escuché, de un locutor de la radio. Me digo cosas. Cosas llenas de sangre, de olor, manchadas, sucias, desordenadas, que gritan.
Lo muerdo. Se asusta, se queja. Acabo. Me bajo de él. Miro el techo, un rato corto, antes de vestirme.
"Quedáte", dice mientras va y viene a buscar el libro.
"No. Pido un taxi" respondo.
"Dale, quedáte" me dice, mientras abre el libro y se pone a leer. Estoy casi vestida.
Le saco el libro, otra vez. Lo tiro sobre el colchón. Lo miro a los ojos. No digo nada. Sólo lo miro.
"Ya sé" me dice. "Ya sé. Lo que no sé es por qué."
Pienso que es la última vez que lo veo. Siempre pienso lo mismo pero esta vez, es la última.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Ojitos

Cuando tenía cuatro años, Lucila estaba profundamente enamorada de su tío Daniel. Daniel era el hermano de su papá, era alto, alto como un árbol y vivía en la misma casa que Lucila y su familia. Ocupaba la habitación cerca de la terraza a la que Lucila sólo podía subir si su mamá y su papá le dan permiso y si Daniel la esperaba en la puerta mientras le repetía que no se apurara.

En la habitación de Daniel, Lucila escuchaba música disco y copiaba los pasos que Daniel hacía frente al espejo. En ese entonces, Daniel tenía veintiún años y nunca había presentado una novia. Cada vez que le recomendaban buscar una chica y sentar cabeza, Lucila empezaba a los gritos con que Daniel ya tenía una novia: era ella.

-Cuando sea grande me voy a casar con el tío Daniel-decía. Daniel se reía y la alzaba. Le decía “mi novia, mi novia”. Los sábados, un rato antes de que Daniel saliera para el boliche, mientras esperaba a su amigo para que lo pasara a buscar, subía el volumen del Winco y ponía el último disco que había comprado y que Lucila se había aprendido durante la semana. Todos, incluidos mamá y papá, se ponían a bailar en el patio. Con los temas movidos, su papá la hacía girar y girar hasta que empezaba a sentir que todo el patio daba vueltas. En los lentos, Lucila se sentaba en una silla petisa y, mientras su papá y su mamá bailaban abrazados, lo miraba a Daniel y le hacía ojitos. Pestañaba mil veces seguidas, escondía la cara y se sonreía poniéndose colorada.

-A ver si mi novia quiere bailar conmigo-decía Daniel mientras se acercaba y estiraba el brazo para que Lucila se parara. La alzaba. Lucila lo abrazaba fuerte, igual que su mamá abrazaba a su papá y pegaba la boca a la oreja de Daniel.

-Ran chu mi güerever ior bouling, ran chu mi ifiu nid a younder, nau an den iu nid somuon onder, sou darlin, in, iu ran chu mi- le cantaba bajito a Daniel.

Pero siempre que estaba bailando a upa de Daniel, el amigo que pasaba a buscarlo tocaba el timbre y Lucila se abrazaba más fuerte a cuello de Daniel para que no la dejara en el piso pero era allí dónde terminaba. Empezaba a treparse por la pierna de Daniel y a gritar con furia.

-No te vayas, no te vayas. Quedate, Dani.

No había forma de separarla de Daniel que la arrastraba pegada a la pierna hasta la puerta y la desprendía suavemente, mientras la dejaba sentada en el piso y llorando. A Lucila no le importaba que su papá le dijera que ahora bailaría con él. Tampoco le importaba que le dijeran que le comprarían el juguete que quisiera si dejaba de llorar. Lucila quería quedarse bailando con Daniel. Nada más que eso. Entonces, su papá subía a la habitación de la terraza, apagaba la música y prendía, en el comedor, después de bajar, el televisor. Su mamá se metía en la cocina a preparar la cena. Después de un rato de llorar, Lucila se aseguraba de que nadie la estuviese mirando y subía al dormitorio de Daniel sin permiso. Abría la puerta del ropero y tironeaba de la manga de cualquier camisa hasta dejarla en el suelo. Después, le pasaba por arriba con las zapatillas unas cuantas veces hasta dejarla arrugada y con la suela marcada. Después, escupía dos o tres discos.

-No te quiero más. No te quiero más. Sos malo, Dani. Sos horible. Feo. Malo. No soy más tu novia- le decía a los discos mientras le pasaba la mano por encima, esparciendo bien su saliva por todo el círculo negro. Más tranquila, se ponía en cuatro patas, se asomaba por la puerta y se fijaba que nadie la descubriera. Bajaba los escalones con la cola y cuando llegaba al suelo, se pasaba la mano por los ojos y corría a sentarse sobre su papá. Al día siguiente, después de que lo llamaran tres o cuatro veces para almorzar, Daniel bajaba con el pelo revuelto, los ojos hinchados y la camisa para lavar. Lucila le sacaba la lengua.

-Estoy muy enojado- le decía Daniel.

Lucila subía el hombro en dirección a la oreja, dos o tres veces y volvía a sacarle la lengua.

-Le voy a decir a tu papá lo que hacés- la amenazaba Daniel.

-Que mimporta. No te quiero más.

Así, cada fin de semana. Lucila se ponía imposible todo el domingo pero el lunes se le pasaba cuando se quedaba con Daniel mientras sus padres iban a trabajar. Lo encontraba a la salida del jardín y cuando volvían a casa, miraban mucha tele, bailaban y comían dulce de leche.

Un domingo a la noche, Daniel llegó a la casa de Lucila con una chica. Estaban de la mano.Lucila la miró y se negó a darle un beso. Su mamá la llevó a la cocina y le explicó que tío Dani quería mucho a esa chica y que había que tratarla muy bien.

-¿La quiere más que a mí?-preguntó Lucila.

-La quiere distinto-dijo su mamá-. A vos te quiere mucho como siempre. Por favor, portate bien.

Lucila se portó todo lo bien que pudo. No gritó ni lloró pero se negó a comer y durante todo el tiempo que la chica estuvo sentada a la mesa, le dio la espalda hasta que Daniel se paró y dijo “nos vamos”. Entonces, Lucila se dio vuelta con el ceño fruncido.

-¿Por qué te vas vos? ¿Dónde vas? Te acompaño.

Dijo todo de un tirón y se agarró de la mano de Daniel.

-Voy a acompañar a Liliana hasta la casa. Vos no podés venir porque es muy tarde y mañana tenés que ir al jardín-contestó Daniel, soltándola.

-¿Por qué la tenés que acompañar? ¿No sabe dónde vive? ¿Cómo puede ser que no sepa si ya es grande?

Su mamá y su papá se rieron de su lógica. Daniel dijo que la acompañaba porque no estaba bien que una chica se fuera sola a esa hora. Lucila la miró de arriba a abajo. Se recostó sobre una pierna de su mamá.

-Tengo sueño-dijo Lucila.

Su mamá la llevó hasta la cama.

-No soy más la novia del tío Daniel-dijo Lucila.

-Bueno- dijo su mamá- es un poco viejo para vos. Ya vas a tener otro novio. Ahora, dormí.

-Ya tengo otro-respondió.

-¿Sí? ¿Quién es?

-Papá-dijo cerrando los ojos. Después, se quedó dormida.

A partir de esa noche, Lucila dejó de hacerle ojitos a Daniel. Sólo los hacía para su papá.





viernes, 2 de noviembre de 2007

Manchas

El coraje, ahora lo sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica.
Volvedor – Abelardo Castillo







Cuando estoy incómoda o nerviosa, me broto. Toda la piel del cuerpo se me cubre de manchones rojos como si hubiese estado el día entero rascándome. No importa dónde sea, si aparecen los nervios o pasa algo de lo que me gustaría escapar corriendo, las manchas comienzan a aparecer. No importa si estoy sola o en una manifestación. Me siento afiebrada y allí aparecen, delatándome, todas las manchas.
No es algo que me haya pasado siempre. Comenzó en una fiesta a la que asistí de casualidad, en un período de soltería que mis amigos habían considerado demasiado largo. Insistieron tanto con que fuera a aquella fiesta que sólo por quitármelos de encima, porque dejaran de mirarme compasivamente porque Pablo me había dejado por otra hacía más de cinco años y yo no me había vuelto a comprometer con nadie.
Entré a la fiesta como entro a todos lados, mirando el suelo y tratando de no tropezar con nada ni nadie. Alguien me acercó un vaso de vino. Me paré en un costado y miré para ver si encontraba alguna cara conocida pero no vi a nadie. Seguí parada en mi lugar.
Después de un rato, una mujer un poco más grande que yo, se me acercó y me preguntó si era la famosa Carolina.
Sonreí con amabilidad. Respondí que sólo era Carolina y que para la fama todavía me faltaba.
La mujer se presentó como Emilia y dijo saber mucho de mí. Seguí sonriendo pero esta vez sin comprender cómo esta mujer de pelo enrulado y ojos saltones podía saber algo de mí si nunca nos habíamos visto. No hice preguntas; sólo tomé un sorbo largo de vino y volví a mirar a la gente que caminaba girando en torno del lugar como si estuviera alrededor de la Kaaba, en la Gran Mezquita de La Meca.
Emilia me preguntó si no me resultaba sorprendente que entre tanta gente desconocida, nos encontráramos. Respondí que sólo éramos dos extrañas más entre una cincuentena de extraños pero ella insistió en que me conocía bien. La miré firmemente y decidí cambiar de lugar después de decirle que me confundía con otra persona y que yo también iba a dar una vuelta por el lugar.
No permitió que me moviera. La situación me resultó un poco chocante y aunque no soy de perder las buenas maneras mientras sentía que de a poco iban apareciendo las manchas, le pregunté que pretendía de mí.
Queres salir corriendo, aseguró y yo no contesté; sólo repetí mi pregunta anterior.
Soy la mujer de Pablo, dijo y yo sentí que me faltaba el aire.


No soy la clase de mujer que sabe separarse en buenos términos de sus parejas. No creo en eso de quedar amigos, mucho menos cuando a una la han reemplazado con otra. No disfruto viendo a las parejas actuales de mis ex parejas, teniendo en cuenta que sólo tuve tres parejas importantes, que la última fue Pablo y que desde el mismo día en que nos separamos, no volví a verlo. Me exigí desaparecer, volverme un fantasma, dejar de frecuentar lugares de posibles encuentros casuales mientras ensayaba todos los días, las cosas que le diría cuando lo viera mientras aumentaba mi rencor hacia él.
Hace mucho tiempo que quería hablar con vos, me dijo Emilia, quedándose con la botella de vino que uno de los caminantes giratorios traía en la mano.
Respondí que no sabía de qué podía querer hablarme. Hacía años que no veía a Pablo ni tenía contacto con él y que prefería no volver a tenerlo ni saber nada acerca de su vida.
Emilia largó una carcajada. Tarde, querida, me dijo. En un rato va a estar por acá.
Decidí irme, sin darle explicaciones. La esquivé y empecé a caminar ligero hacia la salida, chocando con alguna gente que venía en dirección contraria pero no fue una buena idea.
Si te tengo que seguir hasta tu casa, te voy a seguir, me advirtió Emilia. Quiero hablar con vos. Quiero saber por qué Pablo me repite, cada vez que puede, que nunca me va a querer como te quiso a vos.


Me quedé callada. Tuve ganas de decirle que entonces tendría suerte y seguirían muchos años juntos pero no dije nada. Yo nunca sentí que Pablo me quisiera. Sentí cosas distintas a medida que pasaba el tiempo: necesidad, dependencia, indiferencia, hartazgo, desprecio pero nunca amor.
Caminé todavía un poco más rápido hasta la esquina justo cuando Pablo doblaba. No lo reconocí, en principio. Supe que era él cuando dijo “Hola, Carol”.
Para esa altura de la noche ya no tenía manchas. Toda yo era una sola mancha sanguinolenta que intentaba separarse de Pablo y de Emilia que me encerraban como al fiambre de un sándwich.
Es bueno que estemos los tres, dijo Emilia. Pablo arqueó las cejas. Yo miré hacia uno y otra. Tenías razón, le dijo a Pablo, mirándolo y atravesándome con sus ojos, es mucho más joven que yo.
Pablo resopló por la nariz. Todas son más jóvenes que vos, respondió y yo recordé las veces en que le había preguntado por alguna chica nueva del trabajo o de la facultad. Recordé mis palabras una por una. Yo preguntaba si la chica era linda; el respondía que todas eran más lindas que yo. En algún punto, algo dentro mío me llamaba a defender a Emilia pero no lo hice. Me lo prohibí.
Pablo siempre habla bien de vos, me dijo Emilia. Dice que fuiste la única que lo quiso bien.
Miré a Pablo. Lo ví avejentado, encorvado, demasiado canoso.
Eso decís, le pregunté, eso decís ahora.
Eso dije siempre, me contestó y se acomodó los anteojos.
Delante de quién lo decías, dije. A mí nunca me lo dijiste.
Emilia volvió a largar una carcajada. No esperaba presenciar un pase de facturas, dijo y a mi me dieron ganas de saltarle encima. Reprimí el deseo de tener su cuello entre mis manos, como alguna vez Pablo supo tener el mío y apretar y apretar hasta que no le quedara aire pero yo era conciente que no era como ellos. Yo no tenía nada que averiguar ni que decir.


No pensé que esto podía pasar, dijo Pablo en forma de disculpa mientras yo intentaba hacerle seña a un taxi para volver a mi casa y esta vez, no salir. No volver a salir por una semana, un año o lo que me quedara de vida.
Estoy un poco arrepentido de cómo terminó todo, me dijo delante de Emilia. Vos no te merecías ese final y aunque suene un poco pedante, creo que te hice un bien dejándote por esta.
Por ésta, pensé y esperé que Emilia reaccionara. No reaccionó. Sólo me dijo “¿Ves? ¿Con vos también era así?
Abrí la boca solo para volver a preguntarle qué quería de mí.
No son celos, te lo juro, respondió Emilia y esta vez, fue Pablo el que se rió. Es otra cosa. Es algo mucho más sencillo. Quiero saber cómo hacías para quererlo bien.
En un minuto pensé cinco o seis respuestas, ácidas, rápidas y arteras pero había algo en la voz de Emilia, en la presencia de Pablo que me inhibía de tal manera que no me dejaba hablar.


Sí, son celos, dijo Pablo. Que te lo diga claramente: tiene celos de mi pasado. De que vos hayas pertenecido a mi pasado, que mi vieja la llame por tu nombre a pesar del tiempo que pasó. Quiere saber si se te parece, si existe la posibilidad de que me olvide de vos, de que haga de cuenta que nunca exististe.
Como hiciste siempre, dije
Si estuviera en mis manos, siguió Pablo, haría lo que fuera por volver con vos. No sabía lo que hacía, no sabía dónde me metía.
Lo miré. Lo odié un poco más por utilizarme para desmerecer a Emilia. Y lo odié aún más por pensar en la posibilidad de que yo volviera aceptarlo en mi casa, en mi vida.
Sentí que algo tenía que decir esta vez. Esta vez tenía que decir todo lo que me dije a mí misma, una y mil veces; liberar el veneno con el que me había quedado y la compasión que ahora me despertaba Emilia. Lo que yo dijese en ese momento, tenía que ser efectivo e hiriente. Tenía que irme de esa esquina ni bien terminara de hablar.
Le di la espalda a Pablo y giré hacia Emilia. Pensé que lo que dijese tenía que ser la jugada maestra que calmara a esa mujer que parecía desesperada, a ese hombre que yo ya no conocía y a mí de seguir pasando por esa situación espantosa.
Saqué coraje de dónde no tenía o encontré el coraje que durante años había estado juntando, por si en una vuelta del destino, me reencontraba con Pablo. Inspiré. Largué el aire.
Querelo mucho. Querelo con toda tu alma. Seguilo, dije -y lo dije mirando a Pablo-, seguilo todo el tiempo, no lo dejes solo ni un segundo. Convertite en su sombra. De corazón, te lo recomiendo. No le creas que no te quiere o que a mí me quiso más. Miente. A mi no me quiso tanto y yo, yo nunca lo quise.


Quizás porque no esperaban que yo hablara tanto o porque finalmente logré decir lo que quería o porque empecé a caminar y conseguí subirme a un taxi libre, los dejé mudos, mirándose uno al otro en la bendita esquina.
Me sentí liviana.

Sed

Esteban espera, apoyado sobre el pilar de cemento que sostiene la reja, en la vereda, que aparezca Vicente por la esquina. Mientras lo espera, se piensa corriendo, corriendo tan rápido que se hace invisible. Se imagina que pasa corriendo por los frentes de las casas de los pocos vecinos de la cuadra que a esta hora –las diez de la noche de una primavera calurosa- salen a tomar la fresca y que de tan rápido que corre no lo distinguen cuando pasa; que no tienen tiempo a reconocerlo para decir “ahí va, ahí va el hijo de Vicente”.
En eso piensa Esteban, con el hombro apoyado en el pilar, una pierna cruzada sobre la otra, los brazos cruzados sobre el pecho, el cuerpo formando un ángulo agudo contra el piso, cuando lo ve a Vicente venir del club, tambaleando, caminando en zigzag, rebotando contra las paredes de las casas de la cuadra, moviendo la cabeza como si el cuello no tuviese la rigidez suficiente para sostenerla.
Esta vez, Esteban sabe que, además de haber chupado de más, Vicente perdió a los naipes. Es principio de mes y todos los meses son parecidos; Vicente vuelve a las cuatro de la fábrica, duerme una siesta corta y cinco y cuarto, después de mojarse el pelo, estirarlo hacia atrás y ponerse una camisa limpia y planchada, sale para el club.
Por suerte, la vieja, mientras Vicente duerme, le saca del bolsillo un par de billetes grandes. Está tranquila porque pegó una changa nueva: ponerle el círculo de cartón a las tapas de plástico de los frascos de café instantáneo; por tres mil tapas se asegura la cuota del colegio y unos cuantos paquetes de fideos, sin pensar en la plata que Vicente se toma, apuesta y pierde en el tute, cada noche.
Esteban clava la vista en la esquina cuando lo ve acercarse como si pudiera sostenerlo mientras piensa en no tener que salir corriendo a buscarlo y levantarlo del suelo, cargarlo en los hombros, como pasaba antes, cuando era la vieja la que lo esperaba en la vereda. Él lo va a levantar, sí; y si es necesario lo va a arrastrar hasta adentro de la casa pero después lo va a soltar en el pasillo y lo va a esquivar a las zancadas, muerto de vergüenza para decirle a la vieja: ahí está, ahí lo tenés.
Pero Vicente, a los tumbos, con el pelo alborotado y la camisa asomada por fuera del pantalón de un solo lado y arrastrando los pies, llega. Intenta tocarle el pelo y decirle “qué hacés, cabezón” cuando le pasa por al lado pero habla como si tuviera la lengua dormida y entra, mientras Esteban lo sigue, apurando el paso para meterse adentro y no volver a salir hasta después de la cena, cuando se junta con los pibes, en la esquina de la vuelta, a tomar una cerveza o dos o diez mientras la vieja le da a las tapas de plástico y Vicente duerme la mona.
Entonces, con la panza llena, Esteban escucha como los pibes hablan de motos y de minas y cada vez que le toca, le pega un beso a la botella, directamente del pico hasta que se empieza a reír de nada o siente que se mueve en cámara lenta. Esa es la hora de volver a casa. Él lo sabe, lo aprendió y no entiende, aunque lo piensa y lo piensa, cómo es posible que Vicente no sepa parar y si no sabe, cómo nunca nadie le explicó, como a él, que siempre hay que seguir las líneas rectas de las baldosas.
A Esteban nunca le falló seguir las líneas de las baldosas. Siempre lo llevaron derecho hasta la casa, a tantear la cerradura y caminar, con una mano tocando la pared hasta poder tirarse en la cama mientras todo empieza a girar y dormir hasta la mañana del otro día donde se cruza con Vicente que sale para la fábrica, que lo saluda tocándole el pelo, con una sonrisa de oreja a oreja y le dice “chau, cabezón” mientras él, corriéndose rápidamente, enfila para la cocina a poner la pava y grita “chau, pá”. Prepara el mate, le lleva dos a la vieja, que al ratito se va a levantar y se va para el colegio, muerto de sueño.
Es el último esfuerzo. El último año. Esteban no va a ir a parar a la fábrica. Esteban va a ir a la facultad y será ingeniero y su vieja nunca más tendrá que armar tapas de café instantáneo o muestrarios de alfombras o cualquiera de esas changas que le matan la espalda y las piernas. Y sobre todo, cuando se reciba y después se case y tenga hijos, no los hará esperarlo en la vereda, con el corazón en la boca y la vergüenza trepándoles a la cara por si llega a caerse delante de los cuatro o cinco vecinos que no tendrán oportunidad de decir “ahí están, ahí están los hijos de Esteban” como si dijeran “son estos, los hijos del chorro, del estafador”. Si al fin y al cabo, todo es como dice la vieja. Vicente es un buen hombre, no le hace mal a nadie. Lo pierde la botella y el juego pero algún vicio hay que tener después de deslomarse trabajando.
Así pasa el día, entre el colegio y la changa, hasta que llegan las diez y Esteban sale a pararse a la vereda, apoyando el peso de todo el cuerpo sobre el hombro que se acomoda contra el pilar de cemento que separa la casa que ladrillo por ladrillo levantó Vicente cuando Esteban nació, de la calle, repitiendo “que no se caiga, por favor, que no se caiga hasta que esté adentro de casa”
Vicente aparece por la esquina, como cada noche, con el cuerpo ladeado y la cabeza que no se queda quieta, el paso torpe, trastabillando una vez, dos veces, tres hasta caerse al piso frente a los pocos vecinos que no se mueven pero lo miran.
Esteban corre y corre tan rápido que se vuelve invisible. Levanta a Vicente, se lo cuelga de los hombros, lo abraza por la cintura y lo lleva, haciendo fuerza, sosteniéndole la mirada a los vecinos como diciéndoles “y vos qué mirás o te pensás que no sabemos que le pegás a tu mujer; que hacés entrar al sodero mientras tu marido trabaja, que tu hija se acostó con medio barrio” pero sólo habla con Vicente, suavecito y le dice “vamos, vamos a casa, pá”.