jueves, 31 de julio de 2008

Caro Michele/29

Un día de estos te dejo de escribir. Estoy casi segura. No porque te haya dejado de querer o de extrañar, si no por que es hora. Hay que largar el pasado de una vez y, mal que nos pese, Migue, vos sos el pasado.
Hay una película. La vi hace poco. En la película hay una mujer que tiene que decidir entre la experiencia del presente y la promesa del futuro. No es una elección fácil.
Nadie sabe bien qué le depara el futuro y siempre hay que apostar. Todos conocemos el pasado, lo sufrimos, lo pisamos y más o menos, tenemos idea del presente. El presente es lo que hay. A veces, mejor; a veces, peor.
La mujer de la película tiene que elegir entre lo que conoce y lo que puede llegar a conocer. Se confunde, tiene miedo. Se asusta. Pero en algún momento tiene que decidir. Y el momento de la decisión es crucial. Se juega la vida. Es su último minuto y se juega por la promesa del futuro.
Todos nos merecemos un futuro mejor por bueno que sea el presente. Porque hay que tener por lo menos una esperanza en esta vida.
No podemos cambiar nada del pasado. Todo eso nos trajo hasta acá, Miguel. Incluido vos.
Y claro, a la mujer de la película le hubiese gustado vivir todas las vidas posibles: las pasadas, las presentes, las futuras.
Para la gente como nosotros, amigo querido, que sólo hemos vivido a fuerza de pasado y presente, la promesa de futuro es tan nueva que da miedo. Y da miedo por todo. Porque cada vez que elegís, perdés algo. Y nadie quiere perder nada.
Lo único que puedo decirte es que no quiero esperar al último minuto para decidir. El presente es lo que es. No va a cambiar. La promesa del futuro puede salir de cualquier manera. Es hora de apostar fuerte. Yo quiero mi final feliz. Siempre lo quise. Final feliz con combo completo. Por todo lo que pasó. Por todo lo que pasa. Es hora de apostar y no importa como salga. Lo que importa, esta vez, es que después de creer que seríamos punkies toda la vida, el futuro se asoma ahí, diciendo "estoy acá, no me pierdas."
Trataré de perder la menor cantidad de cosas posibles. Al menos, eso espero. Y vos sabés a qué clases de cosas me refiero.
Esperar y esperanza deben estar relacionadas. Como confiar, fiar y confianza, no?

¿Vos qué harías en mi lugar? ¿Dejarías pasar la oportunidad?
Creo que no. Vos harías lo que voy a hacer yo. Cerrar los ojos y jugar la última ficha. Y esperar que todo salga bien o lo mejor posible. Y si hay suerte, si hay mucha suerte -porque sólo es cuestión de suerte; la voluntad ya está puesta al servicio- seremos felices. Tan felices como nunca antes.
Y la vida va a ser buena.
Y hay que aprovecharla mientras dura. Por lo que dure, no te parece?
Estos días necesitaría un amigo como vos, pero en este mundo, Miguel.
Y sí, te extraño. Qué le vamos a hacer.
Ando escribiendo poco. Por ahora, o vivo o escribo. Estoy viviendo.
Estoy viviendo.
Por fin.

domingo, 13 de julio de 2008

Caro Michele/28

Migue mío. Empiezo a escribir esto, el domingo a las siete de la mañana.
Quién sabe a qué hora lo terminaré.
Me duele el cuerpo y me pesan los ojos. Este fin de semana estuvo lleno de corazones. Corazones rotos, emparchardos, colapsados, que sangran y duelen, que sufren en silencio, que tienen miedo. Puros corazones. La reina de corazones.
You heart breaker, wherever you're going, I'm going your way.
Ya sabés. No soy buena para hablar al respecto. La oratoria no es lo mío. Hablar, decir. No sé. No puedo. No me salen las palabras y siento que lo que pudiese decir al respecto sería equivocado, torpe o directamente, todo lo contrario a lo que pienso.
El corazón. Sus asuntos. Sus misterios. Apasionante, diría alguien que semi conozco.
La vida no va mal. No me despeina por ahora pero me asombra. Algo pasa cada día.
H dice que por fin dejé de trabajar en mi contra. Yo digo que todavía no voy a trabajar.
Me hace falta una brújula. La mayoría del tiempo no sé lo que hago y a cada rato, cada hora, tengo miedo de lastimar y lastimarme. Vos me entendés bien: estamos acostumbrados a andar solos desde hace mucho. Y cuando uno anda solo durante mucho tiempo, sin atarse a nadie, pierde noción del otro. Del otro para lo bueno. Del otro para lo malo, no.
Esta vez me toca arriesgar. Cierro los ojos y avanzo y que sea lo que Dios quiera. I'm not scared. I'm outta here. Repeat x 1000.
Corazón. Corazones. En estos días me gustaría poder hablar con vos. Vos me escucharías con paciencia zen. Me preguntarías qué es lo que quiero, sin pensar en lo que más conviene, porque nunca nos preocupamos por lo que nos pudiera convenir. Así, nos tapó la mugre, más de una vez. Así, metimos la mano en la mierda, demasiadas veces. Pero ni vos ni yo nos arrepentimos de nada de lo que hicimos y si tenemos cicatrices, nos las ganamos en buena ley. Por eso, caminamos con cuidado. No nos podemos lastimar en el mismo lugar tantas veces. Asusta. Asusta. Asusta mucho. Paciencia, el susto ya va a pasar.
Pero la vida es buena, este mes y el anterior y el anterior. Es buena, es suave, es tibia. Y no recuerdo cuándo fue la última vez que fue así. Algo me dice que no va a suceder muchas veces más y que todo hay que aprovecharlo, salga como salga.
Obvio, no hay apuro y ya sabés que como buena maricona que soy, yo me tomo mi tiempo. No evalúo, ni estudio. Siento. Pienso. Primero siento y después pienso y en algún momento, cuando ya haya sentido y pensado bien, decido.
No espero que me esperen. Espero hacer las cosas bien. Sin sorpresas, sin alarmas. Fire. Buy the sky and sell the sky and lift your arms up to the sky and ask the sky and ask the sky. Fall on me.
Soñé con el mar. Soñé con el mar y la playa. Era feliz. Mirando el mar, era feliz. Tan feliz como no fui en años. El agua era azul, azul, un azul más oscuro que el del cielo y hacía frío y yo tenía campera, gorro y guantes y el sol estaba alto y la sonrisa no se me borraba de la cara. Es un sueño pero es un buen sueño. Nunca son tan buenos los sueños.
Si las cosas se ordenan bien, si se puede, si me dejan, si todo empieza despacito y suave, si no me asusto, si no me escapo, si no hago/digo alguna de las mías...
Estoy contenta conmigo, Migue, pero a veces me resulta tan difícil ser yo, porque esta que soy ahora, no me resulta muy conocida. Y las cosas que pasan alrededor son nuevas y buenas y a veces, no las puedo creer y me dan ganas de meterme abajo de la tierra y desaparecer, y otras veces me reto y me castigo y me digo que no va, no da, que basta.
Pero la mayoría del tiempo, pienso que todo esto es un rato y que el rato va a pasar.
Y sé que voy a extrañar este rato pero todo va a estar bien.
Escribir. Seguir escribiendo. Eso. Y disfrutar de todo un poco más.
Believe in me. Believe in nothing. Circus Envy. La vida sigue. Mejor. Un poco igual, un poco mejor. Depende dónde te pares a mirar. Y a veces, me canso. Y a veces, es demasiado para un solo cuerpo. Y a veces, hay demasiado para un sólo corazón. Ojalá sea lo que esperan que sea. No estoy segura, de a ratos, de poder serlo. Tendríamos que poder vivir varias vidas al mismo tiempo.
Everyone says they know you (they know you)
Better than you know who (better than you)
Everyone says they own you (they own you)
More than you do.
En fin, no se entiende y es el propósito. Yo tampoco entiendo mucho.
Once I wanted to be the greatest.
Daysleeper.
Una hora. Completa. Una hora. Living Proof.
There's such a lot of world to see.
My huckleberry friend, Moon River and me.

sábado, 12 de julio de 2008

Corbata

Todo se le ocurrió cuando lo vio sacarse la corbata.
El disco sonaba desde hacía rato y se sabía el tema de memoria.
Se puso la corbata que había quedado sobre la cama.
Encima de la camiseta blanca que usaba para dormir, ella se puso la corbata y lo esperó.
El, que había llegado destruido de trabajar, se daba una ducha para sacarse el olor del día.
Salió envuelto en el toallón, como siempre, goteando y mojando el piso, dejando las huellas de sus pies, marcadas en el espinapez del parquet.
La vio. Sonrió. Ella estaba de espaldas, jugando con el control remoto del equipo de audio. Lo escuchó sentarse sobre la cama y disparó play.
La música ocupó toda la habitación.
La música y ella que cantaba, casi como proposición, que si él quería un amante, ella haría cualquier cosa que él pidiese; que si buscaba otra clase de amor, usaría una máscara, en la fonética más horrible que alguien pudiese escuchar y él largó la carcajada.
La vio moverse mientras se secaba el pelo.
La vio sentarse en una silla, con el pantalón que le quedaba grande, la camiseta y la corbata.
Ella encendió un cigarrillo.
El recordó cuando la conoció.
La mujer más tremendamente mala e inofensiva que había visto. Todo lo decía con los ojos. Estaba cansada o triste o se sentía inmensamente sola y eso, todo eso junto, se le escapaba por la miraba. Y coincidía con algo que el venía apretando debajo de la camisa.
No pudo dejar de recordar cuando la conoció, entre un gentío impensado de desconocidos apenas unos meses antes de esa noche.
Ella pitaba y repetía lo que decía la canción. Cerraba los ojos y abría la boca para dejar salir la fónetica de otro idioma y decirle que si un día quería pegarle con rabia, ella estaba ahí.
El la miraba pero no la veía. O mejor, la veía y veía todas las otras ellas, que la ella que ahora cantaba, llevaba a cuestas: la maldita, la divertida, la chica Dickens, el carlitos de la barra de la esquina, la madre, la amiga, la infecciosamente encantadora mujer de la que, no se explicaba bien cómo, cuándo y por qué, empezaba a sentirse enamorado, enamorado como en las películas. Esa clase de cosa que nunca pasa en la vida real.
Pero ella seguía cantando y si él quería que ella fuese un médico, revisaría cada pulgada de su cuerpo, y si quería que fuese la madre de su hijo, ella estaba ahí. Era ella.
Y él entendió, después de recordar la primera noche que durmieron juntos -cuando ella confesó que nunca había necesitado a nadie, que se arreglaba sola para todo, como siempre, como muchas otras-, que el mensaje era tan claro que ni siquiera hacía falta decirlo en el idioma habitual o con la pronunciación correcta.
Porque hasta le prometía volverse invisible si él quería caminar solo por la calle o si necesitaba un boxeador, ella subiría al ring.
Sí sólo la quería para dar una vuelta,bueno... era ella. Ella.
I'm your man, dijo. Y lo dijo tan fuerte que lo sacó del recuerdo.
Si querés, terminó de ofrecerle y aplastó con fuerza la colilla sobre el vidrio del cenicero.
La música desapareció y la habitación se llenó de unos minutos de silencio.
Y él pensó que no era capaz de decir que ella era la mujer que más había querido o que la quisiera mejor que a otras que quiso, pero supo que nunca la olvidaría.
Y sólo respondió un sintético, concreto y lacónico sí que desgarró el silencio de la habitación.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
El suspiró. Después de todo, era un hombre enamorado.
Esa noche estuvieron bien.
Ahora, no importa como fueron las noches siguientes.
Esa noche estuvieron bien.
Porque a veces, toda la vida se concentra en una sola noche.
Porque a veces, algunas noches tienen final feliz.
Porque todos se merecen un final feliz aunque sólo sea por una noche o una vez en la vida.

sábado, 5 de julio de 2008

Las preguntas y las respuestas

Me resulta inevitable preguntarme cosas estos días. Me resulta inevitable responderme.
Toda la noche de ayer, todo el día de hoy, la misma pregunta: ¿seríamos felices?

Hay una voluntad para ser infeliz. Una voluntad que no aparece a la hora de la felicidad.
Como si ser feliz, proponérselo, intentarlo todo, aún aquello que no va a llegar a ninguna parte, fuera una idiotez.
Ser feliz no tiene buen marketing.
Sufrir, torturarse, quién sabe por qué, está mejor visto.
Me pregunto quién habrá inventado eso.
Quién fue el primero que dijo que ser feliz es ser medio estúpido, reírse de los árboles, vivir en las nubes. Porque es un pensamiento bastante errado. O quizás, sea mi concepto de felicidad el que no está bien.
Porque alguien feliz, desde estos ojos que ahora miran lo que escribo, estaría conforme con la vida que lleva pero no se conformaría, con lo que hay, con lo que tocó.
Dormiría tranquilo, por las noches, sin pensar en el esfuerzo sobrehumano que hay que hacer para levantarse.
No se resignaría a que las cosas son así.
Nadie puede ser feliz teniendo como base la resignación.
Ser feliz es mucho más dificil que no serlo.
Nada más basta mirar el mundo para que la felicidad sea imposible.
¿No alcanza esa única complicación, que además, hay que agregar una voluntad manifiesta para ser infeliz?
Yo quiero ser una persona feliz, en este mundo que permanentemente pinta la felicidad como una pelotudez olímpica. Quiero estar conforme con mi vida, sin tener que conformarme con lo que me tocó, con lo que hay, qué le vamos a hacer, es el destino.
El destino lo hace uno, cada día, todos los días. No es fácil. No es rápido. No es liviano. Hay que remar.
Hace años que la remo. Soy una buena remadora.
Ya resigné demasiadas cosas. Resigné volver a ver las caras de mis abuelos y de mi papá; a poder darme algunos lujos y a que mi vida no sea exactamente lo que siempre pensé que sería.
¿Tengo que resignar muchas otras cosas?
No quiero.
Esa es la respuesta. No quiero resignar nada más.
Quiero ser una mujer feliz.
Eso no me va a convertir en una idiota.
Al menos, no me convertirá en una mujer más idiota de lo que soy, desde siempre.
Ser infeliz no está bueno.
Andar por el mundo con cara de torturado no está bueno.
Vivir resignado no es vida.
Hay algunas cosas -unas pocas cosas- por las que vale la pena remar.
Nadie quiere sufrir. Pero, a veces, el precio que hay que pagar por una dosis mínima de felicidad, es un poco de sufrimiento.
Yo preferiría no sufrir. Es cierto.
Pero nunca voy a ponerme al servicio de la infelicidad.
Fui infeliz demasiado tiempo como para seguir pateándome en contra.
No estoy preparada para eso.

¿Seríamos felices? Sí, seríamos felices.

Para serlo, deberíamos ser valientes. La valentía tampoco cotiza en bolsa, últimamente.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿qué vamos a hacer?
Son las dos preguntas que todavía no me pude responder.

domingo, 22 de junio de 2008

Dos plazas

Se despertó con la misma incertidumbre con la que se había acostado. En unas horas, debía recibir el llamado telefónico que había esperado la noche anterior hasta que la venció el sueño. El llamado que prometía una noche de amor, un poco robada, un poco escondida, después de una separación que nunca pudo entender bien y que la cambió de posición: de novia a amante, sólo en cuestión de meses.
Sobre la mesa de luz, el cenicero amontonaba las colillas del atado, que no hacían más que confirmar las horas que pasó esperando, con el inalámbrico apoyado sobre las piernas para no perder ni un segundo en atender.
A la izquierda del cenicero, la cáscara de una mandarina aguantaba el peso de las semillas y recordó, que alguna vez, cuando no necesitaba ocupar la plaza que, ahora sobraba en la cama, con las almohadas, una detrás de otra, tenía prohibido comer mandarinas en el dormitorio, por el olor. Y fumar. No podía fumar cuando la otra plaza estaba ocupada, dentro del dormitorio.
Todavía estaba en posición fetal, cuando se llevó la mano a los ojos y los notó hinchados. Se dio vuelta y se abrazó a una de las almohadas, anidándose en sábanas y frazadas.
Asomó un brazo por encima de la ropa de cama para tantear el teléfono. Miró el display. Nada indicó que durante el sueño, aquel llamado se hubiese producido.
Había pasado el mediodía. Suspiró.

Se levantó con el cuerpo dolorido, como si durante la noche hubiese hecho un esfuerzo muy grande. Arrastró los pies hasta el baño. Prendió la luz y odió que ese baño fuera tan oscuro, tan cerrado. Se miró al espejo. Tenía los ojos hinchados, sí. Había llorado. Y llorando se había quedado dormida. Recordó que el teléfono había quedado sobre la cama y desanduvo sus pasos hasta la habitación para llevárselo con ella al baño.
Se sacó el pijama. Se miró al espejo. Descubrió dos canas más. Frunció la cara y examinó, con detenimiento, las arrugas que le rodeaban los ojos. Se miró el cuerpo. Estrías, celulitis, alguna cicatriz. Con las manos, se palmeó el culo. Lo notó flojo. Abrió la ducha.
Si fuera más joven, si fuera más linda, si fuera más flaca, si fuera más alta, pensó. Si fuera otra, a lo mejor, no se hubiese ido.

El agua le tocó los ojos, se le deslizó por el cuerpo. El jabón le acarició la piel y sintió asperezas en codos, rodillas y talones. Se reconcentró usando la esponja vegetal y la piedra pómez, con saña. Mojó el pelo y lo notó reseco, estropeado. Hizo espuma con el champú mientras friccionaba el cuero cabelludo con violencia. Enjuagó el pelo bajo el agua y se preguntó, en el momento en que pudo distraerse, dónde iría a parar el agua que hacía un vórtice en la rejilla. Se imaginó la trayectoria del agua, hasta la planta potabilizadora y de ahí, su purificación hasta el camino de vuelta hacia la canilla y se vio tomándose su propia mugre, sus células desprendidas. Le dio asco el agua y también, le dio asco la sensación de tragarse su propia descomposición. Una arcada la hizo volver a cerrar los ojos y dejar que el agua caliente se le deslizara por el cuerpo, como la caricia que solía recibir antes de que la cama le quedara tan grande y que, los últimos dos días, extrañaba.

El espejo del baño estaba empañado. Se sentó sobre la tapa del inodoro y comenzó a secarse. Se frotó las piernas brutalmente. Cuando pasó la mano para asegurarse de que se había secado bien, se dio cuenta que la mañana anterior, la habían depilado bien. Tanto preparativo para nada, se escuchó decir.
La piel estaba suave y no había un solo pelo cortado que pinchara. Siguió secándose el cuerpo con crueldad, dejándose la piel enrojecida.
Se miró las manos. Tenía las uñas comidas y los dedos lastimados de tanto roerlos. Intentó quitarse una piel sobrante que se levantaba cerca de la uña del pulgar, con los dientes. Le dolió.
Con los nueve dedos que no le dolían, se puso un baño de crema en el pelo y lo envolvió en una toalla. Buscó la crema para la celulitis y la pasó por la cadera y los muslos, con movimientos rápidos y circulares. Luego, abrió un pote petiso, y se desparramó la crema anti edad, con golpeteos alrededor de los ojos y la boca.
Se lavó las manos con agua fría y se sentó, de nuevo, en la tapa del inodoro, contando los azulejos para que se cumpliera el tiempo del baño de crema.
Cuarenta azulejos horizontales. Diecisiete azulejos verticales. Se preguntó qué habría debajo de los azules, si un día, se le ocurriera levantarlos.
Sonó el teléfono. Se le aceleró el corazón.

Atendió con los ojos cerrados. Dijo hola. Se quedó escuchando. Mañana, sí, contestó. Como siempre, sí, dijo, después de un segundo silencio. Un beso, mamá, terminó de decir antes de apretar con el pulgar dolorido la tecla off.
Se sacó la toalla. Se enjuagó el pelo y lo envolvió en una toalla seca. Dejó deslizar la bolilla del desodorante por las axilas. Se puso el pijama. Salió del baño con el teléfono en la mano.
Arrastró los pies hasta la cocina y eligió dos mandarinas de la frutera. Miró cómo relucía la bacha de la cocina y el piso. Miró, al pasar, el orden del living. Volvió a arrastrar los pies hasta el dormitorio. Se metió en la cama y acarició las sábanas nuevas. Apoyada contra el respaldar de la cama, le sacó la cáscara a la primera mandarina y sintió arder el pulgar. Desgajó la fruta y quitándole los hilitos blancos a cada uno para metérselos en la boca y separar la pulpa de la semilla para después, depositarlas en la cáscara nueva.
Después de comer, se olió los dedos. El olor a jabón y mandarina se confundía.
Encendió un cigarrillo y lo fumó mirando alrededor. Las cortinas recién puestas, los libros ordenados, las fotos sobre el estate, la ropa en su lugar, las puertas del placard bien cerradas. Cuando la brasa se le hizo sentir en la mano, lo aplastó contra el vidrio del cenicero.

Acomodó las almohadas. Una detrás de otra, como si fuera un cuerpo, como si el cuerpo faltante pudiera reproducirse con ellas. Miró el teléfono, revisó el tono. Se acostó. Se anidó en la ropa de la cama, se abrazó a la almohada. Volvió a llorar. Así, se quedó dormida, otra vez.

El teléfono no sonó en todo el día.

lunes, 16 de junio de 2008

Será cuento

"Todo el mundo merece un final feliz, al menos, una vez en la vida"

Es un buen final para un cuento.
Es un buen principio para un cuento.
Es un buen principio.

"El miembro más débil, en sus últimos días, decide alejarse de la manada con la convicción de que su debilidad es un peligro más de los que acecha a todos sus compañeros."

Ese es un buen final, creo que sí.
Y todo esto se convertirá en un buen cuento.
Porque se lo merece.

(Acordate de Jack London. Ley de vida.)

This is the way that we love,
Like it's forever.
Then live the rest of our life,
But not together.



jueves, 12 de junio de 2008

Aire


I need something to breathe.
(Something to breathe)
Baby, don't shiver now.
Why do you shiver now?
(I will see things you will never see)
I will try not to worry you.
I have seen things that you will never see.
Leave it to memory me.
Don't dare me to breathe.


I need something to breathe.
(Something to breathe - I have seen things you will never see)
I want you to remember.

lunes, 9 de junio de 2008

Fin de semana



Cuando la preciosura ve esta foto, pone un dedo en el pelo de la chica y dice Iayiay. No me parezco a esta chica, casi en nada, salvo en el pelo. Y la preciosura, ya puede reconocer un corte de pelo copiado. Es una nena muy inteligente.

El jueves me di cuenta de que la preciosura ya tiene un miedo grande. Un miedo que la hace llorar.
Mirabámos un libro que se llama "A Leo le pica", distribuído por un laboratorio para los chicos que tienen alergías de piel. El libro tiene dibujos. En una de las páginas, Leo iba al doctor. Le mostré el dibujo a la preciosura -un año y ocho meses, a veces me sorprende mucho- y le cambio la cara.

Tortor, no, iayiay. Tortor, no, dijo y se puso a llorar.

La abracé, tiré el libro al piso, lo escondí, le canté la canción de Pepe, hasta que se le pasó.
Después hablamos de salir a pasear. Yo le preguntaba, ella respondía.

Vamos a ir a pasear.

Sah.

La preciosura no dice ni sí, ni no. Dice sah y nah.

Y vamos a comer?

Sah.

Qué vamos a comer?

Pizzzzzzzzzza, iayiay.

Todos los días pizza?

Nah, talta.

Me hizo reír.

Más tarde, me llamó por teléfono. Es mujer, no hay nada que hacerle. Me llama por teléfono, me grita Iayiay, hola, embuaaaaaaaaa (su versión teléfonica de los besos) y cuando le digo chau, me cuentan que me saluda con la mano.
La preciosura es lo mejor que le pasó a mi vida. Sin dudas.

El sábado, reunión con mi familia elegida. Me extrañan. Me quieren. Me ven linda. Más linda, dicen cuando yo digo "sí, un poco mejor". Vamos a tener un bebé. Un bebé en la familia elegida. Y cada vez que lo pienso, se me hace un nudo acá. Nos convertimos en adultos, finalmente.


Hoy le dije un montón de verdad a alguien.
No estoy más contenta pero estoy más liviana.
No sé si me entendió. Creo que no. Ojalá que sí. Ojalá que haya entendido que, a pesar de todo, yo lo quiero bien y lo respeto más de lo que puede imaginarse.
Ojalá lo haya entendido así. Y ojalá, algún día, me digan una verdad que yo pueda entender de esta manera.
A veces, hace falta decir la verdad. La más pura, simple y sencilla verdad, sin dar vueltas. Porque la verdad escondida pesa mucho. Al menos, para alguien como yo.

viernes, 6 de junio de 2008

Caro Michele/27

Las cosas no van bien. No van bien. Ni adentro de mi cabeza ni afuera. Te escribo hoy, a esta hora que debería ser temprano para lo usual con el cuerpo todavía temblando. Me despertó una pesadilla. Una pesadilla de esas tan vívidas, como las que a veces tengo. Las que me avisan.
Y no importa quiénes estaban en la pesadilla. Importa lo que yo veía, lo que escuchaba, lo que sentía. Importa eso que siento que dice que estoy haciendo todo mal, otra vez. Y que las cosas no van bien y que si no me alejo un poco, (porque vos viste como soy, si estoy cerca, estoy tan cerca y encima estoy cerca pero bien -o por lo menos, lo bien que me parecen a mí que se hacen las cosas bien-, y si estoy lejos estoy tan lejos), todo va a terminar mal. Mal para mí, nomás.
No hablo del fin del mundo ni de nada parecido. Hablo de sentir otra vez, la misma frustración de siempre. De las malas elecciones, de los pocos límites, de otra vez siempre lo mismo y terminar esta vez, sí, cerrando la puerta a todo. Hasta a esta correspondencia, porque hasta yo me canso de mí.
Y ya no me queda mucha paciencia y no tengo tiempo para equivocarme de nuevo.
Yo sé que vos me vas a entender: es igual que no poder confiar en nadie. Aunque vos quieras. Aunque sea lo que más queres. Es buscar en quién confiar y no encontrar a nadie, pero no porque no haya, sino porque te retan, porque te dicen como son los que vas encontrando, porque te quieren o porque te detestan. La vida de los otros, la mía, a veces, desde afuera parece tan fácil, Miguel.
Estoy cansada. Muy. Y no sé si estoy a un paso de la locura total - a veces, parece que me imagino cosas que no pasan; otras veces, soy un mostro que le da mucho miedo a todo el mundo. Hoy me dijero eso: Si ya sabes que les das miedo a todos. Justo yo, qué mal me debo dar a conocer- o a un paso de desaparecer por completo de todos lados.
Qué soñé? Una idiotez. Lo peor no era lo que pasaba, que seguramente sea lo que está pasando, no sé por qué, algo me dice que es así y ya aprendí a confiar en mi intuición, sino que yo estaba ahí y a nadie le importaba. Pero lo peor más peor, es que cuando me desperté, supe que justo eso era cierto. A nadie le importa. Y eso es algo que no te podés olvidar, cuando a nadie le importó muchas veces lo que te estaba pasando o lo que estabas diciendo o la manera idiota que tenés de exponerte, casi como si estuvieras desnudo. Imaginatelo: vos estás en un lugar cualquiera. Una casa que tiene dos pisos y no sabés bien por qué terminás atrás de una cortina. Y escuchás lo que pasa en el piso de abajo. Sabes quiénes son. Al menos, sabés quién es uno de los dos que se escuchan. Y vos estás ahí arriba, atrás de una cortina, casi desnudo.
Es un sueño para asustarse mucho, porque es uno de esos que dice que te están señalando todas las cosas y no las querés ver.
Y yo veo todas las señales y sin embargo, no puedo dejar de hacer lo que hago. Y ya ni siquiera sé para qué lo hago. Ni por qué. Ni por quién.
Igual, claro. Es un sueño. Reelaboraciones de la información que recopilaste en la memoria a lo largo del día o el día anterior. Es un sueño, no pasa nada.
Mañana, cuando me despierte de nuevo, con la garganta inflamada y el cuerpo todo golpeado, voy a poner mi mejor cara, me voy a hacer la graciosa, la ortiba, esos disfraces que yo me pongo y va a estar todo bien. Tan bien como hasta ahora que va todo tan mal.
Las cosas van mal. Y si no hago algo al respecto, pronto, todavía pueden ir peor. Una vez más, tengo que desaparecer. O conseguir alguna aleación que me separe del resto de mundo.
Y sí, estoy re moneda. Qué me importa, que me importa si soy moneda. ¿Cuántas veces me tocó a mí, escuchar el monedismo de otro y escucharlo con atención? ¿A quién estoy jodiendo? A nadie. Me siento mal. Me siento MAL. Me siento esperando un montón de cosas que no van a pasar. Y quiero que termine todo esto de una vez.
Que termine todo y pasar a lo siguiente, sea lo que sea. Aunque sea una porquería. Pero que sea una porquería distinta y no la misma porquería que ya conozco.
Eso.
Vos no te das una idea de lo que te extraño hoy, Miguel.

jueves, 5 de junio de 2008

Nosotros, los dos

“A mí, que no tengo padre,
que vengo de una familia mujeres fuertes,
me han definido los hombres
que me quisieron aunque sea un rato.”

Texto participante en el T.E.Lit.A

Yo lo quería. Y lo quería en serio. Lo quería toda la vida, con toda mi vida, para tener hijos y comer ravioles los domingos y comprar un perro y una pileta de lona para poner en el patio.
Lo quería tanto que podía cerrar los ojos y aún así, verlo. Despertarme y con los ojos cerrados, verlo, también. Me convertía en ciega para el mundo si lo sentía al lado mío.
Entonces era temprano para nuestra vida que recién estaba empezando, y para el día.
Una hora antes, las piernas enredadas, la ropa por el suelo, las medias en el cementerio de medias en el que se convertía el fondo del colchón, los ojos cerrados, sin voces, sin tele ni música, sólo él y yo. Yo y él. Nosotros. Los dos. Éramos el mundo.
Fuimos el mundo durante algunos meses. Porque nada importaba y porque nos habíamos jurado que mientras estuviésemos los dos, el rato ese que pasábamos juntos, éramos todo y todos.
Y nos prometimos, casi ante escribano, que si un día no nos importaba, si un día la mañana se nos llenaba de otros, nos íbamos a dejar, sin ruido, sin lágrimas, sin gritos, sin peleas por los discos, ni los libros, ni las películas.
Yo me voy con lo puesto. Como vine, dije la primera vez que lo hablamos.
¿Por qué hacen esas cosas las chicas?, me preguntó. Vos te vas con lo puesto y yo me quedo con todas las cosas llenas de recuerdos. Además, esto es de los dos. ¿Qué voy a hacer con esto yo solo?
Yo me voy como vine, con lo puesto, repetí y no le aclaré que si alguna vez me iba, me lo llevaba en el cuerpo, en la voz, en los pensamientos y hasta en la nariz.
Pero esa promesa, en aquel momento, no nos importaba mucho porque, ya digo, éramos el mundo entero. Nosotros, los dos.
Pasaba un rato de esos, quieto.
Siempre me desperté de mal humor y hasta eso parecía gustarle de mí. Mis gruñidos de recién despierta. Mi mutismo, mi fastidio, la acidez con que me recibía el mundo real, el afuera. Esos otros que no nos importaban: los compañeros de trabajo, la gente del subte o del colectivo, las familias de cada uno y su propia familia, porque casi siempre, cuando me despertaba, pensaba en su familia. En las nenas durmiendo con la madre, en la cama grande, porque el padre tenía un “congreso”.
No soy de hablar mucho. Hago ruidos, contesto monosílabos, pero cada tanto, alguna frase larga se me escapa.
“Congreso”, ¿no había un nombre más horrible para ponerme? supe preguntarle.

Yo no abría los ojos o me los tapaba con las manos. Y sin embargo, cuando me resignaba, cuando no me quedaba otra más que separar los párpados y dejar que la luz me invadiera las pupilas, ahí estaba él con su sonrisa y sus ojos de cachorro.
Era un buen tipo. Eran malas las circunstancias, pero quién elige de quién, por qué y cuándo se enamora. Uno se enamora y ya. Y si puede, convierte ese rato, el rato que dura el enamoramiento en lo único importante porque no sabe, tiene miedo, desconfía de que se repita.
Era la última en levantarme. Mejor, esperaba a que me viniera a buscar y me dijera “vamos” y me pasara la mano por los brazos y los dedos y me destapara los ojos, despacio, con suavidad. Que me abrazara y me incorporara mientras yo dejaba los ojos apoyados en el ángulo que se formaba entre su cuello y su clavícula y decía con un hilo de voz, después de respirarlo más de una vez, de guardarme su olor para todo el día, “mate”.
Me paraba con los ojos cerrados y desnuda. Me dejaba llevar al baño que ya tenía la ducha abierta para mí.
En diez, te vengo a buscar, me avisaba y yo sabía que eran diez. Ni nueve ni once. En diez, estaba atrás de la cortina, con el toallón preparado para recibirme y envolverme. Y dejarme, otra vez y mil veces, cerrar los ojos y respirarlo. Así, cada vez. Así hasta que nos vestíamos de jefe y empleada. Así hasta que uno salía antes que el otro. Así, hasta que en el pasillo gris, nos saludábamos como si no nos hubiésemos visto desde el fin de nuestra jornada laboral anterior.
Así, veinte meses, a nuestros veinticinco. Porque no teníamos la culpa de todo lo que nos había pasado antes.
Nuestro problema fue el desencuentro. Seis años antes, esta mierda no pasaba, decía él.
Y yo pensaba en esos seis años anteriores, en todo lo que había pensado que era un noviazgo y las ochenta grandes diferencias que había entre esa definición y el noviazgo que yo tenía en la realidad.
También imaginaba sus ojos y la mueca desesperada que pudo haber puesto cuando le dijeron “te casás, m’hijito. Te casás. Si fuiste vivo para acostarte, ahora, vas a ser vivo para criar a la criatura”. Pero con las horas de trabajo, con el noviazgo laboral, me olvidaba de esas cosas.
En veinte meses, fui congreso, cada sesenta días; reunión, una vez por semana; almuerzo o cena o despedida de soltero o un evento al que no podía faltar, si el asunto en el mundo real se ponía espeso, si la esposa y madre protestaba.
Mientras tanto, la sede de todas las actividades, la sede que buscamos entre los dos y conseguimos con descuento y sin garantías, cada día, cada semana, se convertía en la casa que hubiésemos podido tener. Una casa blanca y luminosa en donde nos encerrábamos, porque hay una clase de amor que no crece si no se oculta y ahora, a la luz de los años, es fácil darse cuenta que ese amor era así, un amor de invernadero.
Teníamos nuestras tazas y nuestras sábanas, nuestros juegos de toallas, unas pocas ollas, un equipo humilde de audio, un televisor que casi no prendíamos porque cada minuto, cada segundo no se podía desaprovechar y un teléfono, con número que sólo tenían dos personas, en caso de emergencia. Dos personas confiables que se acomodaban en el papel de cómplices sin preguntar demasiado y sin decir mucho más, salvo alguna que otra frase como “tené cuidado” o “fijate lo que hacés”; esas cosas que dice la gente.

Una vez, tuvimos mar. Y la felicidad parecía completa porque lejos, no había de quién esconderse y podíamos ir al supermercado de la mano y darnos un beso en la góndola de las galletitas sin mirar para los costados como si estuviéramos robando. Robábamos sí, pero el daño ya estaba hecho. No hubo mar más azul, ni frío más hermoso, ese invierno. Pero hubo, por primera vez, cuando nos despedimos en la estación de micros, una sensación de ahogo, una especie de desgarro, una tristeza profunda. Una señal única e inequívoca de que el rato estaba terminando. Y que había sido un rato bueno, pero un rato nunca le alcanza a nadie, menos si uno está enamorado hasta las neuronas, metido hasta las cejas.
Y lo supimos los dos sin decir una palabra. Yo lo supe en sus ojos; él lo supo en mi beso, el beso más amargo que le di.
Después todo fue como tenía que ser. No podía ser de otra manera. Salíamos corriendo a la sede, nos sacábamos la ropa desesperados, nos metíamos en la cama, nos abrazábamos. No hacíamos nada. Nos invadía una pena inmensa porque las cosas no se iban a modificar. Yo no le pedía nada, él no me prometía nada.
Cada quién asume las consecuencias de sus elecciones como puede. Eso pienso ahora. En esos veinte meses no pensaba así pero tampoco tan distinto.
Vos sabés que yo nunca más voy a querer a nadie así, me decía. Nunca más. Nunca más en toda mi vida. Te lo juro.
Me hacía apoyar la mano en su corazón y yo oía, con las yemas de los dedos, sus latidos pero no le respondía nada, no le daba nada a cambio de esas palabras, sólo cerraba los ojos; le decía, después de unos minutos, con la garganta cerrada, con un hilo casi imperceptible de voz “mate, por favor. Mate”, y lo miraba.
Lo veía levantarse y pasarse la mano por los ojos y la nariz, sonar para arriba y yo no podía más que cerrar los ojos, otra vez y esperarlo a que volviera, con el termo, el mate cargado, el tarro del azúcar. Y que después me contara que Maca cada día escribía más palabras y que Cande le pasaba la mano por la cara, como se la pasaba yo y que a veces –todas las veces-, tenía que esforzarse para encontrarle algún parecido con su mamá, porque Cande parecía una hija mía, nuestra. De los dos.
Entonces llorábamos. Llorábamos casi dos termos de mate. Y hubiésemos seguido llorando otros veinte meses. Pero nosotros nos habíamos prometido no llorar, ni hacer ruido, ni gritar, ni pelear.
En una cena que no fue, por la varicela de una de las nenas, tomé mi decisión. Entré a la sede de tantos congresos, almuerzos, cenas, despedidas de soltero y eventos a los que no podía faltar.
Recorrí la casa, como el que recorre un museo. Impresionada por la felicidad con que esas paredes se habían mantenido blancas, conmovida por el olor a hogar que había en ese único ambiente, transportada por la temperatura que adquiría aquella cocina, con nuestras tazas, nuestras pocas ollas y platos y cubiertos.
Lo único que me llevé fue el mate. Y deje una nota, avisándole.
El resto de la historia no tiene la menor importancia. Es una historia más entre los millones de historias como ésta que suceden en el mundo, a cualquier hora; quizás, ahora mismo.

Hace unos días, lo vi desde el colectivo. Maca está casi tan alta como yo y al lado de él, parece más su novia que su hija. El semáforo detuvo al colectivo y de tanto mirarlo, Cande se dio vuelta.
Me impresionó que se pareciera tanto a mí cuando tenía su edad. La vi tirar de su brazo, la vi decirle algo.
Lo vi levantar la cabeza cuando el colectivo arrancó. Desvié la mirada.
Cuando llegué a mi casa, a la casa en la que vivo, a la casa que es toda mía, puse agua a calentar en la pava eléctrica, busqué ese mate y esa fue mi cena.
El mate nunca me salió como le salía a él. Pero fue una mateada feliz porque a pesar de los años que pasaron entre esos veinte meses y estos días, comprobé mi teoría: lo llevaba en el cuerpo, en la voz, en los pensamientos y hasta en la nariz. Y lo abrazaba entre mis dedos, como si ese mate representara mis ojos apoyados en el ángulo que se formaba entre su cuello y su clavícula mientras lo respiraba, para guardármelo adentro. Para llevármelo. Porque éramos el mundo hasta que dejamos de serlo, para nosotros, los dos.

miércoles, 4 de junio de 2008

Cabezón, cebate un mate

“Todos tenemos tendencia a creer que la felicidad está en el pasado.
Yo también he sentido que algunos minutos de ese tiempo fueron la felicidad,
pero no podría vivir si pensara que todo lo que se me ha concedido ya sucedió.”

(Muchacha de otra parte – Abelardo Castillo)

Texto participante en el T.E.Lit.A

A veces, cuando lo veo en las fotos, me parece que va a venir. Que va a llegar, en cualquier momento, con los cordones desatados y el flequillo tapándole los ojos; que me va a dar un beso y que va a ir directamente a la cocina y va a llenar la pava con agua.
Después, va a prender la hornalla y con el fuego de la hornalla va a encender dos cigarrillos: uno para él y otro para mí. Antes de tirarse conmigo en la cama, va a dejar la pava sobre la hornalla. Y yo voy a decir la frase mágica y el tiempo se va a detener para siempre.
Mike, Mick, Migue, Miguelito, Miguel, Mig, Miguito, mi mejor amigo. El que sabía todo de mí. Él, que todavía todo lo sabe, era el único capaz de soportarme en pleno ataque de euforia o de llanto, de comprar un paquete de Siempre Libre Nocturna sin que le temblara la voz, en la farmacia y de hacerse cargo del mate.
Nunca fui buena cebando.
Me das los mates como trompada de loco, nena, me decía.
Y yo me quejaba, porque quejarme siempre me salió bien.
Bueno, qué querés, me aburre cebar. Al segundo mate ya me pudrí. Encima con vos, cabezón, voy y vengo ochenta veces: que cambiá la yerba, que cortito como patada de chancho, que lavate y cagate. El matismo no es lo mío.
Así le contestaba yo y él se reía y cuando Migue se reía, a mí, se me iluminaba la vida porque no hubo nadie, ni antes ni después, que supiera con tanta exactitud como era, como soy.

No voy a decir toda la verdad. Voy a decir sólo una parte: Miguel fue el segundo hombre más importante de mi vida. Fue mi padre y mi hermano, mi compañero inseparable, mi novio de mentira, mi guardaespaldas, mi confidente, el que me hacía escuchar música nueva y sabía exactamente qué música me iba a gustar.
Era el que me adivinaba, cuando yo, que siempre fui como fui siempre, le hacía un chiste de humor negro, de esos que dan asco y que cualquiera responde con un “qué bestia, no digas esas cosas, animal”.
Él sabía y lo sabía sin que yo se lo hubiese dicho, que esa era la única forma que tenía de defenderme de la adultez que me habían cargado en la espalda mucho antes de que mi espalda fuese lo suficientemente fuerte, porque me entendía bien; mejor que cualquiera.
Entonces, me abrazaba.
Cuando yo decía una barbaridad, Miguel me abrazaba y me decía que me quería y que era linda y que no sabía que iba a hacer, si un día, por un novio o una novia, nos separábamos para siempre. Y yo, que nací boca sucia, me ofendía y le decía bajito, cerca del oído, que no había tajo ni pija capaz de una cosa así.
Y lo hacía reír, porque si Miguel se reía, mi vida era mejor. Mucho mejor.

Nadie se explicaba bien qué era Miguel para mí. Nadie creía que sólo fuese un amigo. Miguel se tiraba a dormir la siesta conmigo y éramos un enredo de piernas y brazos. Nadie sabía qué era yo para Miguel: la novia, la transa, la minita. Algunos decían que éramos raros; otros, que en cualquier momento, nos íbamos a enamorar. Pero se equivocaban y cómo.
Nadie, salvo mi familia, sabía que Miguel estaba solo en todo el puto inmenso mundo y que lo único que tuvo –además de mí, que podía arrancarle los ojos a cualquiera que se animase a hablar mal de él, a puro filo de lengua- fue una abuela que sólo hablaba en italiano, y que lo dejó cuando apenas tenía catorce años en una casa demasiado grande y vacía, dos años después de que mi vida cambiara radicalmente. Ya éramos amigos.
Amigos desesperados, pisando la adolescencia, criando y criándose solos, como los chicos de Dickens.
Y entre todo eso, éramos felices o algo así. Yo hacía su tarea de Lengua y Literatura. Él, todos mis ejercicios de matemática, física y química.
Miguel, mi Miguel, era parte de mi familia. Era mi hermano mayor y el hermano de mis hermanas. El que ayudaba a mí mamá con las bolsas, cuando la esperaba en la esquina a que bajara del colectivo, después de trabajar todo el día, y le decía: soltá, soltá que yo te las llevo.
Bailó el vals de los quince conmigo y con mis hermanas cuando les tocó y si nunca terminó de mudarse con nosotras fue porque siempre prefirió dormir en la cama grande, abrazado al echarpe que todavía conservaba el olor de su abuela.
Si vos no te dedicas a escribir, sos una tarada. No pierdas el tiempo, me dijo cuando terminamos el secundario.

Quizás, los años hayan pasado demasiado rápido. Quizás, hayamos sido adultos desde muy temprano. Quizás, la vida tuvo que ser así.
A los veintiuno, liberado de la custodia de un tío que sólo se limitó a firmar la tutela siete años antes pero nada más, Miguel vendió la casa de la abuela y pasó su última semana en Buenos Aires, viviendo conmigo, con nosotras.
Dije la frase mágica toda esa última semana por última vez en mi vida. Y cada vez que me tocaba el mate, le pedía que sacara fotos, que llamara, que escribiera, que no se olvidara de escribir, que yo iba a esperar una carta todos los meses, un llamado, cada tanto. Y que se cuidara de las minas, que eligiera bien, que yo no iba a estar ahí, con mi espíritu de bruja para decirle “con ésta, no”.
Es un rato, nada más. Un rato y vuelvo. Vas a ver que ni me vas a extrañar, me dijo en Ezeiza mientras revisábamos, por décima vez, el pasaporte y el pasaje.
Cuando llegó la hora, nos abrazamos. Lloré. Lloró. No sé si volví a abrazar a alguien de esa manera, alguna otra vez.
Volvé, le pedí y fue la primera vez que tuve que pedirle algo.
Vuelvo, vuelvo. Siempre voy a estar con vos, me dijo.
Cuando subió la escalera, me miró y sonrió y el aeropuerto se iluminó o me gusta recordarlo así.
Esa fue la última vez que lo ví.
Llamó y escribió durante un año. Y los primeros meses del año siguiente. Y después, fue un silencio largo. Me enojé tanto con él que no volví a tomar mate.
En septiembre, alguien llamó para avisarme, para avisarnos.

Miguel no conoció a ninguno de mis novios. No me vio saltar de carrera en carrera.
No se enteró de la cantidad de veces que lo busqué en otros amigos y en amigos nuevos, de todos los intentos que hice por encontrarlo en otros cuerpos, en otras caras, en otras voces ni de las veces, en que todavía, cuando paso por donde vivíamos, tengo la esperanza de que salga de su casa y me diga “viste, tonta, qué te dije, era un rato nada más”.
A lo mejor por eso, en noches como esta, cuando lo veo en las fotos, pienso que va a entrar, después de todo este tiempo y me va a contar por donde estuvo, qué cosas vivió y cómo es el lugar donde está ahora.
Después, yo voy a decir la frase mágica.
Él va a pegar un salto de la silla y va a prender la hornalla y con el fuego de la hornalla va a encender dos cigarrillos: uno para mí y otro para él. Vamos a bailar nuestra música apenas un rato, antes de que el agua se hierva.
No va a hacer falta que le cuente nada porque cuando se me anude la garganta, como ahora, me va a abrazar y me va a decir que me quiere y que soy linda. Y yo, yo le voy a decir cuánto lo extraño.

martes, 3 de junio de 2008

Necesidades básicas

Un lugar más o menos así, donde limpiar la cabeza



para sacarme de encima cosas como estas:

Ann
: Garbage. All i've been thinking about all week is garbage. I mean, i just can't stop thinking about it.

Y música. Un poco de música.




Y que todo lo que no termina nunca, termine de una vez. Y que empiece algo en serio, de una puta vez por todas, carajo.

Jude: [singing] How lucky am I?

jueves, 29 de mayo de 2008

Furia danesa

Ok, acá vamos:

Estoy tan furiosa que si te tuviera a tiro, te doy la paliza que nunca te dieron. Como no te tengo a tiro, ni te voy a tener, acá tenés, porque siempre hay alguien que dice las cosas mejor que uno.

Y yo no te quería lastimar, já.
Es hora de que sea consciente de mi propia boludez. Padre siempre decía que hay que tenerle miedo a los boludos porque de los hijos de puta, uno siempre sabe lo que puede esperar.
Tenía razón.
Otro tipo, hace muchos años me dijo: La fortaleza del débil es mil veces más fuerte e hiriente que la debilidad del fuerte.
No hacía falta esto, che. No hacía falta.
Que te vaya bien.
Leete el post. Te va a ayudar para lo que te quede de vida. Ese resto en donde yo no voy a estar porque... no quiero.

domingo, 25 de mayo de 2008

Caro Michele/26


Estuve mirando esta foto durante mucho tiempo, Migue. Ya la había visto antes. La vi muchas veces, en realidad. Todas las veces me pareció lo mismo. Qué triste estaba esta mujer. Porque vos la ves ahí y no sabés que piensa, salvo que estés triste. Y que alguna vez hayas pensado, mirando para abajo, qué se debe sentir. Vos sabés que yo nunca pienso en eso, pero hay días. Hay días que no sabés qué estás haciendo ni por qué te pasa lo que te pasa y te preguntás, te lo preguntás seriamente, si siempre vas a estar así. A mi me parece que esta mujer se estaba preguntando eso. Cuánto va a durar esto de sentirme así. Porque no hay nadie que quiera sentirse triste todo el tiempo. Es demasiado esfuerzo. Porque la tristeza es una cosa que llega, se acomoda y lo empieza a tomar todo y aunque te pase la mejor cosa del mundo, aunque te saques de encima lo que te molesta de encima, siempre está ahí, como una mancha de humedad que se va expandiendo y crece y crece. Y vos pensás que no fuiste siempre así. Que alguna vez fuiste diferente. Y entonces, hacés de cuenta que la tristeza no está y te ponés una careta de persona graciosa y te sonreís y hacés chistes y todo el mundo te cree, porque sabés actuar muy bien.
No me preguntes por qué hay que ponerse la careta. No sé por qué. Sé que no podés andar por la vida con la lágrima colgando por todos lados. Ni vos ni yo soportamos nunca a la gente así, llorosa, llorante. Pero hay días. Hay días que el cuerpo no te hace el aguante y la tristeza lo toma todo, porque estuvo ahí todo el tiempo, esperando el momento para aparecer, escuchando con atención las palabras que oís o las actitudes que ves. Ella las analiza y dice: ok, es el momento. Y cada vez aparece más fuerte, como si todo eso que vos tratas de disimular, la alimentara, como si fuesen sus vitaminas.
Pero a quién le vas a ir con esto de la tristeza. A quién le importa por qué aparece. Quién puede hacerte el aguante cuando estás así? Nadie se banca la tristeza propia, menos la tristeza ajena.
Supongo que esta mujer de la foto lo sabía. Supongo, porque si la mirás bien, te das cuenta que no va a contarle a nadie ni lo que está pensando, ni lo que está sintiendo y hasta ella misma está harta de su tristeza. Y tiene miedo, como todos, a quedarse así para siempre. A que nunca se le pase. A ser una mujer triste con careta de sex symbol, el resto de la vida. Si eso le pasó a ella...
Estos días te extraño tanto, Migue.
Pero no te extraño porque no tengo a quién contarle. Extraño que tengas cuerpo. Un cuerpo que se puede tocar. Y extraño que tengas un corazón. Porque, últimamente, la gente que conozco y hasta yo misma, parecemos divididos entre una cosa y otra. Como si existiera una tecla que apaga una cosa u otra, como si no pudiéramos tener las dos cosas al mismo tiempo funcionando y lo unico que funciona en conjunto es la cabeza, que no para nunca, a lo mejor, porque la tristeza se mete ahí y espera y espera para hacer su entrada triunfal y decirte "viste? no me fui. Estaba escondida."
A vos qué te parece que le pasaba a la mina de la foto?
Yo, siempre que la veo ahí, mirando para abajo, me parece que se siente sola y que anda todo el día con un nudo en la garganta. Me parece que nota que la creen insensible y por eso, a veces, la golpean con el puño cerrado o le tiran palabras como puñales. Ella se arregla el pelo, se pinta la boca, sonríe. A veces, responde; a veces, se queda callada. A veces, se pregunta cosas que no se puede responder.
Y cuando no puede más, cuando de verdad no puede más, porque le duele todo pero le duele por todo, no por lo momentáneo; cuando una tarde cualquiera estuvo pensando en todo lo que vivió, se le da por asomarse al balcón, apoyarse en la baranda y mirar para abajo y pensar en qué se sentirá caer, dejarse caer. Cómo le pegará el viento en la cara, si se le arremolinará el estómago, si sentirá como si estuviese volando o si cerrará los ojos hasta que el suelo detenga la caída. Si sucederá en un minuto o si la caída durará una eternidad. Se pregunta esas cosas pero no deja de pensar en dejarse caer porque se siente lastimada y porque no puede, no quiere disimular más.

Pobre mina la de la foto. Me da mucha tristeza verla ahí. Pero me da más tristeza ver que se siente tan sola, en un mundo lleno de gente.
Pero ya sabemos: Not everyone can carry the weight of the world.

The fool might be my middle name
But I'd be foolish not to say
I'm going to make whatever it takes,
Ring you up, call you down, sign your name, secret love,
Make it rhyme, take you in, and make you mine.

These words, "You will be mine"
These words, "You will be mine" all the time, oh
I tripped and fell. Did I fall?
What I want to feel, I want to feel it now

You know with love come strange currencies
And here is my appeal:

I need a chance, a second chance, a third chance, a fourth chance,
A word, a signal, a nod, a little breath
Just to fool myself, to catch myself, to make it real, real

A lo mejor, esta mujer hubiese necesitado que alguien le dijera algo así. Alguien que tuviera sincronizado el cuerpo, el corazón y la cabeza, digo.
Lo único que te ayuda cuando estás triste es saber que sos importante para alguien, creo.
Pero... ¿cuánto tiempo podés esperar para saber si sos importante para alguien?
Es otra pregunta sin respuesta.


sábado, 24 de mayo de 2008

Oído en un bar

Amiga1: Lo que yo no puedo creer, boluda, es que es el tipo más cariñoso con el que estuve.
Amiga2: Y, sí.
Amiga1: Qué garcha. Justo el más cariñoso tiene que ser casado.
Amiga2: Por eso es cariñoso. Si fuese soltero sería un boludo más.

viernes, 23 de mayo de 2008

Muda

Dodecálogo de las cosas que, en distintas ocasiones y a diferentes personas, nunca me animé a decir:

1. Te estoy esperando.
2. ¡Estás celoso y sos inseguro!
3. Nunca te voy a perdonar pero, un día, me voy a olvidar completamente de vos.
4. No me importan tus cosas de valor, ni tu ropa, ni tu billetera pero no te das cuenta.
5. Prefiero un buen amigo a un pésimo novio.
6. No vamos a durar mucho más.
7. Creo que voy a regalarte una brújula.
8. Te quise bien pero ya no te quiero.
9. Nada es relativo ni circunstancial. Todo es definitivo.
10. Tengo miedo.
11. No me lastimes.
12. Quedate conmigo.

La lista sigue y son más cosas las que no dije que las que dije.
Qué compulsión por quedarme callada cuando tengo que hablar.

We need someone
Someone, the only one
That someone who needs someone
A loving some
To care for them, to care for them
Just that someone

Science of silence




miércoles, 21 de mayo de 2008

Enjoy the silence



It's allright, life.
If you wanna spank me, it's ok for me.
But, please, you must remember your promise:
You'll never hurt me, again.


I've never seen a night so long,
When time goes crawling by.
The moon just went behind a cloud,
To hide its face and cry.
I'm so lonesome I could cry.


lunes, 19 de mayo de 2008

Caro Michele/25

Hoy va casi sin música, Migue. Aunque no te prometo nada, viste como soy. Esa manía que tengo de inventarle un soundtrack a todo.
Volví a escribir. Estoy volviendo de a poco. Pienso más de lo que escribo, pienso más de lo que siento, pienso más de lo que leo. Así va, por ahora y hay tantas cosas en las que pensar, en tantas direcciones, que, en algunos momentos, me parece que la cabeza se me va a partir. Y claro que pienso en el futuro cercano pero también pienso, quizás demasiado, en el pasado.
La mayoría del tiempo pienso en el presente. Están pasando cosas de lo más extrañas. Ni malas, ni buenas. Sólo raras. Estoy descubriendo algo mío, algo que no sabía que tenía. No me conozco, ahora. Ni por dentro, ni por fuera. Y no estoy muy segura de estar madurando ni de haber dejado de tener miedo porque si tengo que decirte la verdad, la verdad más sincera, estoy más asustada que antes pero esta vez, no me paralizo. Esa es una gran diferencia. Es una buena diferencia.
Pero, casi todos los días, me encuentro teniendo que tomar alguna decisión, definiendo cosas: lo que quiero y lo que no, lo que puedo y lo que no, lo que me gustaría y lo que no tiene chance. La mayor parte del día no estoy segura de las decisiones que tomo y ya hay unos cuantos enojados por eso, porque cambio de idea, porque no respeto lo que digo, porque no cuento lo que hago o porque lo cuento demasiado. Pero yo nunca cuento todo. Nadie, nadie sabe todo. Es muy difícil poder contar lo que uno mismo ignora.
Hay muchas cosas que se me pierden, hay muchas otras que no las entiendo.
Hay días que me siento terriblemente sola y hay días en que siento que vivo entre demasiada gente. Los extremos, todo el tiempo.
Pero me doy cuenta de algunas cosas. Cosas de las que no muchos se dan cuenta.
Todas las vidas de las personas tienen una forma.
En estos días, me di cuenta que la forma de mi vida no encaja en las formas ajenas. Y es bastante tranquilizador, por un lado, que así sea pero, si tomás distancia y mirás, la tranquilidad se transforma en desgarro y ya no estoy para andar desgarrándome.
Tampoco estoy para hacer demasiado esfuerzo. Estoy cansada, me duele el cuerpo, ya no tengo la misma fuerza que antes. Y sé que, seguramente, decidiendo esto me pierda de alguna cosa maravillosa pero si hay que hacer un esfuerzo sobrehumano, si hay que agotar hasta la última gota de paciencia y amabilidad, no sé si vale tanto la pena.
También, se me aclaró un poco la cuestión de la distancia y no hablo de distancia en metros, hablo de la otra distancia, la que se pone entre uno y otro. Me da tristeza. Mucha más de la que creía.
Ves? Una epifanía detrás de otra.
No soporto la distancia, ya no puedo hacer el mismo esfuerzo de antes, no logro encontrar la forma complementaria a mi forma en tantos ámbitos de mi vida y encima, ahora, recién ahora, se me hace evidente, de una forma tan repentina que me resulta increíble, saber a quién le importa algo y a quién, no.
Y no dejo de preguntarme, a cada minuto, con cada decisión que tomo, por qué resulta todo tan complicado, tan difícil, tan trabajoso. Por que no hay voluntad ni buena predisposición que valga. No hay buena intención ni un solo y puto momento de empatía que no tenga algo escondido.
Y yo no sé especular. Y no quiero aprender, aunque sea lo más conveniente. Porque en eso es en lo único que me conozco, Migue. Es en lo único que no cambié. Es una de las pocas cosas que me interesa cuidar.
Es tan raro sentirse solo, rodeado de gente. Es tan raro estar solo en una multitud. Y no la voy de santa, te lo juro, que mis buenas cabronadas me mando y hasta estoy haciendo cosas que me prometí que nunca volvería a hacer pero me resulta todo tan extraño que no logro anticiparme.
A lo mejor, no está tan mal dejar que te pase la vida por encima. Asumir los riesgos de terminar cayendo parada o que me revuelque la ola, si total, las cosas suceden igual, para bien o para mal.
Es esto: estoy caminando con zapatos nuevos. En algún momento, los amoldaré a mis pies. Espero.
En la película de hoy, bajan a un chico de un tren. Por la ventanilla, se asoma la chica que conoció en el viaje. La chica llora. Es un país desconocido y sólo saben sus nombres.
La chica le pregunta qué le pasa.
El chico le contesta: "Te lo diré la próxima vez que nos veamos."
Ella asegura: "Sí, me lo dirás."
Me gustaría tener la seguridad, alguna vez, de saber que habrá próxima vez. Por ahora, todo es demasiado fugaz, como las estrellitas de Navidad.

All the way to Reno, losing my religion.

Not everyone can carry the weight of the world.







Felicidad


Era jueves y se estaba terminando la tarde.
Hicimos burbujas de jabón y su risa de un año y medio fue lo más parecido a la felicidad que viví hasta ahora.
Las perseguía y las tocaba con un dedo. Decía: plin!
Cuando las burbujas desaparecían, me miraba.
IayIay, no tá! One tá! IayIay!
Y yo volví a soplar despacito por el círculo enjabonado.
IayIay soy yo.
De todos los nombres que tengo, es el que más me gusta.

jueves, 8 de mayo de 2008

Espejo

Que no sos lo que querés, ya lo sabés. Pero que con lo que pudiste hacer, estás conforme, no lo dejás pasar.
Que la mayoría del tiempo intentás no dar pena y que a veces, les hacés creer a todos que tenés la espalda más ancha y más fuerte y que si te pegan, no te duele.
Que no llevabas la cuenta de todo el tiempo que había pasado desde la última vez que te trataron con suavidad, con cariño. Y que te habías olvidado cómo se sentía eso. Y ahora, que te volvió el recuerdo, comparás y comparás para atrás, porque no te perdonás las metidas de pata y al mismo tiempo, estás cada minuto midiendo lo que hacés y decís, para no meter la pata, de nuevo. Esto no es vida, así, che.
Que aguantas casi todo, con ironía y haciendo chistes.
Que tenés miedo pero no se te nota.
Que hay días, como hoy, en donde todo se tiñe de un color amargo, más amargo que tu humor al despertarte.
Que la mayoría del tiempo, te obligás a decidir, a querer, a comer, a pensar, a dormir, a vivir.
Que te guardás más de lo que deberías.
Que en estos días, como hoy, como ayer, te sentís sola, fané y descangallada.
Te da miedo la gente. No te dan miedo las personas. Pero las personas son difíciles de conocer y vos lo sabés bien, porque sos la primera que no se deja conocer, nunca, del todo.
Te viste unas canas nuevas. Alguna arruga. Te sacudiste un poco el culo y lo notaste caído. Suspiraste.
Sabes que mañana te vas a levantar, porque siempre te levantaste, y vas a hacer todo lo planeado durante el día. Cumplís con tus obligaciones, siempre. Con tu palabra, casi siempre.
Te duele el cuerpo pero es un dolor tan antiguo que ya no podés decir exactamente dónde te duele y ni siquiera estás segura de que sea el cuerpo lo que te duele.
Pensás en cuánto tiempo falta para que termine la tristeza porque un día tiene que terminar.
Te acordás de Styron: "Mi malsana tristeza, una marea tóxica e inenarrable, una forma de tormento, un trance de malestar supremo, el desvalido estupor, la vejación del insomnio, una forma de repudio derivado del autoaborrecimiento (distintivo señero de la depresión), ese lóbrego y tenebroso talante del color del verdín, el cataclismo inmediato que conmovía mi ser, la voz de la depresión, mi asedio, la espiral descendente, inmensa y dolorida soledad, una tormenta de tinieblas, gris llovizna de horror, la muerte soplando sobre mí en frías ráfagas, la desolación, el horror como una niebla compacta y venenosa. Se ha desvanecido cualquier sentimiento de esperanza, toda idea de futuro, es la desesperación lo que apabulla mi alma, una situación de herido ambulante que vive pegado a su lecho de clavos dondequiera que vaya, moviéndose de tortura en tortura, ordalías indistinguibles de nebuloso horror, este suplicio sin fondo, un simulacro de todo el mal de nuestro mundo, la desesperación más allá de la desesperación." Y pensás que estás mejor que antes, pero cuando te toca un día como hoy, te pegás tal julepe, que no sabés para dónde correr porque no podés volver diez meses para atrás. No querés. No debés.
Mañana se te va a pasar, porque siempre se te pasa y si no se te pasa, lo sabés, lo vas a esconder atrás de una ropa de payaso, de unas capas de maquillaje, del flequillo, porque vos no das lástima, al menos, no das lástima adrede. No sacás provecho de ella. Vos no sos moneda.
No pedís. A veces, das más de lo que deberías. Y de lo que otros quieren o necesitan. A lo mejor, es hora de empezar a pedir. A los gritos o como te salga. Empezá.
Escuchaste todo lo que te dijeron hoy y ayer y antes de ayer y antes de antes de ayer. A veces, escuchás demasiado. No deberías prestar tanta atención pero tenés algún instrumento descalibrado en la cabeza y todo pasa, todo se queda grabado. Format C.
No sabés lo que querés. No tenés proyecto a largo plazo. Caminas día a día y los días pasan, uno atrás del otro, rápido, cada vez más rápido.
Estuviste triste. Probablemente, algunos otros días, estés triste y nadie lo note, salvo los que estén muy atentos, que ya sabés, son pocos. Porque sos así. Andás con eso de que cada uno tiene lo suyo y para que sumar lo de otro. Y se los aplicás a todos, menos a vos.
Y estás cansada, porque vos, algunos días, estás muy cansada. No parece pero estás muy cansada. No se sabe bien por qué ni de qué.
Y necesitás, como cualquiera, que te digan cosas lindas y que te traten bien; que te digan un piropo o que te extrañan o que te quieren o que les gusta estar con vos; que sos divertida y buena y muy inteligente y hermosa; que te lo digan aunque sea mentira, que te convenzan, que te lo hagan creer tan bien, que te asombres de creerlo y te dé risa. Que sos una mala torpe, una mala de sitcom. Una maldita, como tantas otras, adorable. Y que eso también te provoque risa.
Y que de tanto reírte, te duela la cara, la panza, los brazos, las piernas, como cuando te hacían cosquillas.
Te vas a dormir con la tripa hecha un nudo. Pero pasará, ya pasará. No sabés cómo. No sabés quién. Siempre que te vas a caer, alguien te sostiene. Será jueves todo el día. Vas a sobrevivir, ya sabés.
No sos la única, che. Hay millones de personas, en este mismo momento, que se sienten como vos.
Andate a dormir. Mañana será otro día y hay que afrontarlo con alegría.
De dónde la vas a sacar, quién lo sabe.
Pero, nadie sabe nada, nunca. Y vos, menos.
Que sueñes con los angelitos, menos, con este diablito.
Todo eso te dijo el espejo, esta noche, little speedyhead.